La descripción del muro. Se acerca desde lejos una mujer. Descripción del muro, formas caprichosas se crean en la relación entre los desconchones y varias capas de pinturas. La mujer se acerca. Lleva un abrigo que abraza sobre su cuerpo. Un abrigo que cae por debajo de su minifalda. Sus leotardos son morados. Sus zapatos negros, de tacón y acharolados. El muro se vuelve de un insufrible tono polaco.
El bebé acaba de ser abandonado en un contenedor de un polígono industrial. El bebé se despierta por los olores de la putrefacción. Llorará. Gritará. Berreará. Se agotará. Morirá. Nadie descubrirá nunca al crío. Todo fue en vano. Sus huesos deben de andar desperdigados por cualquier vertedero de los alrededores de la megalópolis. No es el único ser vivo de vida breve.
Cae sobre el nido la tormenta. La mujer zapatea por la calle solitaria. Lejos han dado una media. La mujer se ha detenido. Ha encendido un cigarrillo. Ha dado una profunda calada y el humo y el vaho han creado niebla sobre niebla. No ha entrado en calor. Quisiera haber sido antes. Sin apenas remordimiento.
Se encienden las cocinas de las casas que se apiñan en bloques en los suburbios de la ciudad. Las radios y los calderas se oponen. Ella camina sin querer llegar. También quisiera estar sentada en una casa frente al mar donde muchos años atrás había estado serena. Desconfía del entusiasmo. Nada más lejos de su intención intimidar. Es una reacción animal.
Juntar las dos series. Animar la carrera. Creer que sí es posible. Creer que lo hizo. Otra cosa es que consiguiera transcender. Inmanente fue siempre. Se acerca a la casa. Se acerca al desfile de las vecinas. Las primeras en salir llevan a sus hijos al cole, antes de hora, porque ellas han de ir a trabajar muy, muy temprano. Ella sigue siendo una niña.Se negó a crecer. Se mantiene igual. En lo alto de la trona. Arruga un papel de celofán. El mundo es arrugar un papel de celofán. El mundo es el sonido de los papeles de celofán aplastados, arrugados, vueltos a estirar. El mundo es su abrigo que le permite aguantar el helor del amanecer por las escaleras. Su ceño. Sus talones. Una crema contra las grietas de los talones. Que no se te olvide, se dice a sí misma llamándose de tú.
28 de mayo de 1954. La Toscana.
Me quedaría sin alma si no lo hiciera. Es tan sinuoso el camino. Aún estoy en él y siempre temo. Ahora son los pájaros y el ladrido lejano de un solo perro. El avión pasa y se dirige. Siento que el invierno llega; me quedaría sin alma si no produjera algo: un pensamiento escrito con cierta destreza. La extraña relación de esta paz con un suceso violento ocurrido horas antes. Liban insectos la salvia que se encuentra frente a mi ventana. Sólo que yo ahora estoy fuera. Es la primera vez que escribo desde mi jardín. Ha sido de repente. Me he calzado. He cogido la parte superior de la sombrilla que guardo en un rincón del cuarto de baño durante el invierno. Cantan los pájaros. Se ha ido el rugido de un motor a combustión. Con la parte superior de la sombrilla he salido al jardín. He subido los siete peldaños que culminan en una pequeña plataforma de unos cinco metros cuadrados. He cogido la base de la sombrilla. La he colocado en vertical. Durante el invierno tengo la base inclinada para que las lluvias resbalen y no se queden atascadas y pútridas en el tubo. He colocado la sombrilla. He ido hasta el cobertizo. He sacado la mesa del jardín y las dos sillas. Me ha llevado un rato montar la mesa. He colocado la sombrilla para que la sombra cayera sobre la mesa y la silla. He recordado entonces que necesitaba un pantalón corto ahora que el verano ha llegado. La casa en la que vivo es pequeña y he tenido que dejar varias cajas sin abrir en el cobertizo. Sólo tenía acceso fácil a una de ellas y ha querido el destino que fuera justo en ella donde estuviera el pantalón y además he encontrado -de nuevo las