Casi a la misma hora y como si estuviera rezando, el hombre se arrodilló ante el ídolo y se metió un cirio por el ano. Gemía lóbregamente. Parecía hijo de Noche Tenebrosa y Tiempo. Rumiaba culpas antiguas, de antes de estar él en el mundo. Decimos que era casi a esa misma hora pero no hemos dicho cuál era. Digamos algo: es la hora en la que parece que el cielo empieza a clarear y no clarea.
En la otra punta del mundo una niña se marea. En la otra de las cuatro puntas, un niño se duerme al fin. En la última de las puntas una mujer descubre que apenas le queda pie.
Suena el piano a tormenta.
Suena la estirpe a cosecha.
Suena el enano a gigante.
Suena la nana a la guerra.
Todo casi a la misma hora. No queremos precisar más. Ni tan siquiera nos nombraremos. Seremos Nosotros. Llamadnos así: ¡Nosotros, acudid!
Irá colina arriba ahora que la primavera la viste de flores humildes, flores que apenas vivirán un día.
Irá con la mirada muy limpia, recién lavada con agua fresca del manantial, el que se forma con el deshielo.
Irá sonriente por mucho que su vientre abierto a cuchilladas deje ver sus tripas y haya de empujarlas hacia dentro con sus manos para que no se desparramen por el suelo.
Irá con un cinta que recogerá su pelo.
Irá con la existencia a punto de partir hacia el mañana, el mañana sin tiempo, el mañana eterno. A ese mañana irá para verte. Para verte desde la eternidad. Para verte sin tiempo. Eternamente verte.
Hay en el aire un acontecer extraño (como cuando Zeus -según nos narran los órficos en sus teogonías- se tragó el falo de Cielo). Podría ser, sí, podría ser el esperma esparcido del dios generador del éter, el que se mantiene en suspensión sobre nuestras cabezas y desde la eternidad de Noche -la que estuvo siempre- esa lefa divina genera una suerte de violencia en quienes son capaces de pensarla.
Hay en el aire una diadema de Afrodita pero ésta-al contrario que la leche fecunda de su antepasado- no genera lucha sino deslumbramiento, fulgor de estrella, impetuosos deseos de follar. Los dioses nos coronan con sus caprichos. Nosotros no somos más que cobayas en sus manazas las cuales -según el carácter de su temperamento- nos pueden estrujar o, ahítos de ambrosía tras una noche de juerga de dos eones, acariciar nuestras nalgas y con su caricia regalarnos un segundo feliz.
Hay en el aire un diamante de mierda. Brilla más que el oro. Es más caro que el oro. Huele más a mierda que el oro. Me recuerda a ese viejo rey que tras arruinar un poco más a sus súbditos, volvió a su reino tras un destierro decidido por sí mismo y se fue a una regata en un pueblo del noroeste donde fue aclamado por los menesterosos que no querían entender que aquel rey viejo era un miserable. Lástima que no existan ya en las Cortes los bufones. Ni tampoco en las cortes generales.
Hay en el aire un hastío en forma de sangre.
Hay en el aire la malformación de un feto.
Hay en el aire una canción a punto de ser compuesta.
El Poder -hay que reconocerlo- sigue siendo inteligente.
Que ya no sueño.
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Ensayo poético
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 26/05/2022 a las 18:50 |