Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Capítulo del Libro de las soledades de Isaac Alexander
In memoriam N.



¡Qué cruel constancia se delata! ¡Desde que el perro de Stan Carr lamió por primera vez la mano de su amo! ¿Cómo no mirar las nubes que van invadiendo el cielo? ¿Cómo no sentir la inmensidad de la nadería que somos? La existencia. Los abrojos en los campos de cultivo. El fuego que todo lo devasta. El agua que todo lo pudre. La mirada atenta del depredador. El otro mundo de los insectos. ¡Y los peces! ¡Los peces! Esas presiones. Las densidades. ¡Todos esos estímulos en nuestras fibras nerviosas mientras la vida aparece y desaparece en todas partes y a la vez! Alguien camina por un polígono a las afueras de León mientras al otro lado del mundo surfean las olas unas muchachas australianas que luego comerán langosta en un chiringuito de la playa; una langosta que esa mañana barría con sus antenas el fondo marino dispuesta a sobrevivir un día más. Las redes. La visión por los ojos. Ya no, querida mía, tú ya no. Ahora hay que hacer de tripas corazón. Morderse la lengua si hace falta. Ponerse la máscara correcta. Acudir sin pompa al ceremonial. Así son las cosas. Así son desde hace demasiado tiempo: aún no aprendimos a despreciar la vida y a ignorar la muerte, como ya lo aprendieron todos los demás seres vivos del planeta.
Hace una mañana fría. Reposa a mis pies un piano. La cima de la montaña se ciñe una corona de nieve. No he visto a los pájaros. No los he escuchado. Esa es la constancia. La crueldad en toda su magnitud. A lo lejos ladran. Se informan. A alguien, ahora, le urge algo tanto que está a punto de tener un accidente mientras que a dos manzanas una joven está haciendo la compra en un hipermercado, en alta mar un marinero recoge los aparejos y recuerda a un amigo el cual, en ese mismo momento, termina de instalar un router en una casa aislada, en mitad de un bosque hasta donde llegó, por cauces irregulares, la fibra óptica; sueña una gata sobre un tejado de placas solares; muere un azor por las aspas de un molino, juegan dos parejas al pádel cerca de Rosario. No te cuento más: lo otro, como todos, lo sabes.
 

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2026 a las 14:26 | Comentarios {0}



- No vamos a saltar a la comba. Todo ese tiempo ya ha pasado. No vamos a soñar catedrales. Nos queda un resto de argamasa parecido en todo al concepto de amor. No vamos a hablar de las cigüeñas. ¿Cuántas veces tomaste el sarcófago y abriste la tapa para contemplar su interior? No devanaremos la madeja. El mar queda lejos. Lo sabes. No podremos llegar allí. No oiremos una vez más las olas ni sentiremos en nuestros pies la arena fresca, la que queda por la tarde cuando el sol se pone y sale esa luna gorda como el vientre de Deméter y nos quedamos sentados contemplando ese desconocimiento como si lo descubriéramos por primera vez. No nos soltaremos las manos. No nos meteremos en el agua ni sentiremos el picor de la sal en nuestras pieles. Nos vamos a quedar sentados. Nos vamos a mirar a los ojos. Quizás vayas al baño y luego vaya yo y nos crucemos por el pasillo y se rocen, en el cruce, los laterales de nuestros meñiques. Eso haremos, amor mío. Lloraremos con toda seguridad. Tenemos por qué llorar. Es uno de los últimos días. Lo sabemos. Lo sabemos. El piano puede sonar si quieres. No me importa. Lo sabes; sobre todo desde que vivimos en esta casa donde nadie habita más que nosotros, tú y yo, querida mía, la loca de la casa, mi amante leal, mi fuente de inspiración.

El hombre se queda callado y cierra los ojos.
Ella se levanta y pone en el tocadiscos The gentle side of John Coltrane. Apaga alguna luz. Se descalza. Vuelve al sofá. Se acurruca. 


- Nos tomaremos las manos. ¿Podremos sentir como la primera vez? ¿Ese momento en el que uno de los dos tomó la decisión de tocar la piel del otro y el momento en el que el otro acepta y aprieta y mira? No, ya nunca más veremos el mar. Quedémonos para siempre aquí. Frente al pequeño jardín, escuchando a John Coltrane, hasta que la luna gorda se vaya desvaneciendo en los azules que el sol genera cuando vuelve a nacer. ¿Naceremos más veces? ¿Nos reencontraremos? ¿Qué será de las naves tripuladas que se dirigen a Orión? ¿Nos entenderemos con los sátrapas que hoy asolan nuestra suelo? ¡Ven, abrázame! La noche se está volviendo muy callada y siento como un presagio el silencio del mochuelo!

Hay un largo silencio durante el cual el bosque murmura. Es el momento en el que el sapo descubre que nunca será príncipe y ese descubrimiento le calma para siempre y le hace saltar de loto en loto. Hay un silencio estelar. Fuera estará la explicación. A ninguno de los dos le importa. La tierra navega y va rápida y sabe que llegará un día en el que ya no se verán desde ella más estrellas. Será el cielo un inmenso vacío azul y negro. Las resquebrajaduras de la bóveda celeste se habrán sellado para siempre, el orbe dejará de girar y quedará también en silencio. Lo saben ellos. Se abrazan.

- Dormidos estaremos listos. La noche será nuestra aliada. Subiremos las montañas. Navegaremos los pocos océanos que quedan. Haremos vivacs. Nos meceremos en las hamacas de nuestros bisabuelos. Pasará el avión de las tres. Las muchachas aparecerán por la esquina poco después de terminada la escuela. ¡Qué hermosa es la juventud!
 

Teatro

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2026 a las 02:54 | Comentarios {0}








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