Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Quisiera decirte algo pero tiemblo porque me parece que ya no tengo edad. Sigo un camino tortuoso y difícil -difícil para mí, no quiero decir que sea objetivamente difícil-. Y cuando escribo el verbo seguir quiero con ello dejar claro que yo no creo voluntariamente ese camino sino que lo transito como si un dios incomprensible para mí hubiera decidido que éste debía ser y no otro. También querría decirte que no creo en el Yo como un ser individual, con libre albedrío y esas cosas que se fueron incrementando a medida que fueron construyéndose habitaciones individuales para los niños. Y no quiero con esto exculparme de cuantas responsabilidades tenga conmigo mismo y con los demás. No es una forma de justificar lo tortuoso, lo difícil de esta existencia que me vive. Porque esa sería quizás una buena manera de expresarlo: hay una existencia que vive en el cuerpo que habito.
Hoy por ejemplo ha sido un día desolador por la falta de control en la que me he visto desde por la mañana. No ha ocurrido nada definitivo. Tan sólo consistía en saber que mi intención no se correspondía con la de la existencia que me vive. Esa existencia ha querido desde por la mañana desvincularse de mis decisiones y así me he visto jugando horas al ajedrez y perdiendo un problema tras otro. Eso que podría ser algo que se llamara Yo, quería leer El Otro -curiosamente acabo de empezarla, es una obra de Miguel de Unamuno. Me gusta mucho cómo piensa y plasma sus pensamientos en la escritura ese ente llamado Miguel de Unamuno. Recuerdo ahora una idea sobre Antígona verdaderamente brillante y expresada de una forma que me llegaba a emocionar-; la existencia en cambio quería desolarme haciéndome utilizar el tiempo de una forma agonística, casi delirante. Luego ha habido un interregno de paz y cuando estaba haciendo una guía en la Fundación Amyc para catorce mujeres burguesas algunas de ellas muy hermosas, he sentido que existencia y vida se juntaban y todo parecía fluir en algo que podría llamar normalidad. Sólo que ese término en la sensación del vivir que el camino no elegido y que sigo me enseña, es un término anormal. Casi te diría que es extravagante. Pronto ha vuelto una sensación de incomodidad. Ha ocurrido cuando estaba comentando un dibujo de Opisso -el único dibujo conocido en el que se encuentran juntos Carlos Casagemas y Pablo Picasso y que tiene un interés anecdótico que ahora no viene al caso-; al hablar me he escuchado y me he sentido muy lejos de allí y entre el discurso que estaba pronunciando ante las catorce mujeres burguesas he pensado que tenía que volver, que tenía que seguir, que ya quedaba poco, que no lo iba a estropear en ese momento. En el coche, de vuelta a casa, sentía que había un peligro latente en la carretera y al mismo tiempo sabía que no me podía dejar llevar por él, que si me dejaba llevar por él, yo me convertiría en ese peligro, yo sería ese peligro, así es que he aminorado la velocidad, me he colocado en el carril derecho y me he concentrado lo máximo posible en todo lo que me circundaba. Ausencias. Disociaciones lo llamaría un alienista moderno. Los niños gritaban como todas las tardes en el patio de la casa. El perro que vive conmigo me esperaba y aunque llevaba casi dos horas de pie, me lo he llevado al monte. Por él y por mí. Porque sólo caminando y nadando consigo unificar la existencia que me vive y la vida en la que existo. Son los colores de la tarde. Son los cantos de los pájaros y el planeo de las aves rapaces. Es el amigo perro con el que vivo y su rastreo. Es la copa del fresno que siempre se mueve cuando me ve. Es el esfuerzo de la subida constante y en algunos tramos empinada que me obliga a un esfuerzo de respiración que acompaño con la repetición de un mantra. Llega la noche. Estoy en esta casa alquilada de un pueblo de la sierra de Madrid.
El otro día me vino al pensamiento la frase: Me gustaría ver a mi padre. Me gustaría verte papá. Sentarme contigo y preguntarte si tú sabes por qué sigo este camino. Si tú intuiste algo de todo esto cuando enfermé de muerte siendo muy niño. Si hay alguna manera de saber algo a ciencia cierta. Me gustaría preguntarte por qué he elegido la ausencia, por qué ya no me atrevo a encontrarme con nadie y todo es desde lejos como si no existiera la materia. Me gustaría mirarte, papá, porque tú me querías y yo te quería y mirar tus manos delicadas, unas manos dignas de Giacomo Casanova o de algún otro truhán del último tercio del XVIII francés. Mirarte, papá. Hablar un rato y que calmaras esta existencia que me vive y consiguieras, a ser posible, que me dejara vivir en paz aunque sólo fuera un rato.
Te quiere tu hijo Fernando

