Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Se levantó a las siete y media. No era una hora habitual para ella. El cielo estaba muy pálido quizás unos banquitos de niebla se habían ido esfumando y ese sfumato era lo que otorgaba al cielo su cualidad pálida. Se puso por encima una bata azul a rayas y en la cocina se hizo un café con leche. Lo bebió de pie mientras miraba por la ventana los movimientos de un mirlo que intentaba hacer algo -no pudo saber qué- sobre las ramas desnudas de un árbol de Jupiter. Encendió la radio. Escuchó a las personas que hablaban, siempre con sus críticas como si ellos tuvieran la solución a todos los problemas y quienes estaban encargadas de resolverlos fueran unos inútiles o unos impostores. No entendía a esas personas pero las oía mañana tras mañana quizá por tener un ruido de voces que apagara la suya. Terminó el café y se dedicó durante media hora a hacer sus abluciones. Aquel día, especialmente, se puso el último poso de perfume que le quedaba. Pensó que era importante. Se vistió, sencilla y limpia. Arregló un poco la casa y antes de salir se quedó mirándola y le saltaron unas lágrimas a traición. Tuvo que ir de nuevo al cuarto de baño y frente al espejo limpiarse el rímel que había teñido la parte inferior de sus ojos. En el trayecto en el autobús observó el trajín de la ciudad: los niños y sus mochilas, los padres y sus gestos, los barrenderos y sus máquinas, los policías y sus uniformes, los inmigrantes y sus diferencias, los oriundos y sus diferencias, los perros y sus pelos, los árboles, las nubes y el viento. Cuando llegó frente al portal destino de su viaje respiró hondo y esbozó una sonrisa. Se acercó al portero automático y -en lo que ella denominó un acto fallido- se olvidó durante un corto espacio de tiempo del número que había de marcar. Luego lo recordó y cuando lo iba a marcar se detuvo, se alejó del portal, se metió en una cafetería y pidió una tila. En la barra se sintió aislada como si ella hubiera colocado a su alrededor una mampara de cristal muy limpia, muy transparente. Se encendió un cigarrillo. Miró por hacer algo el móvil. Tragó saliva. Se dijo, Venga, hazlo de una vez. No lo pienses más. Pagó la tila. Volvió al portal. Marcó el número y escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Entró. Anduvo despacio hasta el ascensor. Marcó el número del piso, el piso al que tantas veces había ido, la casa en la que tantas veces había estado, hacía años, sí, hacía años. La puerta estaba abierta y ante ella se encontraba su amiga. Se dieron dos besos. La amiga le invitó a entrar con un gesto -pensó ella- un tanto forzado. El olor de la casa, igual al de entonces, le recordó un mundo al que ya no pertenecía. Se sentaron en el salón. Ella empezó a hablar y le dijo a su amiga que se alegraba de que le fuera tan bien, de que cosechara tantos éxitos, uno detrás de otro y sobre todo la felicitó por el premio que le habían dado. La amiga le contestó, Y que sepas que más que el dinero que al fin y al cabo no es más que dinero, es lo que supone como reconocimiento a mi trayectoria. Eso es lo importante. Aquella frase fue como un bálsamo para ella, le pareció una invitación para, sin más rodeos, contarle el motivo de su visita. Ella le dijo, Mira, desde hace tres años las cosas no me han ido muy bien y ha llegado un momento en que los ahorros que tenía pues... bueno, ya te imaginas, se han terminado. Ahora tengo un par de proyectos, sobre todo uno de ellos que ya está entregado y tiene muy buena pinta, pero aún no me los han pagado y la verdad he pensado que quizá tú, ¿sabes?, como ahora te va tan bien, pues quizá podrías hacerme un préstamo. Yo te lo devolvería en un año, como mucho. Como mucho. El banco, bueno ya sabes cómo son, me amenaza con el embargo y.... Su amiga, sin alterar un centímetro su gesto relajado, sin fruncir un ápice su boca, le contestó, Cómo lo siento. Me es imposible, ¿sabes? es que me acabo de comprar un terreno, precioso, tienes que venir, está cerca de (y le dijo un nombre que ella no escuchaba) y lo que pasa siempre que te dicen un precio y al final es otro y ya sabes cómo son los bancos. Total, hija, que el capricho se ha llevado hasta el cash, estoy sin un duro. Como lo siento. ¿Quieres un café? Ella dijo que sí y tragó saliva y mientras la acompañaba a la cocina la amiga seguía hablando, Me pillas de casualidad, mañana me voy a rodar un spot a Cuba y tengo muchísimas cosas que hacer. Oye, y tú no te preocupes. De todas se sale, te lo digo yo. En cuanto vuelva te llamo y te invito a pasar un fin de semana en mi casa nueva, para que te relajes, que te veo muy tensa ¿Sigues tomando el café sin azúcar? Ella respondió que sí.
Llegó a su casa dos horas más tarde. El teléfono no tardó en sonar. Era el banco. Miró su casa y, como a traición, el rímel tiñó de negro la parte inferior de sus ojos.

