La noche de la luna llena,
la estela mortuoria,
un eco de cantos de ángeles que llegan hasta los aledaños del tercer círculo del infierno,
las frases breves de los hombres sabios,
la insatisfacción y la lectura,
algo que se amargó con el tiempo,
dejar que el sueño se olvide,
la mano que no mece nada,
la santa sin milagros,
el dios envejecido por demasiada ira y demasiados aires,
el daimon juguetón del que nunca escribió nada y siempre anduvo preguntando,
la noche y su orgía,
la voz del amigo apenas alcanza para satisfacer una inspiración y aún así es tanto,
hacerse viejo y ser igual de necio,
saber morir muerto de miedo,
caminar un día más y agradecerlo,
desentendido de lo que quizá ocurra,
cocinar con gusto la ensalada fría,
animar al aire a que traiga buenas nuevas,
la sal de la vida en las salinas,
los desiertos altos en los que el frío mata,
el carácter, eso sería, el carácter, la llama si se quiere, el hálito si nos ponemos cursis, la esencia si olorosos,
ya llega agosto,
será por eso,
cuando el inicio del miedo,
una supuesta compresa en una piscina privada,
la broma en la mirada,
y llegar tan lejos como permita el día,
y beber mucho, que el medio interno se mantenga limpio
y las cloacas de nuestro estado no supuren mercurio,
deja que todo avance mientras se detiene,
la aurora, será la aurora, ese instante en que despiertas y quisieras por el bien del mundo seguir dormido,
¿Y tú? ¿Recordarás cómo empezó todo?
...al río amado.
No viene el ciervo esta tarde ni el cerdo se detiene a la puertas de la casuca, la que está abandonada a mitad del camino entre la oscuridad y la nada...
...al río amado.
Los ojos de mi hija se han vuelto azules.
Los ojos de mi hija despiden unos destellos negros que tienen la particularidad de generar olvido y nausea.
...al río amado.
No es un sueño. No es el hombre que llega a la universidad con fama de filosóficamente depresivo. Es una guirnalda que se ha colgado entre dos postes de luz. Es un informe hecho con desgana por una funcionaria de toda la vida. Es una ciudad inclemente. Es una tormenta que se mantiene activa por los siglos de los siglos. Es la constante inconstante. La vuelta al viejo problema de la ironía.
...al río amado.
Buscaba mirar a las cigüeñas como la primera vez. Incluso quería sentir de nuevo la sorpresa que le produjo entender el gesto en las cabezas de las vacas. Buscaba las manos en sus manos. Buscaba un soplo de verano. Rememorar una contemplación de algo bello junto a otro ser humano.
...al río amado voy y nado.
Esos ojos que se volvieron azules me llevan a la muerte de un gato y al nacimiento de una hoja y siento entonces unas ridículas ganas de llorar.
...volver al río amado, derivar flotando sobre él, Ofelia aún viva sin ramillete de flores silvestres entre sus manos.
Así ir llegando. Hasta la última inspiración y detenerse.
...al río amado... al río amado... al río amado...
Aunque yo estuviera hoy en el Japón escuchando una composición de Kosaku Yamada, no podría olvidarme de que tu ausencia me acerca a la muerte cada vez que la siento.
No sé por qué extraño motivo también la muerte ha estado presente esta noche en un sueño en el que mi amante se desdoblaba y mientras follábamos en la postura del perro, su torso estaba frente a mí, apoyado en la pared y sonreían sus labios mientras su mirada era fría como un pueblo de mierda un enero en la Hungría postsoviética. Fango y muerte. Sexo y gozo. Lluvia y noche. Una farola a lo lejos. Un muro. Una nave de una longitud extraordinaria. Gente abotargada.