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/07/2019 a las 01:37 | {2} Comentarios


Mosquita muerta es el pseudónimo que utiliza Pablo Molviedro Ichaso -discípulo aventajado de Isaac Alexander- para lo que él ha titulado Crónicas del presente, una serie de artículos sobre el mundo de hoy (sea lo que sea hoy/mundo/presente/crónica)



Ayer me invadió como todos los meses el inicio de una ansiedad. Al mismo tiempo crece la luna. Decía mi maestro Alexander (en realidad lo primero que me decía es que jamás lo llamara maestro. Me decía que los maestros suelen ser petimetres y que los mayores petimetres de entre ellos son los que jactan de ser maestros de algo. Me recordaba entonces a una escenógrafo conocido suyo que se enorgullecía de que sus alumnos en un instituto de enseñanza de artes escénicas, no le llamaban profesor sino Maestro y que le pedían que él los llamara Discípulos. Isaac Alexander le respondió que un maestro como dios manda lo primero que tenía que hacer era imponer una disciplina absurda a sus discípulos, por ejemplo prohibirles comer coles de Bruselas, y luego hacer un rito de iniciación bárbaro como cortarse delante de sus discípulos la lengua), en todo caso esa es una pequeña digresión que vendrá al caso más adelante. Decía mi querido Isaac que cómo no iba a influir en nosotros la luna si tenía la fuerza de atraer las aguas de los océanos y que me calmara y dejara que esa ansiedad o ese disgusto recorriera el camino que le tocara porque -seguía diciendo- vivir es una aventura extraordinaria y como en toda buena aventura nunca sabes lo que viene detrás así es que es mejor mantenerse alerta y dejar que fueran los paisajes los que marcaran el ritmo del paso.
Crece la luna entonces y me atormenta desde ayer la sensación de rueda. No quiero ponerme orientalista y argüir que acciones pretéritas habrán de volver con una fuerza inversa hacia su actor. Tampoco quiero describir la dureza de las ausencias ni remitirme a la fuerza del apego. Tan sólo echo de menos una sensación de sentido, de dirección, es como si la canícula me impusiera en el pensamiento un afán teleológico.
¿Para qué? es la pregunta que desde ayer me acosa (aunque como refería Alexander la datación de la aparición de emociones es muy relativa; una emoción puede estar latente y ejercer al mismo tiempo su influjo de muy diversas maneras; la primera suele manifestarse en la piel; aconsejaba o mejor indicaba que ante la inquietud me pusiera desnudo ante un espejo -a ser posible de cuerpo entero- y me examinase con calma, con alma, todas y cada una de las partes de ese órgano tan extenso y sensible y tras el examen acudiera al acto amoroso tanto en compañía como en soledad y una vez culminado dejara que la piel bendijera con su éxtasis la vida. Luego se arreaba un buen trago de cognac).
¿Para qué? es una pregunta trampa. En realidad todas las preguntas que conciernen a la ontología sólo sirven para especulaciones racionales más o menos brillantes. La respuesta a esa pregunta, a todas esas preguntas primeras se encuentra en la práctica de la meditación porque meditando, es decir: dejando que el pensamiento se libere de las censuras y aceptando que su navegación al pairo puede provocar choques contra arrecifes, se alcanza un grado de indiferencia que anula la ansiedad a la que hacía referencia al principio. Sólo que en ocasiones -humana conditio- la emoción dolorosa supera en fuerza y destreza a su antídoto y es ahí es cuando Isaac decía que habíamos de acomodarnos a ese trecho de la aventura del vivir. (Siempre decía: ¡No te olvides del adjetivo extraordinaria! porque si te olvidas anulas la paradoja, porque ¿qué hay más ordinario que la vida?).
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Mosquita muerta

