Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
No es notorio y es jueves de agosto. Las calles de la ciudad de Madrid están vacías y el calor ya no es tan espantoso como durante el mes de julio. En esta mañana, aún fresca, guardo en mi memoria los restos de la noche. No sé muy bien porque escribo estas líneas ni si tendrán un final con moraleja, si será porque he visto las estadísticas y siempre me anima ver que sigues (tú y tú y usted) entrando en esta página a la espera de una lectura que te mantenga en una rutina buena o si es porque siento la levísima melancolía de las cosas mal hechas. De los hechos malos. Una frase, pronunciada por Carmen en una cena hace dos días, se me repite en la cabeza y es ésta, Todos sabemos perfectamente lo que es bueno y lo que es malo. Su contundencia me altera. Su sencillez me pasma. La verdad de esa afirmación me aturde y me obliga a reconocer que cuando realizo acciones malas, sé perfectamente que lo están siendo. Todos lo sabemos. Puede que entre el bien y el mal no se establezca una dualidad sino una trinidad como afirma Alfred Schütze en su libro El Enigma del Mal editado por Rudolph Steiner. El libro en sí no me gusta (más bien lo contrario) y en él establece unas triangulaciones entre el bien y el mal que me parecen interesantes. Por ejemplo: Avaricia/Moderación/Despilfarro; Soberbia/Dignidad/Inferioridad; Meticulosidad/Sentido del orden/Desorden; Cobardía/Valentía/Temeridad etc... donde el bien lo he colocado entre los dos términos del mal. Esta forma de intelectualizar las acciones humanas (mis acciones) puede que me calme un poco. Me siento como si aplicara mi ojo a un telescopio que me hiciera más grandes (y alejadas) mis propias bondades y maldades. Y siento que, al acercarlas, he atravesado un tiempo de límites finísimos entre unas y otras, tan finos que me da la impresión de que en cualquier momento se podrían rasgar y mezclarse en una pasta que haría muy difícil separar, de nuevo, el grano de la paja ¡Condición humana!

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/08/2010 a las 10:31 | Comentarios {0}




¡Qué importante es la nariz!


Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/07/2010 a las 12:17 | Comentarios {0}


Divaga
¿El Mal tiene tres patas?
Seré completo cuando la búsqueda no dañe mi esqueleto.
Me gusta el tango y el sonido del acordeón lo aguanto diez minutos (o bandoneón).
Escuché ayer las Variaciones Goldberg en el clavecín y por primera vez me gustaron tanto (o más) que las interpretadas por Glenn Gould en su piano.
La huelga del metro dejó a los centímetros sin espacio.
Vuelvo al Sur.
Subiré mi energía hacia los aladares de mi pecho y sonreiré con la belleza de la inspiración (sin sonidos, sin anhelos, sin jadeos, sin esfuerzo como cuando el nado se acompasa y el agua en su giro gira con los brazos).
La pluma verde me dará horas de abril.
Déjame soñar contigo esta noche (estamos en una extraña confabulación de órdenes. Un actor de fama mundial interpreta un papel. Hay tonos grises y azules cobalto. La luna no brilla. Ni espanta el lobo. La huella de tu media se instala en mi hombro y huele la brisa a tronco del Brasil -una mezcla de gardenia, jazmín y dondiego-).
¡Ah, sí y la bachata! Esas caderas de mujer morena que se cimbrean con un compás sincopado ¡Vuela, mi negra, y enséñame esa boca rosa que hará las delicias de mi piel!
A ritmo de tambor la vida pasa.
Y así hoy, 29 de junio, entre silbatos y madrugón la sangre se ha limpiado y no hay versos que escalden mi alma, ni sentimientos que me lancen al dolor, ni espuma que surja de la rabia, ni desolación que alcance un grado mayor que mi alegría.
Me gusta, ahora, mientras divago, moverme al ritmo de la música que escucho. Estoy en la laguna Gri-Gri de Río San Juan, en la república dominicana. El manglar está ahí. Y también una princesa taína con la que haré el amor toda la noche y cuando llegue la mañana se habrá convertido en una mujer pelirroja de blanca piel y ojos azules y al llegar la tarde será ya una barca que abre las aguas y las cierra tras de sí.
Atrás los hombros.
De frente la mirada.
Las nubes son agua.