Ya no hablaré. Porque no se puede. Yo estaría hablando horas, de verdad, no me cansaría de hablar, de razonar -todo hablar es un razonar- sobre tu ausencia; no me cansaría de intentar describir, incluso con cierto regodeo, el dolor que siento, un dolor tan íntimo, un dolor tan inclemente... sólo que ya no hablaré porque a nadie se le puede pedir ser interlocutor de semejante devastación, porque los oídos son las entradas sonoras de la pena y porque un alma con cierta sensibilidad no podría hacer sordos sus oídos e inevitablemente languidecería. No, no se puede hablar de estos dolores. Hay que masticarlos a solas y con los ojos abiertos. Sólo podría entablar un diálogo con père Goriot, sólo con él si pudiera, una tarde de otoño en la rue Saint-André des Arts, sentados uno frente al otro en un pequeño cafetín y sorbiendo lentamente unos vasos de absinthe, si pudiera -decía- desprenderse de su discreción burguesa y -gracias a los efluvios de la bebida- abrirse al terror de su desamor.
El viento agita la mosquitera. El perro duerme encima del sofá. Las montañas verdean aún. Ayer la casa quedó limpia. Fue, el de ayer, un día duro. Quise tanto hablar contigo. Me paralizó las ganas. El viento agita las penas. El perro es mi dulce compañero. Las montañas son la magia de la muerte. El polvo no arrastra nada. Es el de hoy un agitarse, como juncos en la rivera del río por donde el mistral pasa sin saberlo, sentimientos de crueldad y ternura porque recuerdo tus ojos de niña y no sé cómo miran tus ojos ahora, porque mis manos recorren las letras que mi cerebro les dicta pero reprimen el grito que quisieran gritar, porque la noche ha sido incómoda, porque el peligro está abajo latente, porque suena una vieja melodía japonesa, ¡ah, sí, si yo estuviera en Japón y escuchara una composición de Kosaku Yamada...!
A veces es capaz de sumergirse. Ve el fondo y se lanza en picado hasta él.
A veces quisiera tener el corazón del lobo estepario y su pelo blanco y sus ojos tristes.
A veces lucharía a brazo partido por besar la cicatriz en su pecho, la cicatriz del cáncer.
A veces dormiría escuchando el cencerro de las ovejas que pastan en la madrugada al abrigo del calor.
A veces bajaría a la ciudad y bebería.
A veces llegaría hasta el puerto y buscaría el mar como quien busca al amante.
A veces se quedaría callado, dentro del silencio, justo en la alborada.
Nosotras hemos vuelto. Te estamos mirando y sentimos en la piel un alivio semejante a la primavera. Somos especies. Somos una sala casi blanca. Somos la sombra del limonero. Somos la ola que se aleja. Somos un aire de granada. Somos la piel que se alimenta.
Nosotras hemos vuelto. En el latido de tu corazón estamos. Vamos a navegar esta tarde por el torrente de tu sangre, la que corre por tu aorta, el torrente que lleva más caudal. Porque queremos abrazarte y darte vino. Porque sabemos que la fiesta será más tarde.
Hemos vuelto, naricita de juguete. Hemos vuelto por el sendero que un día te señalamos cuando estabas dormida y soñabas la era futura, las estrellas sin título, los astros a lo lejos; hemos vuelto a los pies de tu cama; nos hemos confundido con los rizos de un par de muñecas; sabemos que la mañana nos hará desaparecer.
Nosotras hemos vuelto. Nos vamos a quedar por los alrededores. Vamos a custodiar tu vida. Vamos a encargarnos de que nada definitivo te pase excepto lo que no pueda ser sino definitivo. Vamos a mirarte a los ojos, pequeña escala menor. Vamos a saltar contigo y cuando te columpies sabrás que los cielos tienen de inmediato algo de tierra. La espuma de los días contigo. El ámbar gris contigo. Las grandes historias contigo. Las horas junto a ti. La merienda bajo el membrillo. Las ganas de dormir.
Hemos vuelto. Te sentirás feliz. Hemos vuelto. Vas a sonreír. Hemos vuelto. El horizonte no es tan curvo. Hemos vuelto. La hiedra sube, sube, sube porque hemos vuelto, porque los espejos reflejan, porque la mar está en calma, porque huele a santa, porque mordemos el polvo, porque se santigua el ciprés, porque aguanta la lluvia. Hemos vuelto. Sí, hemos vuelto.
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Ensayo poético
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/08/2023 a las 18:29 |