 
Naturaleza muerta con copa dorada de Willem Claeszoon Heda 1635
Naturaleza muerta con copa dorada de Willem Claeszoon Heda 1635

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Tags : Mosquita muerta Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/07/2019 a las 12:31 | {0} Comentarios


Mosquita muerta es el pseudónimo que utiliza Pablo Molviedro Ichaso -discípulo aventajado de Isaac Alexander- para lo que él ha titulado Crónicas del presente, una serie de artículos sobre el mundo de hoy (sea lo que sea hoy/mundo/presente/crónica)


Dos Rosas de Arie van't Rie
Dos Rosas de Arie van't Rie
La tirada de un dado muestra la imposibilidad de saber el estado presente del universo.
No vayas titula Yazoo uno de sus temas. Es un grupo de los ochenta. Los que seguían la senda de un grupo alemán llamado Karftwerk. Quizás Yazoo fueran un poco más comerciales, al fin y al cabo eran hijo de la mercantil Albión.
En esa incertidumbre de la tirada del dado. En ese mirar atrás y ver un ligerísima variación se basa la gran inexactitud de la teoría del caos a la que hacía referencia en El Jilguero  (si clicas sobre él accederás al artículo). No son por lo tanto idénticas las vidas de los ochenta que las vidas de los diez del nuevo siglo. Esa ligera variación es lo que el hombre de occidente, aún mecanicista, llama progreso.
Veo una serie televisiva sobre jóvenes de esta añada -Euphoria- que está causando estragos en las conciencias de muchos padres (o eso dice la propaganda o crítica) y realmente si nos colocamos en la gran corriente contracultural de los años sesenta podríamos llegar a la conclusión de que la variación es mínima. Incluso si retrocedemos a los años veinte veremos que ese mundo de la psicodelia es una herencia que viene incluso de antes, que podría venir del último tercio del siglo XIX cuando los artistas, intelectuales y pueblo llano se ponían hasta el culo de absenta, láudano y opio.
En Euphoria es cierto que hay una variante que muestra bien a las claras uno de los síntomas de la decadencia de la civilización occidental: la destrucción como única razón para traspasar estados de conciencia. (Otro de los síntomas de la decadencia de la civilización occidental es la cuasi sacralización de la comida). Estos jóvenes de un pueblo de los Estados Unidos retratados por creadores de series que enganchen al público made in HBO, no parecen tener ni siquiera un secreto afán de trascendencia con su adicción. Sencillamente parecen desafiar a uno de los estados que más aterroriza a un joven cachorro humano: el tedio.
Esa ligera variante -como podría ser una leve irregularidad en la mesa sobre la que se tira el dado- impide conocer el estado presente del universo de esos jóvenes y al mismo tiempo puede ser la inexactitud que lleve a consecuencias deseables para este observador algo escéptico: que la humanidad se vaya por fin a la mierda y en ella se diluya y en ella desaparezca y de nosotros sólo quede un rastro marrón con aroma de vertedero. 
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Mosquita muerta
 

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Tags : Mosquita muerta Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/07/2019 a las 18:16 | {0} Comentarios


Mosquita muerta es el pseudónimo que utiliza Pablo Molviedro Ichaso -discípulo aventajado de Isaac Alexander- para lo que él ha titulado Crónicas del presente, una serie de artículos sobre el mundo de hoy (sea lo que sea hoy/mundo/presente/crónica)


Autorretrato de Carl Fabritius 1645
Autorretrato de Carl Fabritius 1645
Piensa esta Mosquita muerta que la crítica ha de hacerse desde el amor. Y entiendo amor, como tan bien lo definía mi maestro Isaac Alexander, como el deseo vehemente de aprehender un sujeto o un objeto. Habrá otras definiciones del amor -por lo menos hay tres más que yo recuerde y que serían las cuasi perfectas definiciones que los griegos otorgaban a este sentimiento cuyo símbolo geométrico más claro sería el de la inclinación hacia el plano-. Pues bien, también en la crítica debe de haber una inclinación hacia el plano -siendo en este caso el plano una metáfora de lo criticado-.