Cuento

Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/03/2009 a las 19:04 | Comentarios {1}


Laboratorios Sérriga se encontraba en un polígono industrial a las afueras de la ciudad. Era un edificio cúbico de muros azules turquesa, de cuatro plantas y con pocas ventanas. Cuando Leo Mariner aparcaba el ocaso casi estaba terminado. Se habían encendido unas farolas y hacía frío. Leo atravesó el vestíbulo al fondo del cual había una recepción circular de madera clara. La vigilante de seguridad no le quitó ojo mientras se acercaba. Era una mujer de unos cincuenta años, de aspecto jovial cuando la vio de cerca, con el pelo corto teñido de un rojo encendido. Leo Mariner le comunicó quién era con aire oficial y el motivo de su visita: una entrevista con el señor Sérriga, director del laboratorio. La vigilante le indicó dónde se encontraban los ascensores y el modo de llegar hasta el despacho. Le estaba esperando.
En contra absoluta de su costumbre, durante el trayecto en el ascensor, Leo se miró en el espejo y llegó a la conclusión de que su aspecto era el idóneo para su resurrección. La edad de cuarenta y un años le parecía la justa para emprender una nueva vida. Tan sólo necesitaba la confirmación.
El señor Sérriga resultó ser un hombre de treinta y cinco años, amable y conciso, con las ideas muy claras. Tan claras. Fueron directos a la cuestión que allí le llevaba: la relativa a la crionización de la señora van der Kloer y las proyecciones sobre el tiempo que aún quedaba para tener la tecnología necesaria para la descrionización. Leo miraba a través de la ventana mientras escuchaba la voz casi profesoral de Sérriga. La noche se había hecho dueña de todo. Cuando Sérriga terminó se hizo un silencio algo largo y algo incómodo. Leo pestañeó varias veces antes de pedirle a Sérriga los protocolos para crionizarse.
- ¿La cabeza o el cuerpo entero?, preguntó Sérriga.
- El cuerpo entero y la vitrificación del ADN mitocondrial.
- Por supuesto señor Mariner. Mi secretaria rellenará con usted los formularios.
- ¿Desde el momento en que firme entra en vigor el contrato?
- Jamás se me ocurriría engañar a un notario, respondió Sérriga en tono jocoso.
Sérriga se levantó, ofreció su mano a Leo y le acompañó hasta la puerta de su despacho.
- Si quiere usted ver las instalaciones.
- No, no, gracias. Otro día.
Leo Mariner rellenó con la secretaria del director todos los formularios y dejó un jugoso cheque como primer pago. El siguiente pago sería una vez crionizado con éxito y el tercero y último una vez vuelto a la vida para lo cual Leo Mariner debía de abrir un fondo a 213 años.
De vuelta a la ciudad por las carreteras de circunvalación, Leo percibía el mundo de otra forma. Parecía no estar ya aquí. Por primera vez pensó en sus hijos con cierta dosis de ternura y la luz sobre la vía le pareció de una belleza apabullante. Lloró mientras el frío y el ruido entraban en el coche. El viento se llevó sus lágrimas. Entró a la ciudad por la salida de la autovía más cercana a su destino. Reconoció los edificios, el soportal del número 13 de su calle, el bar de enfrente y la luz tras la ventana de su casa. Ella estaba.

