Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Desvelo el viento que nace de las entrañas y regurgita alientos que mueven materiales como un hule o un matorral; devano la madeja de este devenir que terminará inconcluso como suele darse en los asuntos planetarios; arrecia en mí la cartografía de los desastres, ya sea en mi rostro cuyas arrugas muestran la desolación del estío y los fríos del invierno en las alturas, ya sea en mis manos que empiezan a dolerse de haber sido; me desvelo en mis audacias y en mis iras; me devano por mantener mis rutinas; arrecia en mi derredor una sensación de derrota tan grande, una derrota que alcanza la expansión del universo, una derrota que corre por los aguas subterráneas y llega hasta los hogares por las tuberías y se bebe a sorbos cada mañana, una derrota cosmológica, una derrota teleológica, una derrota total; desvelo, a quien lo quiere ver, la habitación en la que se encuentra la cuna. No hay nadie en la habitación. Si nos fijáramos nos daríamos cuenta de que en los encuentros de los paños, justo en sus esquinas, flotan, leves, telarañas. Yo no os las señalaré. Mi corazón, bomba agostada, no soportaría el aluvión de sangre que esa explicación requeriría; si nos siguiéramos fijando veríamos asomos de cristal opaco en la ventana y por supuesto, al atardecer, cuando los últimos rayos del sol entran en la estancia, admiraríamos -prodigios de la nadería- partículas en suspensión. Visto lo general de la habitación de los niños, os llevaría ante la cuna cuyo interior se oculta a nuestra vista con un alcala beige. No os animaré a que lo descorráis. Mirar el interior puede provocar náuseas. Devano, por último, el extraño recorrido. Es cierto que a veces me detengo en un pasaje; también lo es que vuelvo a un lugar del recorrido y me ocurre que al llegar a él todo me parece distinto. ¿Emprendo la marcha? ¿Estoy detenido? Arrecian las sogas, amainan los cuellos. Eso es todo.
 

Ensayo poético

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/07/2026 a las 13:43 | Comentarios {0}



¿Por qué mira con tanta fijeza la muchedumbre que abajo se afana en poner en marcha lo antes posible la maquinaria de guerra? ¿Busca a alguna persona que el azar tenga a bien mostrarle? ¿Por qué esa persona? El sirviente echa hacia atrás la capucha que ocultaba hasta entonces su mirada y vemos, por fin, su rostro y sus cabellos; los segundos son negros y abundantes, parecieran las aguas embravecidas de un océano tenebroso; su rostro es de frente amplia y destaca en ella una cicatriz que la cruza de izquierda a derecha, desde el inicio de sus cabellos allá en la izquierda hasta el principio superior de la ceja derecha; su rostro es casi anguloso pero, sobre todo en su parte inferior, se ovala hasta el punto de que el mentón tiene algo de femenino; son profundas las cuencas de sus ojos y oscuros sus iris; enjutas las mejillas realzan aún más su nariz aguileña cuyo pico sombrea unos labios gruesos llenos de sensualidad. El sirviente desiste. Sabe que tendrá que mezclarse entre la multitud y buscar, buscar hasta dar con ella. No sabe siquiera si estará en sus manos salvar la ciudad del asedio pero sí sabe que si alguien puede la única persona es ella. Pero primero ha de superar dos escollos: que los emperadores confíen en él y que pueda llegar sin ser descubierto hasta el campo enemigo.

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/07/2026 a las 17:59 | Comentarios {0}



La mañana se despertó con un pitido. A lo lejos se oía la llamada de auxilio de unos hombres que se habían perdido en su propio laberinto. Sonaron a rebato las campanas de la iglesia. Corrieron hacia los grandes graneros una multitud de crías, todas las que no superaran los siete años de crianza. Mujeres y hombres, mientras tanto, se habían mirado a los ojos y presas de espanto se habían apostado tras los fuertes muros de las murallas a la espera de la primera andanada de los invasores. Algún general se acordó de un punto débil; algún grupo de mujeres hábiles acudió a reforzarlo.
El sol ya empezaba a vencer el esfuerzo de las primeras horas y señoreaban sus rayos por el cielo. Una bandada de vencejos hacía razias de insectos en pleno vuelo, las aves de presa planeaban sobre sus territorios y unas nubes, avanzadilla de lo que estaba por llegar, manchaban de grises y blancos el lienzo azul.
"La espera es una guerra de nervios -arengaba el maestro de la polis a sus defensores-. No dejéis que la molicie os invada, antes bien, al contrario, debéis andar con el espíritu ocupado en cuestiones tan imperiosas como la beatitud de los ángeles o la velocidad del curso de las aguas cuando en la primavera se produce el deshielo en las cumbres de la Serranía de los Senos y nacen los manantiales y se funden los neveros y el mundo alcanza unas cotas de verdor que ya las querría para sí la fama de cualquiera de nosotros. Miraos. Abrazaos. Que es bueno el contacto humano, pieles con pieles, mejillas con mejillas, cejas con cejas, para saborear como se merece esta espera que presagia el vuelo de la victoria, la paz de las almas, la fraternidad ante la amenaza". 

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/06/2026 a las 13:51 | Comentarios {0}



Sonaba aquello para lo que estaba dispuesto. Las armas descansaban algo lejos. El día había sido largo. "Los pájaros, pensaba, están callados. ¿Hasta tan lejos? ¿Hasta tan lejos? -seguía pensando- ¿Cómo se sale de aquí?" Las encrucijadas se veían entre la niebla que de tan densa se diría amarilla. Distinguía su broquel apoyado en un tronco viejísimo de corteza gris como las barbas de un anciano eremita y abandonadas sobre el suelo las siluetas de dos lanzas. Se había quedado vacío hasta el punto de que ya no le importaba que el aire apenas llegara a sus pulmones. Su mente estaba en el silencio de los pájaros y en la sensación de haber recorrido una distancia inmensa y en ese recorrer, en largas jornadas, la inmensa distancia, se le habían ido quemando los pulmones tanto como los pájaros extrañamente habían ido dejando de cantar. Respiraba. Atendía al sonido del quiebro de una rama. Quiso recordar de dónde venía y la causa de la guerra en la que estaba. Su mente estaba en saber si era un soldado valiente. Su mente intentaba saber cómo combatía, qué estrategias le gustaban, si era fiero, si era leal, si tuvo compañeros.

Cuento

Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/06/2026 a las 19:59 | Comentarios {0}




Desde siempre dios me sueña
ante la misma ventana;
me sueña, me está soñando;
me mata, me está matando.

 

Poesía

Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/06/2026 a las 19:39 | Comentarios {0}


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