ÉL: Abandonar ahora (remueve las ascuas de una vieja estufa de carbón. Estamos a principios del siglo XX en la ciudad de Praga, en la Calle de los Alquimistas, si se quiere). Como si me hubiera quedado dormido. Mil ángeles sobre mí y la dulzura de unos dedos que surcaran mi cabello como si estuvieran sembrando. Podría valerme. Decir adiós con un gesto de la mano. Recordar a mi hijo cuando me quería. Podría reflexionar sobre algo (termina de remover las ascuas. Se frota las manos. Tiene un acceso de intenso dolor en los esternocleidomastoideos que dura unos minutos. No gritará. No maldecirá. Sabe que esa rigidez del cuello le durará días. Se chocará con objetos que se encuentren fuera de su estrecho campo de visión. Husmea en un cajón. Siente el impulso fuerte. La marea roja. La máscara). Preguntármelo todo una vez más y darme las mismas respuestas de siempre. En esta hora fría y tonta en la parte alta de la ciudad de Praga a principios del siglo XX. Nadie me echará de menos hasta dentro de unas horas. El infierno es los otros (hace una pausa. Medita sobre si. El silencio se va haciendo grande a medida que avanza la rigidez en el cuello). Mi verdadero corazón no contiene nada. Lo verdadero ha de estar vacío. A mí aún me queda materia en el corazón. No te lo puedo enseñar verdadero. ¡Qué ingenuo y estúpido siempre, siempre, siempre! (En un lavabo mugriento -verdín, óxidos, restos orgánicos, patas y cuerpos de insectos- se lava las manos y se las seca con un trapo manchado de reglas). No sé si la vida me dará para vaciarlo. Tampoco querrías verlo. Mirar el vacío debe de ser como quedarse ciego. Hoy no es agosto y tiemblo y divago sobre corazones huecos a los que imagino como inmensos orfanatos sin huérfanos sobre cuyas paredes siempre golpea la misma sombra (Recuerda una escena con su hijo. Hace más de veinte años. No llega a emocionarse). Nunca en este mes estuvimos juntos (su hijo y él, creemos). Afuera llovía. Olía a norte con bosque de castaños infectado de eucaliptus. Tú corrías con tus primos. Tu madre te miraba mientras a su lado una de sus hermanas -rubia como descendiente de francos- permite que el sol enrede sus rayos en sus cabellos. Esta escena, bien lo sabes, es una broma, un infinito chiste contado desde el Tártaro. (Ríe mucho y con tristeza). Un padre y su hijo se han abrazado cerca de mi casa; el perro ha bebido a mis espaldas; debo irme una tarde más; una tarde más sin saber... hace muchos, muchos años en un reino junto al mar... nunca vieron tan blanca la luna... adiós... adiós (cómo llora, cómo forma un océano, cómo se agostan los campos, cómo rugen los inviernos, cómo se arranca el corazón que no estaba hueco).
Sonidos
Tags : Lecturas en alta voz Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/08/2025 a las 19:30 |
Sonidos
Tags : Lecturas en alta voz Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/08/2025 a las 00:50 |
Apólogo de un hombre a punto de olvidar
Sería quedarse dormido. Oler tan sólo la tierra. Permanecer con los ojos cerrados. Hay líquenes cerca. También hay ratones. No hablar. No emitir sonido alguno. Intentarlo al menos. Con relajación. El esfuerzo hay que dejarlo lejos, donde se almacenan el miedo, la ansiedad o las fobias a no ser, sí, a no ser, que todo se cree cada vez; que, en realidad, no haya memorias de dolor y que sea ése el motivo por el lo tememos tanto; que cada vez se cree la conciencia de ansia, que nazca cada vez que la sentimos, que no sepamos a ciencia cierta a dónde nos lleva... si nos lleva; que suframos la fobia cada vez como sufrimos aquella primera en la que nos sentimos solos en el mundo. Hay un temor a la represalia. Hay un reconocimiento del miedo. La edad te va dejando sin temeridad. Quedarse dormido, escribía. Oler tan sólo a tierra. No mirar. No emitir. Conjurarse con uno mismo hasta el delirio de un San Antonio; conjurarse con la belleza de no ofender; conjurarse con los manos cruzadas sobre el pecho, bajo el peso de la luna, una noche en la que al final refrescó.
