Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Apócrifo atribuido a Mislava Gordúnov



Ese era el número, ese era el año: 2222. Sin embargo él nació en octubre de 1968 y cuando fue consciente de que era imposible que llegase al año 2222, -a los siete años, cuando tuvo noción del tiempo y lo que un año significaba-, desde ese instante, Leo Mariner tuvo angustia existencial. Le era imposible quitársela de encima, era una segunda piel que se había adherido a la suya propia y le había aislado de la posibilidad de disfrutar la vida porque para él -como es menester para todos los angustiados existencialmente- cada minuto vivido era un minuto muerto más que le acercaba a la muerte absoluta. A los once años Leo descubrió un método para que el tiempo -en todo semejante al chicle- se alargara: el aburrimiento y entre los once años y los treinta y siete Leo Mariner se aburrió como una ostra, todo el mundo que le veía, todo aquél que lo clasificara lo primero que decía de él era, Es el tipo más aburrido que he conocido en mi vida. Para acentuar el aburrimiento estudió lo más pesado para él -en su caso el derecho y luego las oposiciones a notario- por supuesto sacó la carrera cum laude y fue el primero en las oposiciones. Se casó con una mujer monótona y aburrida como él y tuvieron dos hijos hasta que él, (en secreto y lleno de terror porque aquella aventura aceleró su tiempo de vida de una forma tremenda) se hizo la vasectomía y dejó de fornicar con su mujer apelando a una extrañas razones religiosas en las cuales, por cierto, jamás creyó. La férrea moral calvinista le venía muy bien para el aburrimiento y así se hizo calvinista y su mujer también comulgó con semejante rueda de molino pues ella era una castellana antigua amante de las tradiciones y de las esculturas en los templos y las pinturas de los mártires.
Jamás Leo Mariner le había hablado a su mujer, de la cual diremos el nombre, Amelia, de su anhelo de vivir el año 2222. Era un anhelo tan ridículo para un hombre tan aburrido como él. Se imaginaba que Amelia caería desmayada si algún día, él, en un momento de debilidad, le dijera, Amelia tengo un anhelo: quisiera vivir el año 2222. Incluso ella, con todas la razón, podría pedir el divorcio y ese hecho: el irse de casa, la nueva rutina, las visitas periódicas a los niños, introduciría en su vida tal variabilidad que aceleraría su tiempo hasta límites que él no estaba dispuesto a soportar. Sólo algunas noches, según le dijo ella sin poner énfasis alguno, en sus sueños deletreaba el número y salivaba al hacerlo, como si aquel número, en su sueño, fuera un pastelillo de marisco coronado de huevo liado -lo único que Leo no había podido dejar de gustar-. El placer de convivir con Amalia residía en la seguridad de que tras la frase dicha no iba a venir la consecuente pregunta, ¿Y por qué dices así el número 2222? No, Amalia callaba, se levantaba y arrastrando las zapatillas se iba hasta la cocina para preparar la infusión de las seis.
Detestaba a sus hijos porque estaban más cerca de su meta. La mayor, Adela, había nacido en 1992 y el pequeño, Cristobal, al año siguiente. En algún lugar había leído que quizá la generación de la última década del siglo XX pudiera vivir hasta doscientos cincuenta años y eso le llagaba el corazón y le provocaba un odio en nada larvado hacia sus hijos. Un odio que se tradujo en una forma de autoridad en todo parecida a las rígidas normas morales calvinistas.

Cuento

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 09/02/2009 a las 17:50 | Comentarios {0}