Un suceso en la vida de la escritora norteamericana Donna Tartt me lleva a preguntarme sobre la Tiké -que diría Eurípides-, es decir, el azar, en nuestras vidas. Donna Tartt debía de tener en su juventud grandes cualidades para convertirse en una gran escritora según los parámetros de uno de los gurús editoriales del momento -hablamos de la década de los 80 del siglo pasado- Willie Morris, hasta tal punto que con tan sólo algunas publicaciones llamémoslas menores, se le dio un anticipo de 250.000 $ para que escribiera su primera novela que se tituló The secret history . No debió hacerlo nada mal porque con el correspondiente boom mediático la novela fue traducida a 24 idiomas.
En el año 2013 y tras escribir una segunda novela, publicó The GoldfinchEl Jilguero. Con esta novela obtuvo el premio Pulitzer, el más alto galardón de las letras norteamericanas. 
En esta novela me detengo y sobre esta novela quiero discurrir un poco. Para ello voy a tener presente a mi maestro Alexander, mi amor por la literatura -y la imaginación en general- y también a la gran poeta polaca Wislawa Szymborska la cual durante un tiempo fue la encargada de la sección Correo literario en una revista llamada Vida Literaria que apareció a mediados de la década de los cincuenta en Cracovia-Katowice. En esta sección la poeta hacía comentarios a los textos que enviaban sus autores con la esperanza de publicarlos en la revista -casi siempre una esperanza vana-.
El jilguero es durante mucho tiempo una buena novela. ¿Qué quiere decir que es una buena novela? ¿Qué es buena, aparte de un adjetivo? Yo diría que una novela es buena cuando cumple el designio de su metáfora y no se sale ni un milímetro de él porque -como en la teoría del caos- una pequeña indeterminación puede dar lugar a grandes inexactitudes.
Toda novela es una metáfora del mundo en el que habita su autor. Esto es una tautología, lo sé, pero es necesaria para lo que sigue. Por lo tanto el autor sabe que cuando ofrece una obra de arte al público, lo que le está ofreciendo es una metáfora sobre el sentir general que el autor considera que sabe sintetizar en una relación de hechos articulada alrededor de unos personajes. Hasta la página 550 aproximadamente, el mundo -y los personajes que lo habitan- de El jilguero cumplen como un metrónomo el designio marcado pero desde el momento en que vuelve a aparecer un personaje de la infancia del protagonista llamado Boris y la novela se desplaza hacia una historia del hampa, el designio, la metáfora, se sacrifican en aras de unos sucesos más o menos trepidantes y menos que más interesantes con respecto al pensamiento de la novela. Es como si la acción gratuita se hubiera hecho dueña de la verdadera acción hacia la que nos llevaba la autora.
Donna Tartt se declara deudora de Dickens y Stevenson. Las deudas a veces se mal pagan porque, en general, en las grandes obras de los dos autores ingleses, la acción no se desparrama -menos en Stevenson que en Dickens-  y ahí está su maestría que  la poeta Szymborska llama talento. Sin talento hay poco que hacer. Teniendo talento -Donna Tartt lo tiene a raudales- viene un segundo paso tan crucial como el primero: al talento hay que domarlo. Al talento hay que atraerlo hacia el arte hasta dejarlo violento y hermoso: la erupción de un volcán en una noche con nieve.
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Mosquita muerta
 

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Tags : Mosquita muerta Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/07/2019 a las 14:02 | {0} Comentarios


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