Moiras me honran con su favor- otro también muy ligero y que me trae grato recuerdo: con ellos puestos tuve entre mis brazos por primera vez a L.. He ido a por mis trastos de trabajar al estudio y me he puesto a escribir. Por primera vez, escribía, por primera en casi tres años, me he puesto a escribir en el jardín. Las campanas de la iglesia dan las ocho y resuenan los golpes de alguien que sacude algo. Así pasa la vida. Tras haber estado en la ciudad y haber sido escupido por un incidente banal. Seguimos en el Neolítico. Sedentarios y cazadores las neurosis campan por sus respetos. Desde que descubrimos la muerte nos volvimos sagrados. Suena una máquina y un chavalillo grita. Probablemente está con el padre haciendo alguna tarea. Cae la tarde. La alquimia alcanza los márgenes del valle. Por aquí anduvieron los neandertales, aquéllos primeros que conmemoraron la ausencia. La probabilidad me permite asegurar que mis pies han hollado la huella de mi antepasado quizás un día cuando caminábamos -los perros y yo- por el camino que llaman de la Cima del Pezón y hubo un momento en el que los tres nos quedamos callados y quietos como si una turba de espectros lejanísimos se acercara corriendo para cercar al bisonte. Las rocas son las únicas que saben la verdad.
Narrativa
Tags : Escritos de Isaac Alexander Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/05/2026 a las 19:33 |Monólogo
El Actor: un viejo dios soberano... justo de eso... puedo hurgar en esa llaga... los dioses vencidos... los dioses muertos... irme a los albores... es una estepa con un solo árbol... podría mirarme en el espejo y ver el rostro que he visto hace un rato. Todavía hacía sol. Ese dios amarillo y redondo... podría acunarme en las historias primordiales que tienen algo de sueño... de sueño de niño que ya recuerda los sueños... salir ahí fuera, una noche más, asido a las luces y al vestuario... hablar de esos dioses que hacían camino junto a nosotros y aún antes... mucho antes de fijar la verdad en la memoria... hay una gruta. Hay un fuego que se mantiene a costa de vidas si es necesario. Hay unas lanzas. Hay un riesgo que ya sabemos lo que significa. No sabemos que el coito lleva a la gestación. Las diosas. Los dioses eran ellas. Hubo un miedo y un mujericidio que acabó con su magia e inauguró la edad de la fuerza ... esos dioses, como Poseidón... o ésos más allá, a eones de distancia, antes del Tiempo, antes del Espacio que son pura ausencia, absoluta ignorancia, creadores por generación espontánea... No podría ir más lejos. No me atrevo. Vislumbro a penas el fracaso. Siento el aliento de la oscuridad que enfrente de mí respira... hablaría de la sensación de pasmo... hablaría de un lugar para vivir y del silencio inmisericorde al que se ven abismados cuando repelen y son cedidos como muebles inútiles en un mundo funcional... me atrevería... lo aseguro... poco antes de salir... me atrevería, lo juro. Ya lo he hecho antes. Me he enfrentado a ello varias veces. Una vez pude elegir entre partir un brazo o enfrentarme otra vez a ello y elegí enfrentarme. No quiero decir mucho más con eso... de dioses en las últimas... de los hermosísimos textos que se les dedicaron... la lluvia amarilla, el solsticio de invierno, el nacimiento del Buda, La Vaquería-Templo... los dioses muertos y resucitados. De ellos hablaría tanto. O de una montaña sagrada, Ida, o cualquiera otra, aunque Ida sea un monte pero tenga alma de montaña... hablaría de lo ctónico, de lo que se asienta y pesa y adquiere la densidad suficiente para nombrarlo... la noche está brava... Yo me erguiría ante mis muertos y les preguntaría... saber si ellos también... Si esta noche llamaran a la puerta y apareciera un perro al que llamara Ego...
Cuentecillo teatral
- No hay cascarón más vacío. Así me expreso.
- Como el café, desde luego, desde luego...
- No querría parecer desagradecido.
