Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Veamos las fotos (que muestran elementos de los que no queda rastro. En colores extraños más cercanos al oro que a la sepia, llenas de gentes muertas, edificios muertos, postes eléctricos muertos, ríos muertos, puentes colgantes descolgados) en su calidad de fantasmas.

Una foto es un fantasma. Un momento quieto. Un insulto a la física. Porque nada es inmutable.

La fotografía contiene algo de sagrado, algo de alejado, algo de ubicuo.

Fotos de antiguas amantes, de viejos amigos, de hijos pequeños (que ya son grandes), de pueblos que ya no existen aunque se mantengan sus nombres (no existe Benidorm del año 1964 cuando era un pequeño pueblo de pescadores con un par de edificios algo elevados).

La fotografía en su intento de fijar un presente lo que hace en realidad es fijar un pasado.

Madrid antiguo

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/03/2010 a las 11:12 | Comentarios {1}


Pablo Neruda
me visitó hará una semana
tenía la tez blanca
cuando desde Isla Negra
miraba su océano
y sus palabras.

Con su acento chileno
que hace al español más chiquito
declamaba:

Oh, Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre,
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún,
quejándome del trópico, de los coolies coringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y de los espantosos ingleses que odio todavía.


Dos lágrimas suyas
han salinizado el mar
y ha sentido -Neruda- el lento vacío
de una apuesta perdida
mientras argüía:
atraviesa hasta el fondo mis separaciones,
apaga mi poder y propaga mi duelo.

Poesía

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 16/03/2010 a las 20:05 | Comentarios {0}


Una tarde
Con el cielo claro y la sensación fría; con las manos en los bolsillos mirando a la muchedumbre pasear por la Calle Mayor; con la certeza de que el invierno, aunque luchaba aún, estaba extenuado y que la primavera, llena de ardor juvenil, iba a darle el golpe de gracia en cualquier momento; con la mirada vagando del cartel del Tío Pepe a las caras de la gente, me dirigí hacia el metro para atravesar la ciudad y recoger a Violeta una tarde de sábado. Todavía en sus ojos quedaba el destello de unas décimas de fiebre y su sonrisa mostraba la perplejidad del cuerpo que, tras defenderse, ha quedado flojo y no sabe muy bien cómo sostenerse ni tampoco si el frío es todo lo que parece o más bien es una cautela de su cuerpo para obligarla a arroparse más.
Uno junto al otro nos dirigimos a la calle Alcántara donde yo recordaba que había una tienda de juegos porque al salir de casa de su madre yo le había hecho una doble propuesta: irnos al cine a pasar la tarde o comprar un par de juegos de mesa y jugar hasta que el cansancio pudiera con nosotros y la noche -amiga de los sueños, urdidora de esperanzas, amañadora de equívocos, espejo oscuro de las más altas miras, rincón del mundo donde todo se decide por el tacto, Reina sin corona, Luz sin luz- nos dispusiera al descanso.
Resultó que aquella tienda de juegos ya no existía. Violeta aún estaba cansada del esfuerzo de su cuerpo por volver al equilibrio así es que nos cogimos un taxi, nos bajamos en la Puerta del Sol y en unos grandes almacenes compramos El Scrable y el Cluedo.
El Cluedo es un juego de detectives: tiene un tablero que es una casa, tiene unas cartas que proporcionan pistas y otras que penalizan cosas. El objetivo es descubrir quién mató al anfitrión, en qué habitación y con qué arma.
Jugamos en la cocina de la casa de Pedro. La cocina es una habitación grande y abuhardillada con una gran mesa de mármol y tras ella un gran espejo con marco del siglo XIX. Jugamos horas y nos divertimos horas. El gesto febril del principio de la tarde había desaparecido de sus mejillas y ahora ella se concentraba en descubrir pistas, discernir entre un arma u otra, mirarme a la cara y reír de veras cuando yo le hacía algún chiste, en general, malo.
Jugamos dos partidas y, aunque ya estábamos cansados, decidimos estrenar El Scrable y fueron surgiendo las palabras cruzadas, los anhelos por encontrar la palabra más larga y cuando lo dejamos, eran ya las 11 de la noche, Violeta cenó con ganas y se metió en la cama tras recoger con cuidado los nuevos juegos y leyó un libro que ha cogido de la Biblioteca Municipal y se quedó dormida como una ría cuya marea se retira ya.
Yo me quedé con Pedro en el salón viendo El padre de la novia la película que en 1950 dirigió Vicent Minnelli y protagonizaron Spencer Tracy y Elisabeth Taylor y sí, reconozco que mi sensiblería salió a flote cuando al final de la película, tras haberse casado su hija, el padre se dice a sí mismo, Porque es cierto que un hijo deja de serlo cuando funda su propia familia, pero una hija es hija para toda la vida (sé que esta frase podría sonar a paternalista -incluso a machista si fuera una feminista quien la analizara-. Yo la entiendo de otro modo).
Ahora es la mañana del domingo. Violeta desayuna un yogur y bizcocho. Quizá luego nos demos un paseo por este Madrid viejo y soleado y nos lleguemos hasta la floristería El Jardín del Ángel, en la plaza del Ángel, en la esquina con la calle de las Huertas, que regentan unos amigos nuestros y donde los domingos se respira el aire de los antiguos domingos de mi propia infancia.
Fue ayer una tarde de sábado cualquiera, una maravillosa tarde cualquiera.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/03/2010 a las 11:11 | Comentarios {1}