Cuento

Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/02/2009 a las 17:55 | Comentarios {0}


Apócrifo atribuido a Mislava Gordúnov



La mañana transcurrió aburrida, hasta el movimiento de los pasantes despedía un tufo a vida perdida que insuflaba vida a Leo Mariner. A lo largo de la mañana despachó los asuntos más tediosos del mundo notarial: la disolución de una sociedad mercantil, un contrato por razón de matrimonio, una protesta de documentos de giro. Justo antes de comer el secretario del notario, Fermín Pérez, anunció a la señora Fátima van der Kloer. Ya el apellido molestó al notario porque se salía de lo normal y de alguna forma rompía la perfección de un día de trabajo absolutamente insustancial. Con desprecio en el gesto hizo pasar a la señora. Cuando entró, Leo Mariner ni siquiera levantó la vista de unos documentos que no estaba leyendo. Tan sólo dijo, Siéntese, por favor.
Fátima van der Kloer se sentó y en silencio esperó hasta que el notario se dignó cerrar la carpeta de los documentos.
- Perdone, ¿usted dirá?
- Quisiera que diera usted fe de mis últimas voluntades.
- Muy bien, ¿las tiene consigo?
- Claro. Tenga usted.
Y Fátima le entregó una dossier. Leo Mariner, aburrido de nuevo, abrió el dossier con la profesionalidad que le caracterizaba y empezó a leer las últimas voluntades de Fátima van der Kloer. Y por primera vez en 31 años el gesto de Leo Mariner se alteró y por su cuerpo corrió un atisbo de esperanza, una solución a su deseo de llegar al año 2222. Aunque lo intentó no pudo disimular su agitación y, olvidándose absolutamente de su condición de notario, alzó la vista del documento y miró a Fátima.
- ¿Esto es posible?
- ¿Cómo?
- Usted dice que en el momento de su muerte quiere ser crionizada y que su ADN mitocondrial sea vitrificado.
- En efecto.
- Me lo podría explicar, como podrá usted comprender no puedo dar fe de algo que no entiendo.
- Bueno tampoco yo soy una experta pero, ¿de verdad nunca ha oído usted hablar de la crionización?
Leo Mariner se la quedó mirando sin contestar.
- Bueno es una técnica de, cómo se lo diría, de congelación. En el momento en que muera antes de que mis células pierdan todo su potencial de vida se me congelará y esperaré a que la técnica de descrionización esté lo suficientemente desarrollada para volver a la vida.
- Y la vitrificación del ADN mitocondrial ¿qué es?.
- Mire, vamos a hacer una cosa, le voy a dar la dirección de los laboratorios donde se realizará mi crionización y allí se lo explicarán todo.
- Como comprenderá antes de dar fe debo estar enterado de todo el proceso.
- Le doy un par de días si no me iré a otro notario. No me queda mucho tiempo.
- Muy bien, señora van der Kloer, entonces nos vemos pasado mañana a las doce. Si no le importa comuníqueselo a mi secretario.
El corazón de Leo Mariner se salía de su pecho cuando se quedó solo en el despacho. Por primera vez en su vida vislumbraba la posibilidad real de estar vivo en el año 2222.

Cuento

Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/02/2009 a las 10:27 | Comentarios {0}


Apócrifo atribuido a Mislava Gordúnov



La mañana del 21 de febrero de 2009 -213 años antes del año deseado- Leo Mariner salió a la calle camino de su notaría. Le agradaba aquel invierno por lo duro que estaba siendo, la cantidad de aburrimiento que se veía en las caras de la gente, lo tristes que se adivinaban las ciudades, lo sordos que eran los sonidos. Todo ese cúmulo de tedios alargaba su vida, estaba convencido de ello, sólo que no sabía cuánto y en todo caso no sería suficiente para llegar al 2222.
Iba conduciendo mientras fuera caía una lluvia densa y un viento racheado hacía que de improviso la lluvia golpease en los rostros de los transeúntes. Pero aquella imagen no alargaría su vida hasta el 2222.
Aparcaba y corría hasta el portal.
En el ascensor alguien le deseaba buen día.
En su despacho todos sus empleados se afanaban en su labor. Ninguno de ellos llegaría al año 2222.