- ¿Y lo es? A mí esa cuestión me parece mucho más interesante. Me llevaría incluso, si usted desarrollara, me llevaría, digo, a un estado de pura exaltación sexual.
- ¡Qué gran unión!
- ¡Qué gran patria! añado. Porque entonces se juntan los sufrimientos venales con los verdaderos. El cielo se convierte en infierno y me suda el coño lo que pueda pasar después. Los verdaderos, he dicho...
- En efecto, lo has dicho.
- Y tú quedas ahí, como un pasmarote. Digo los verdaderos y tú los das por hechos. Despierta, por el ángel cariacontecido te lo pido. Despierta. Ponme en duda o ponme mirando a Cuenca pero ponme, que yo sienta sangre que corre por tus venas, torrentes rojos perfectamente encauzados.
- ¡Asesina de niños! ¡Rompehuevos! ¡Maldita sea la hora en la que nos encontramos por el caminito del Rey, cuando caía el sol y se levantaba una brisa de verano que olía a higos y tomillo! ¡Maldita sea tu estampa! ¡Así se te pudran los dientes para que nunca más puedas volver a sonreír y se acuñen en tus mejillas los hoyuelos que parecen los brocales de los pozos en los que la Doncella bebió! ¡Que no te quiero ver nunca más! ¡Mala conciencia!
- No te vale y lo sabes. No es suficiente. Prevengo una catarata de aceite de oliva. Roo los huesecillos. Se afilan mis dientes y por dentro, cuando te pienso, se remueve una víscera que vaga sin nombre por los alrededores del páncreas. No nos digamos más maldades. No nos maldigamos más. La noche llegará pronto y vendrán los ausentes a visitarte. Llamarán a tu puerta. Entrarán muy despacio.
- ¡Calla!
- Se pondrán tras de ti. Te rodearán, incauto, lo sabes. Te rodearán y pondrán sus manos sobre tus hombros sobre los que se elevará una gran torre a la que bautizarán con tu nombre el cual, vencido, se convertirá en piedra. No me mires así. No me das pena.
- ¡Calla, por los santos maravedís que no huelen a orín! ¡Calla por el suelo de pinocha en el que nos reímos hasta que nos dolieron las plantas de los pies! Insisto: no hay cascarón más vacío. Y añado: se me perdieron los labios y no sé dónde.
- ¿Me tendrás esta noche?
- Todas.
- Tan lejos llegará el espejo.
- Coge la mano y véndela al mejor postor.
- Vanidoso.
- Vanidades.
Teatro
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/05/2026 a las 18:46 |La suma de todas sus virtudes se vieron reducidas a cero -para parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra- el día en el que Vivria Soloz se desnudó en lo alto de la cima y se pegó una ráfaga de cien tiros metiéndose el cañón de su arma de repetición por el coño. Su cuerpo quedó hecho pedazos. Hasta le saltaron de sus cuencas los ojos. Ni su marido ni sus diecisiete hijos ni por supuesto su director espiritual acudieron al sepelio que, por expreso deseo del cónyuge, se hizo fuera de sagrado. El Opus les dio la espalda. El director espiritual que tantas buenas viandas había comido en su casa, hechas con todo el amor por su esclava favorita -lo de esclava dicho, por supuesto, de forma católicamente cariñosa y perversa-, repudió a la suicida y más aún por la forma obscena que había elegido para matarse y aseguró que maldeciría a cualquiera de sus descendientes con el que se encontrara desde ese momento en adelante, incluso aunque fuera una casualidad, que la casualidad, sentenció, siempre es obra del diablo. Nadie volvió a pronunciar su nombre aunque se dice que el decimocuarto de sus hijos, un suavón de tomo y lomo según cuchicheaban parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra, lo pronunciaba en voz baja todos los domingos cuando se levantaba antes del amanecer y subía hasta la cima y se sentaba en la tierra y se la comía de a poquitos porque, pensaba, algo tomaría del cuerpo y la sangre de la muerta. Amén.
Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/05/2026 a las 18:40 |
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Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/06/2026 a las 17:43 |