Grosz
Grosz
Cuando ya pase todo esto y estemos a punto de morir (siendo conscientes de ello, sabiéndolo con total seguridad como mi padre lo sabía el atardecer que murió) yo no sé si usted se acordará del día que insultó a otro hombre en una Oficina de Buscadores (porque no son parados ni desempleados, ese lugar es un lugar de buscadores) por decirle que tuviera usted cuidado cuando usted lo empujó. Recuerde, hombre, recuerde, sí, fue a inicios de marzo, ese marzo que venía de un invierno muy duro, del año en que el anticiclón de las Azores nos dejó sin paraguas y todas las tormentas del Atlántico entraron por nosotros y nos dejaron húmedos, como de mal humor. Cuando esté usted a punto de no poder luchar más contra pudrirse quizá recuerde, muy a su pesar, aquella mañana, iba usted sucio, como de resaca, era usted feo y sin gracia. Respondió a aquel hombre una amargura que en todo caso él no había provocado. Recuerde: era la primera vez que se veían, el hombre le dijo, Tenga usted cuidado, hombre y usted le contestó, Pues apártate, no te jode y luego lo insultó y luego lo retó a salir a la calle para partirle la cara.

Cuando ya pase todo esto, en mi particular e idílico último momento de autoconciencia, yo quisiera sentir paz conmigo mismo. Nada más. No una gratitud, no una conclusión, no una satisfacción (la paz puede ser muy dura), no una aceptación (y sí, claro, todas esas cosas si se dieran) pero sí al menos paz. Si me diera tiempo (lo sé: paradójico hablar del tiempo justo cuando se acaba) quisiera sentirme decir, Bien, bueno, bien. Más o menos. Pero bien, bien... Quizá por eso esta mañana no he accedido a salir a la calle a partirme la cara con ese tipo (no soy muy estable de piernas pero tengo unos brazos y unas manos fuertes) y me he acordado de lo que para mí significa esencialmente la palabra civilización: El límite de la violencia entre personas es el grito.
Ni siquiera he llegado a ese límite. Me he apartado, he llamado al servicio de seguridad y le he pedido al agente: Por favor si no le importa poner orden, ese hombre me está insultando.

Cuando ya pase todo esto.

Ensayo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/03/2010 a las 17:15 | Comentarios {0}


Escribir (1)
De repente la novela se apodera de mí. Es literal. La novela me lleva. La novela es un río y yo navego en una barca blanca y remo con una pluma Parker.
De repente la novela se convierte en una mole de piedra. Todo el cauce por el que navegaba se solidifica y se coloca en posición vertical y lo que tengo frente a mí es una montaña áspera y sin vegetación. Entonces me detengo, la miro, miro a mi alrededor. Todo es desierto. Ahí se acaba el camino. Tanto camino. Hago vivac y (tras mucho esfuerzo) espero. Pueden pasar años. Pueden pasar meses. Puedo llevar melena y luego cortarme el pelo con unas lascas que he logrado arrancar a las piedras de la montaña que es la novela que fue un río. Una y otra vez miro la novela. Una y otra vez pienso la montaña.
También llega el momento en que decido escalar. Hacerme piedra. Inventar la cuerda. Entonces observo la pared e intento descubrir los salientes, los apoyos. Hago, mentalmente, un recorrido hasta la cima y calculo si mis fuerzas darán para ello. Sé que llegará un momento en que no haya vuelta atrás. Seré un mono colgado de una pared de piedra, rodeado de desierto, hacia una cima que fue río.
Quizá tenga la esperanza de que en un momento de la escalada la piedra se deshaga en agua y vuelva a navegar sobre una barca blanca.

Ensayo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 09/03/2010 a las 19:06 | Comentarios {0}


1 ... « 378 379 380 381 382 383 384 » ... 446






Búsqueda

RSS ATOM RSS comment PODCAST Mobile