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Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/06/2010 a las 11:11 | Comentarios {0}



La sincronicidad (es curioso que esta palabra aún aparezca como errónea en los procesadores de texto) entre la muerte de Zenani Mandela y el inicio del Mundial de Fútbol de Suráfrica junto al estribillo de la canción de Shakira, Porque esto es África -creo recordar- muestra algo que el espíritu inquieto quizá pueda vislumbrar.

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/06/2010 a las 22:13 | Comentarios {0}


La traducción y los datos han sido tomados de la edición de Vicente Cristóbal López para la Editorial Gredos


Publio Ovidio Nasón
Los versos que en Blues de Madrugada van en cursiva pertenecen a Ovidio y fueron extraídos de Amores, El Arte de Amar, Sobre la cosmética del rostro femenino y Remedio contra el amor. No sé a qué libro pertenece tal o cual verso porque mientras escribía el Blues... iba abriendo el libro al azar y escribía el verso sobre el que mi mirada se posaba.
Ovidio tuvo un sólo trabajo conocido en la política (ésa era la función a la que estaba destinado por familia) el de triunvir capitalis cuyo cometido era el de inspeccionar las cárceles y vigilar la ejecución de las sentencias. Poco tiempo estuvo desempeñándolo. Descubrió que su verdadera inclinación era la poesía y a ella se dedicó.
Todo podría haber transcurrido dentro de los cauces normales en la vida de un romano de la clase ecuestre pero su obra y su vida le llevaron a sufrir un castigo por orden del emperador Augusto: la relegatio a la ciudad de Tomis, en el país de los getas, en el litoral del Mar Negro. Allí, desterrado, escribiría sus Tristes y Pónticas (no sé si este último se podría traducir por Marinas. Si fuera así, me gustaría más). Allí murió tras ocho años de agonía. Ni Augusto, ni Tiberio, ni Germánico revocaron el castigo.
Según se cree (Ovidio siempre fue oscuro en cuanto a los motivos de su destierro) dos fueron las causas de sus desgracia: haber escrito el Ars amatoria y haber visto algo que nunca debió de ver. Lo que vio es conjetura: unos dicen que vio a Julia, la nieta de Octavio Augusto, en actos sexuales (e incluso que Ovidio prestó su casa a la nieta para recibir a uno de sus amantes); otros que vio desnuda a Livia -la mujer de Octavio- en los rituales de la Bona Dea los cuales estaban reservados a las mujeres y otros -sobre todo J. Carcopino en su texto El destierro de Ovidio, poeta neopitagórico- aventuran la idea de que Ovidio pertenecía a esta secta y que por lo tanto asistía a prácticas adivinatorias -actividad ésta prohibida expresamente por el Emperador- y en ellas había visto algo que nunca debió ver.
Viejo y bárbaro (siendo él romano se sentía bárbaro en la tierra de los getas) el mundo jugó con Ovidio y la metamorfosis le llegó y le convirtió, a lo largo de los ocho años de su destierro -fue desterrado a los 52 y murió a los 60-, en una tortuga de gran caparazón, lenta y vieja, sin apenas armas para defenderse del frío escita.
Él amaba Roma, la amaba por encima de todas las cosas y amaba a su tercera mujer. Augusto supo muy bien qué castigo merecía este poeta que cometió un clásico pecado de juventud: narrar con alegría y pasión lo que se desea. Y pecado sólo en un sentido: que descubre al enemigo la debilidad propia.
Los últimos versos de su primera obra conocida, Amores -escrita aproximadamente 30 años antes de su destierro-, son los siguientes: Delicadas elegías, graciosa Musa, obra que se mantendrá viva aún después de cumplirse mi destino.

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 27/05/2010 a las 22:59 | Comentarios {0}


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