A veces es capaz de sumergirse. Ve el fondo y se lanza en picado hasta él.
A veces quisiera tener el corazón del lobo estepario y su pelo blanco y sus ojos tristes.
A veces lucharía a brazo partido por besar la cicatriz en su pecho, la cicatriz del cáncer.
A veces dormiría escuchando el cencerro de las ovejas que pastan en la madrugada al abrigo del calor.
A veces bajaría a la ciudad y bebería.
A veces llegaría hasta el puerto y buscaría el mar como quien busca al amante.
A veces se quedaría callado, dentro del silencio, justo en la alborada.
Nosotras hemos vuelto. Te estamos mirando y sentimos en la piel un alivio semejante a la primavera. Somos especies. Somos una sala casi blanca. Somos la sombra del limonero. Somos la ola que se aleja. Somos un aire de granada. Somos la piel que se alimenta.
Nosotras hemos vuelto. En el latido de tu corazón estamos. Vamos a navegar esta tarde por el torrente de tu sangre, la que corre por tu aorta, el torrente que lleva más caudal. Porque queremos abrazarte y darte vino. Porque sabemos que la fiesta será más tarde.
Hemos vuelto, naricita de juguete. Hemos vuelto por el sendero que un día te señalamos cuando estabas dormida y soñabas la era futura, las estrellas sin título, los astros a lo lejos; hemos vuelto a los pies de tu cama; nos hemos confundido con los rizos de un par de muñecas; sabemos que la mañana nos hará desaparecer.
Nosotras hemos vuelto. Nos vamos a quedar por los alrededores. Vamos a custodiar tu vida. Vamos a encargarnos de que nada definitivo te pase excepto lo que no pueda ser sino definitivo. Vamos a mirarte a los ojos, pequeña escala menor. Vamos a saltar contigo y cuando te columpies sabrás que los cielos tienen de inmediato algo de tierra. La espuma de los días contigo. El ámbar gris contigo. Las grandes historias contigo. Las horas junto a ti. La merienda bajo el membrillo. Las ganas de dormir.
Hemos vuelto. Te sentirás feliz. Hemos vuelto. Vas a sonreír. Hemos vuelto. El horizonte no es tan curvo. Hemos vuelto. La hiedra sube, sube, sube porque hemos vuelto, porque los espejos reflejan, porque la mar está en calma, porque huele a santa, porque mordemos el polvo, porque se santigua el ciprés, porque aguanta la lluvia. Hemos vuelto. Sí, hemos vuelto.
Esta noche, cuando la madrugada, por el pasillo de la casa que no es mía, he visto pasar la luz blanca de un fantasma.
Esta mañana, cuando el día iluminaba, aún tumbado en una cama que no es la mía, he recibido un beso en la mejilla.
Más tarde he salido a la ciudad con mi perro, la ciudad que me vio nacer y de la que poco a poco me he ido alejando. ¿Podría también la ciudad alejarse de mí?
En el parque el perro pasea suelto.
A la vuelta las calles no están especialmente sucias.
Bebo un café de vuelta en la casa que me acoge. Converso con un muchacho. Me agrada y agradezco sus palabras.
Comeré lo que el estómago tenga a bien soportar. Viviré la extrañeza una tarde más. Volveré al lugar donde habito. He de volver. Voy a volver.
Duerme el perro a mi vera.
Junio está a punto de terminar. Este junio estuve vivo.
Salve.
¿Cuánto cuesta la espuma? He venido deshaciéndome… ¡no, no! He venido deshojándome. Seré una margarita con piernas atrofiadas y brazos desiguales. Sólo una margarita con semejante fisonomía podría preguntarse cuánto cuesta la espuma. No sólo se lo preguntará un día de tormenta cuando los pensamientos arden y están húmedos y por los montes corre una furia que se gesta en cuevas, donde los vientos, donde los vientos copulan. ¿Cuánto cuesta la espuma de quererte? ¿Cuánto cuesta querer seguir vivo? No sólo se lo peguntará la margarita -no te olvides atento lector que la margarita soy yo y también podrías ser tú- en los días de tormenta sino también cuando el viento deje de ser una letra redonda y sobre los cuerpos vivos, los cuerpos de la tierra un sol atroz nos queme, nos devore las dermis y supliquemos -como si hubiera alguien realmente a quien suplicar- un poco de frescura en el centro del ardor. ¿Cuánto cuesta la espuma? ¿Cuánto cuesta quererte? ¿Cuánto cuesta dejar al pairo un alma ajena? ¿Cuánto cuesta rajarte? ¿Cuánto cuesta admirarse en mitad de tinieblas, lleno hasta la hartura de olvido? Margarita coja de brazos desiguales. Margarita minusválida propensa a los ataques. Margarita sin rostro ausente en los corrales. Margarita que huyó quemada en la discoteca. ¿Por qué te preguntas cuánto cuesta la espuma? ¿Qué será la espuma dentro de un trillón de siglos? ¿Y las mareas? ¿Y las ausencias? ¿Y las naves interestelares? ¿Orión será?
Fragilidad, tienes nombre
de mujer pero eres hombre.
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Ensayo poético
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/07/2023 a las 17:38 |