Cuento

Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/02/2009 a las 18:41 | Comentarios {0}


Apócrifo atribuido a Mislava Gordúnov



Ese era el número, ese era el año: 2222. Sin embargo él nació en octubre de 1968 y cuando fue consciente de que era imposible que llegase al año 2222, -a los siete años, cuando tuvo noción del tiempo y lo que un año significaba-, desde ese instante, Leo Mariner tuvo angustia existencial. Le era imposible quitársela de encima, era una segunda piel que se había adherido a la suya propia y le había aislado de la posibilidad de disfrutar la vida porque para él -como es menester para todos los angustiados existencialmente- cada minuto vivido era un minuto muerto más que le acercaba a la muerte absoluta. A los once años Leo descubrió un método para que el tiempo -en todo semejante al chicle- se alargara: el aburrimiento y entre los once años y los treinta y siete Leo Mariner se aburrió como una ostra, todo el mundo que le veía, todo aquél que lo clasificara lo primero que decía de él era, Es el tipo más aburrido que he conocido en mi vida. Para acentuar el aburrimiento estudió lo más pesado para él -en su caso el derecho y luego las oposiciones a notario- por supuesto sacó la carrera cum laude y fue el primero en las oposiciones. Se casó con una mujer monótona y aburrida como él y tuvieron dos hijos hasta que él, (en secreto y lleno de terror porque aquella aventura aceleró su tiempo de vida de una forma tremenda) se hizo la vasectomía y dejó de fornicar con su mujer apelando a una extrañas razones religiosas en las cuales, por cierto, jamás creyó. La férrea moral calvinista le venía muy bien para el aburrimiento y así se hizo calvinista y su mujer también comulgó con semejante rueda de molino pues ella era una castellana antigua amante de las tradiciones y de las esculturas en los templos y las pinturas de los mártires.
Jamás Leo Mariner le había hablado a su mujer, de la cual diremos el nombre, Amelia, de su anhelo de vivir el año 2222. Era un anhelo tan ridículo para un hombre tan aburrido como él. Se imaginaba que Amelia caería desmayada si algún día, él, en un momento de debilidad, le dijera, Amelia tengo un anhelo: quisiera vivir el año 2222. Incluso ella, con todas la razón, podría pedir el divorcio y ese hecho: el irse de casa, la nueva rutina, las visitas periódicas a los niños, introduciría en su vida tal variabilidad que aceleraría su tiempo hasta límites que él no estaba dispuesto a soportar. Sólo algunas noches, según le dijo ella sin poner énfasis alguno, en sus sueños deletreaba el número y salivaba al hacerlo, como si aquel número, en su sueño, fuera un pastelillo de marisco coronado de huevo liado -lo único que Leo no había podido dejar de gustar-. El placer de convivir con Amalia residía en la seguridad de que tras la frase dicha no iba a venir la consecuente pregunta, ¿Y por qué dices así el número 2222? No, Amalia callaba, se levantaba y arrastrando las zapatillas se iba hasta la cocina para preparar la infusión de las seis.
Detestaba a sus hijos porque estaban más cerca de su meta. La mayor, Adela, había nacido en 1992 y el pequeño, Cristobal, al año siguiente. En algún lugar había leído que quizá la generación de la última década del siglo XX pudiera vivir hasta doscientos cincuenta años y eso le llagaba el corazón y le provocaba un odio en nada larvado hacia sus hijos. Un odio que se tradujo en una forma de autoridad en todo parecida a las rígidas normas morales calvinistas.

Cuento

Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 09/02/2009 a las 17:50 | Comentarios {0}


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