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Página de Fernando Loygorri

Reflexión de Isaac Alexander que envió a su sobrino -al que apodaba el pseudo-Lucilo- en el reverso de una tarjeta postal enviada desde Portland, Oregon y con fecha de matasellos del 22 de abril de 1973.


De ti dirán, querido pseudo-Lucilo, que dejaste de sentir la erótica. Un día, una mujer, te mirará con los ojos guasones y te dirá, ¡Oh, tú, hombre de Pijo Indomable, cuánto has cambiado! Y luego te alborotará los cabellos como se hace con los chicos cuando se les perdona el castigo. Y tú mismo, un día, te irás a la cama pensando en que ya nada es como antes y que ese deseo indómito de la sexualidad con dama había dejado de ser insoportable.
Es muy importante entonces que mires la tarde, sobrino, y los colores de la tarde sobre todas las cualidades de la tarde y cuando estés mirando esa luz que declina y es brava a un mismo tiempo, recuerdes la luz de las dos de la tarde y observes -con los cuidados indispensables- la esfera ardiente del sol en el cenit de la bóveda celestial y sugieras una analogía entre esa esfera ardiente y el sexo de una mujer y extiendas la metáfora a la bóveda celeste y la conviertas en vientre.
Nada atañe tanto a la verdad como el símbolo.
Y tras esto y cuando lleguen las noches de luna llena, sal de la ciudad y en la plenitud de la luz lunar en la bóveda oscura del cielo, imagina que tu falo es esfera blanca que genera azul y extiende la metáfora a la bóveda oscura y conviértela en vientre  que como muro cóncavo, contenga la ardiente atmósfera de un universo en llamas.
Las estrellas son fulgor de incendio.
Toda la erótica se contiene en la intensidad gravitacional de una estrella engullida a sí misma. 
Materia y energía oscuras (esos son los gametos de la erótica).
También la órbita que obliga al movimiento.

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 22/04/2018 a las 20:06 | {0} Comentarios








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