Hay más luz cuando alguien habla. (Frase de un niño citada por Sigmund Freud).
Buscaba. Buscaba. Buscaba. Las voces se venían superponiendo unas a otras. Escuchaba y buscaba. Desde la mañana había sido la dinámica. Desde el fin del mundo había venido. No había venido remando. Había venido nadando. Brazada a brazada. Bocanada a bocanada. Buscaba la flor. La suerte buscaba mientras fuera, en la ionosfera se había escuchado el grito que había salido de las entrañas, del bajo vientre, por el ombligo el cual era hermoso como un cráter que acabara de formarse. Buscaba la esencia de este pasmo. Buscaba la atmósfera que le permitiera entender el ambiente en el que se encontraba. Buscaba las uñas que se había comido poco antes de sucumbir al mar.
La niña se concentra en las teclas del piano y con una suavidad impropia ataca un adagio que hunde para siempre la civilización occidental en las simas del dolor.
Buscaba esa esquina que un día le apartó para siempre de la recta vía, aquélla que desde el Oriente se venía afirmando como la forma segura de aceptar el destino. Pero él recordaba a la niña. Recordaba su dedos gordezuelos sobre las teclas. Recordaba las lágrimas que asaltaron sus ojos como si se hubiera producido un acontecimiento único: el descubrimiento de un dios, la mano que sana, el libro que mece, la pierna que avanza, el solo que fuga, la estrella que alumbra el camino de los camelleros, la larga jarcia de un velero, la espuma en la cresta de la ola, la voz que narra el evento, la lluvia que se escapó de entre sus axilas, la cuna que se lanzó al vacío, el descubrimiento instantáneo de la lentitud, la ventisca en el Polo Norte, el paso de Canadá, la cadencia de un intervalo, la gran llamarada, la derrota...
La acepto -se dijo-. Me arrodillo. Ya no quiero lamentarme más. Voy a mirar de frente mi carácter. Voy a asumir mi destino en este día de suerte. Las montañas se han rendido también. Ha sido tan emocionante asistir al derrumbamiento de las cimas que mis dientes se han mellado y mi lengua se ha cubierto de llagas y grietas como si el hablar fuera los cortes que un bisturí hiciera en la epidermis de un hombre obeso.
Se ha dicho: ¡Que muero!
La niña teclea con los ojos cerrados. Desde lejos parece una pianista adulta y menuda. Toda ella está envuelta en una penumbra con niebla. No pasarán más de diez segundos para que el francotirador le vuele la cabeza y sus dedos gordezuelos se detengan de golpe y suenen como final del adagio las notas que abarquen el choque de su frente contra ellas.
No volverá. No. Seguirá braceando hasta que no lo quede ni un gramo de glucosa en sus músculos y entonces, justo en ese momento, desde los fondos abisales surgirán los seres que se comerán hasta la médula de sus huesos.
Ventanas
Seriales
Archivo 2009
Cuentecillos
Escritos de Isaac Alexander
Fantasmagorías
Meditación sobre las formas de interpretar
¿De Isaac Alexander?
Libro de las soledades
Colección
Apuntes
Archivo 2008
La Solución
Reflexiones para antes de morir
Aforismos
Haiku
Recuerdos
Reflexiones que Olmo Z. le escribe a su mujer en plena crisis
Olmo Dos Mil Veintidós
Sobre las creencias
Jardines en el bolsillo
El mes de noviembre
Listas
Olmo Z. ¿2024?
Saturnales
Agosto 2013
Sobre la verdad
Citas del mes de mayo
Rapsodia en noviembre
Sincerada
Marea
Mosquita muerta
Reflexiones
El Brillante
No fabularé
El viaje
Sinonimias
El espejo
Desenlace
Perdido en la mudanza (lost in translation?)
Cartas a mi padre
Asturias
Velocidad de escape
Derivas
La mujer de las areolas doradas
La Clerc
Carta a una desconocida
Sobre la música
Biopolítica
Lecturas en alta voz
Ensayo sobre La Conspiración
Tasador de bibliotecas
Archives
Últimas Entradas
Enlaces
© 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017, 2018, 2019, 2020, 2021, 2022, 2023, 2024, 2025 y 2026 de Fernando García-Loygorri, salvo las citas, que son propiedad de sus autores
Ensayo poético
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/04/2026 a las 16:01 |