Sería llegar a la sabiduría. Abrir los ojos sólo entonces. Mirar. Poder transmitir en la mirada la vacuidad del mirar de las vacas, la pura ausencia de emoción, la inexistencia del juicio. Mirar tan sólo. Se realzaría mucho el encuentro si se diera bajo un cielo vestido de nubes sobre las que choca, irregular, la luz. Mirar. No oler. No hablar. No palpar. No degustar. Quizá más tarde, en otra era, hechos piedra.
Hacia allá camina, a solas dentro de su mente. No se va haciendo pequeño aunque se aleje...
Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 31/07/2025 a las 17:11 |
ISRAEL ES UN ESTADO FASCISTA, PIRATA Y TERRORISTA
BOICOT ISRAEL
Lo mascullaba. Sentada junto a la ventana que da a la calle lateral. Lo solía hacer por la tarde. Arrastraba una silla. Por supuesto al principio -recién llegada- intentaron impedírselo. No sabíamos muy bien por qué a la dirección de la Residencia no le gustaba que los residentes arrastráramos sillas junto a las ventanas. Ella consiguió que la dejaran a base de empeño. Las primeras veces -decíamos- intentaron que desistiera. Le quitaban la silla. La cogían por el brazo y la intentaban desviar de su destino pero ella se resistía oponiendo exactamente la misma fuerza que se ejerciera contra ella. Al final la dieron por imposible pero eso sí con la advertencia a todos los demás que lo que hacían con ella era una excepción, hasta que se acostumbrase a vivir en la Residencia como -insistían- habían hecho con todas y cada una de las personas que habíamos ido a parar allí. Llegaría el día -zanjaban- en que ese privilegio se le denegaría como había ocurrido ya en otras ocasiones.
Pasó el tiempo y ella siguió arrastrando la silla cada tarde hasta la ventana que da a la calle lateral, por la que nunca pasa nadie. A ella le gustaba mirar la luz de la farola anaranjada y más cuando llovía y brillaban sus reflejos sobre el asfalto negro y mojado. Si sus ojos mostraban cierto grado de alegría, su boca mascullaba atormentada. Al principio no sabíamos muy bien qué decía. Su mascullar era, por decirlo de una manera gráfica, extremo: mascullaba apretando las mandíbulas, mascullaba entre dientes, sin apenas mover la lengua, sin apenas sonido. Ese mascullar ponía en tensión todos los tendones del cuello que a su vez iba tensando el resto de su cuerpo hasta el punto que llegaba un momento, cuando su mascullar tenía ya tintes trágicos, que lo único relajado y alegre de toda ella eran tan sólo los músculos que conforman las expresiones de los ojos. Esos ojos verdes y atentos que fijaban su pupila en los destellos naranjas de un asfalto mojado.
Fue Teresita, una mujer muy pizpireta de noventa y cuatro años, una de esas mujeres que parecen haber nacido para hacer felices a los demás, la que terminó descubriendo la frase que mascullaba Ester -así se llamaba la mujer que arrastraba todas las tardes una silla hasta la ventana que da a la calle lateral, la que casi está desierta- y lo descubrió primero por su oído finísimo, segundo por su perseverancia y tercero porque relacionó el número que tenía tatuado en el brazo derecho con lo que todos ustedes ya imaginan y más sabrán cuando les digamos la frase que esta mujer mascullaba: ¡Malditos seáis los sionistas convertidos en nazis! ¡Malditos seáis!
Ha pasado más de un año desde que Ester llegó a la Residencia. Nadie hasta ella consiguió mantener tanto tiempo una manía. La constancia de la Dirección suele acabar hasta con la más contumaz de las resistencias sólo que en este caso han pinchado en hueso porque el acto de Ester no es una manía y mucho menos un desafío, el acto de Ester es un acto de rebeldía, es una plegaria, es el dolor de una judía por el genocidio cometido por el gobierno de su pueblo y con el apoyo por acción u omisión de gran parte de éste: Sion.
Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/07/2025 a las 17:58 |
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Cuento
Tags : Cuentecillos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 09/08/2025 a las 13:24 |