Castillo de Montaigne
Castillo de Montaigne
Llevo desde el viernes por la tarde (o quizá sea el sábado es lo que provoca la subida de las décimas, la lenta subida casi imperceptible hasta que en un instante sientes esa suspensión de la memoria, esa lasitud, con algo de dolor, de los músculos, ese ligerísimo escalofrío que avisa, enciende en la memoria de los asuntos repetidos la sensación de fiebre, Creo que tengo fiebre y desde ese momento las manos se cansan antes, las ganas de encogerse, de buscar una manta, de llevarse algo caliente a la boca, algo ligero como una sopa de fideos, se van haciendo grandes en el deseo. Una chimenea, o como antiguamente, Julia subiéndome el embozo de las sábanas, tocándome la frente y dándome un beso. Reconozco que desde niño me gusta la fiebre. Me gustaba tener anginas. La maravillosa sensación de una tarde con una fiebre muy alta -yo llegaba a tener 41º- y esa entrada en mundos ajenos al real, a la habitación donde me ponían -solía ser la de mi hermana que era la única que tenia habitación propia- y por donde apenas paraba porque mi mente febril solía salirse por la ventana y vagaba por lugares extraños, casi todos felices. O fiebres más cercanas y sublimes. Recuerdo una fiebre que tuve viviendo en la calle Hermosilla 161, 8º. La casa donde vivía era un palomar, aislada de todos los edificios colindantes, sin refugio alguno contra las lluvias, los vientos, los fríos como tampoco tenía defensa ninguna contra los bochornos y el sol brutal que cae en el centro de España en el mes de julio. Aquella fiebre me pilló en invierno. Vivía solo. La tarde de la fiebre alta me metí en la cama y seguí leyendo un libro maravilloso -para mí el mejor de José Saramago- El Evangelio según Jesucristo. Hacia las nueve me fue a visitar una amiga y se marchó pronto. Yo me quedé adormilado, muy caliente, con muchos temblores, muy, muy a gusto. Quizá me levanté y me hice una sopa de sobre o quizá me fui ya a Getsemaní y me encontré con Jesucristo y María Magdalena. Sentados en lo alto de una duna pasamos la noche juntos y hablamos y callamos y miramos el cielo y nos miramos a los ojos. Cuando volví a mi habitación -ya amanecía y el frío en la casa era intensísimo- me encontré sentado a los pies de la cama, en la misma postura que había mantenido casi toda la noche junto a ellos. Esas fueron siempre mis fiebres. Por eso cuando llegan, cuando las articulaciones van avisando y el mundo se vuelve un poco más blando y yo me derrito ante las piernas con aparatos ortopédicos de Forrest Gump sé que quizá tras varios años sin fiebres altas ésta pueda ser la ocasión de volver a disfrutar un viaje maravilloso.) intentando escribir la quinta entrega de Sobre las Creencias y para ello iba a utilizar a uno de los más sinceros filósofos morales que yo haya leído, Michel de Montaigne, y uno de sus ensayos más vehementes (y ya es difícil decidir cuál no lo es) La Apología de Raimundo Sabunde para incidir sobre la sencillez en la demostración de la creencia. Lo haré. Lo estoy releyendo sólo que cuando entro en él, el mundo se me va a imaginar la fealdad de Sócrates o la soberbia de Platón o me meto en la cámara mortuoria de Virgilio y escucho cómo, extenuado, le pide a un discípulo que por los más venerados de los dioses eche a las llamas La Eneida porque aún no está corregida. Y entonces sé que tengo fiebre, que quiero llegar a la cama y sentir temblores y debilidades para que me transporten a un segundo encuentro con Cristo y María Magdalena o ¿por qué no? tener una charla con Michel (es que seguro que le llamaría Michel) en su biblioteca del castillo de Montaigne.

Diario

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/02/2009 a las 21:07 | Comentarios {0}


Quizás en la Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal se encuentre una explicación infalible acerca de la curiosa relación que existe entre el verbo ir y el verbo ser. Si os fijáis nada tienen en común: tienen conjugaciones distintas; ir es intransitivo y ser necesita el atributo y sin embargo ambos verbos se juntan, se confunden, se vuelven uno en el pretérito indefinido, en el pretérito imperfecto de subjuntivo y en el futuro simple: . Este ser idénticos en tiempos indefinidos y condicionados, me lleva a preguntarme: ¿Fuimos porque fuimos? o ¿Fuimos porque fuimos? ¿Fuéramos porque fuéramos? o ¿Fuéramos porque fuéramos? ¿Fuéremos porque fuéremos? o ¿fuéremos porque fuéremos?

Ensayo

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/02/2009 a las 23:25 | Comentarios {0}


Krishnamurti y Nityananda
Krishnamurti y Nityananda
Abro una enorme digresión entre los dos últimos epígrafes y este cuarto que es la mitad del ocho, como fue el octavo hijo de su madre la persona de la que escribo. Y lo inserto en este título porque este hombre del que escribo tiene una relación directa con este tema. Que conste que no voy a colocar al final del relato el nombre de su protagonista por una cuestión de técnica narrativa sino porque quiero hablar de la creencia. La protagonista es la creencia.

