Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Vayamos despacio. No hay nada más allá que este dulce minuto con sabor a almíbar. El cielo se mantiene azul. Y las nubes son tan caprichosas. La cuesta se sube a cada paso y se desciende con cuidado para no acelerarse demasiado. La cadencia de los tambores crea un ritmo que enaltece el ansia de vivir ese único ritmo. Las caracolas también. Y el cangrejo ermitaño que, de tan solo, a veces se siente triste. Vaivén. Pulsión. Contempla al ser que te atrae. No pasa nada si no lo alcanzas. El sueño es una forma de vida y el deseo sin ansia una realización del alma. Miremos de reojo sin intentar que sea de frente. Dejemos a los duendes en su faenar pequeño y a las hadas démosles todo la importancia que se han ganado a lo largo de los siglos. El daimon tiene alas y garras y colita y cara. Se asemeja tanto al devenir que podríamos decir de él que es el propio giro del Mundo. Admiremos la posibilidad de Universos Paralelos. Sintamos las dimensiones que no podemos alcanzar. Otorguemos a lo ínfimo la posibilidad de ser y estar en varios lugares a la vez y aplaudamos que lo observado, por el mero hecho de serlo, altera su esencia. Hay en los árboles el más antiguo idioma. Hay en los bosques la fuente de la música. Hay en el abrazo la delicadeza del amor. Reconozcamos que estamos al principio de nuestra especie. Sepamos que el tiempo es aún muy corto como para obtener resultados. La crueldad habrá de desaparecer. Reneguemos de todo aquello que se consigue con esfuerzo y tan sólo ocupémonos de lo que se disfruta, de lo que se alienta con la sonrisa en la mirada y en los labios. Respiremos el aire de la mañana. La belleza es nuestra percepción, no está fuera, inalcanzable, escasa. Las notas de la guitarra. El pizzicato del violonchelo. Dos voces que crean un mundo de polifonías. Un canto gregoriano en el clarear del día. El deshielo en el arroyo. La mano sin heridas. La preocupación de la abuela por la vida de sus nietos. El fin como inicio. El inicio como fin. Miremos los cuerpos como obras majestuosas de una energía sin tiempo ni intención. Acariciemos los vientres y atengámonos a la dicha del tacto. Existe el musgo porque el norte es una opción. Y la copa del árbol destila vino. El fuego no es tan sólo combustión. La causalidad es un espejo deformado de la realidad (o de la Realidad). Y aún así acojamos con humor tan valiosas explicaciones para vivir en un mundo lleno de secretos. Como la almohada. Como el encuentro. Ámala. Ella lo recibe. Ámale. Ya lo está sintiendo. Como la algarabía de los pájaros cada mañana en el jardín de una maternidad. Habla al bebé. Sonríele. Toma su mano. Dale de beber. Y que crezca con el arce japonés a la sombra de un sol fuerte como sus dioses. Toma de la mano a Afrodita a Ares y a Hefesto, el hermoso cojo creador de la fragua. Canta, oh Musa, la cólera de Aquiles y navega por el piélago donde la tierra desaparece, fin de la placa continental. Surca velero las aguas como cielos. Déjate llevar, náufrago, por el aroma del verdor. Esmeralda. Violeta. Malva. Oro. Carbono. Cinabrio. Guiso de patatas y bonito. Paladar de tu lengua. Visos de nieve. Colchón de ave. Bandadas hacia las lagunas del sur. Y la voz de la madre. Y la voz del padre. Y la voz del aya, suave como el gorjeo de la legumbre. Reconozcamos la llamada y dejemos que la paz, en la siesta, se acalore para provocar después el orgullo de una bondad en nada provocada. Y paseemos. Y nademos. Y volemos. Y sintamos un día y otro, sin desdichas. Atentos que llega la salud. Atentos que el invierno es conservación. Atentos al oído. Atentos al verso. Y siempre despacio, despacio, despacio...

Ensayo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/04/2011 a las 13:16 | Comentarios {1}








Búsqueda

RSS ATOM RSS comment PODCAST Mobile