K. fue el octavo hijo de S. Nació a las 12 y media de la noche del 11 de mayo (12 según el calendario occidental) de 1895. Desde el principio K. fue un niño enfermizo, distraído, como ausente; de hecho su hermano menor N. tenía que ir muchas veces a buscar a K. y con dulzura conducirle de nuevo a casa. K desarrolló una constitución enfermiza. Su madre murió cuando él contaba 10 años. Tras su muerte K. solía verla con frecuencia.

Al mismo tiempo y por la misma época un grupo de personas entre ellas, y la más importante, la señora B. estaban intentando encontrar un sincretismo filosofico-religioso entre las creencias (o las fes) de oriente y occidente y crearon una Sociedad para el Conocimiento de Dios. Esta Sociedad, muchos de cuyos miembros tenían una elevada posición social, tenía sedes en varios países. En uno de ellos, Oriental, una tarde, a la orilla del mar, un miembro de esta Sociedad se encontró con K. y la vida de K. cambió a la Sociedad. Este chico distraído, mal estudiante, como ido, fue el designado como un nuevo Mesías, un nuevo líder espiritual, El Elegido. Y K. aceptó su destino hasta el 3 de agosto de 1929. día en el que, ante miles y miles de seguidores de la Sociedad, iba a ser designado como el Guía Espiritual Supremo. K. miró a la multitud y lo primero que hizo fue disolver la organización. Terminó su discurso con estas palabras: Durante dos años he reflexionado sobre esto (la disolución de la Orden) lenta, serena y cuidadosamente y he decidido ahora disolver la Orden, dado que soy su jefe. Pueden ustedes formar otras organizaciones y esperar la venida de otro. Es un asunto que no me interesa, como tampoco me interesa crear nuevas cárceles y nuevas decoraciones para esas cárceles. Mi único interés es hacer que los hombres sean absoluta e incondicionalmente libres.

Y K. se fue.

Y K. fue Krishnamurti.

Ensayo

Tags : Sobre las creencias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/02/2009 a las 13:50 | Comentarios {0}


Mayo, 1988



1
Pequeña luz,
pequeño amor,
dulce transcurrir,
secreta voz.

2
Hayan tus ojos
contemplado
una vieja y tuya
fotografía
de tu mirada infantil.

3
La calle ensuciada,
el perro viejo y su hez,
las bailarinas de caminar
abierto en sus extremos,
la gitanería.

4
Parece la lluvia
lloviendo en el cuarto.
Y grita la gata
su deseo obsesivo.
Tararea una mujer de su casa
mientras tiende la ropa menuda
de sus hijos.

5
La mujer madura
del cuarto se apoya, fatigada,
en el ángulo del descansillo.
Pasa un joven,
los ojos cerrados de ella
provocan un deseo ciego,
repentino en el corazón del poeta.

6
Condenado a muerte,
como todos;
con un rostro sin mandíbula inferior,
como pocos;
enflaquecido por el tedio y la amargura,
como tantos,
se altera ante las ansias de vida de un artista,
como siempre.

7
Un hombre
sube día tras día
apesadumbrado
las escaleras.
La actitud de su cuerpo
clama, muda,
por algo que no llegará nunca.
Puede que se trate
de un metódico maníaco depresivo
o, como se decía antes,
de un hombre melancólico.

8
Taracatá.
Un dós,
un dos trés
cuatro cinco séis
siete ócho
nueve diéz.

9
Este silencio,
curva escasa en una cuerda,
roto, acaso,
por un actor desgañitándose
en el teatro contiguo.
Este silencio, digo,
permite ver a través de las paredes.

10
Con qué desapasionada
maniobra pinza
la muchacha rizada del tercero
sus bragas recién lavadas.

11
¡Qué delicado el aroma
del aguarrás mezclado
con aceite de linaza!
¡Qué acierto la esencia
de cola de conejo
flotando en el aire cerrado!
¡Qué consistencia pegajosa
provoca en la nariz
la fragancia del alkil!

12
Veladura sobre veladura
tic-tac
otra más
tic-tac

Poesía

Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/02/2009 a las 16:17 | Comentarios {1}


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