Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Petite digression lo publica François-Marie Arouet -Voltaire- en el Filósofo ignorante en diciembre de 1766.

Pasa el tiempo, las actitudes se mantienen.

Sigo la traducción de Marta Salís excepto un par de matizaciones.


Voltaire sedente. Jean Antoine Houdon. 1781
Voltaire sedente. Jean Antoine Houdon. 1781
En los inicios de la fundación de los Trescientos*, se sabe que todos eran iguales, y que los asuntos menores se decidían por mayoría de votos. Distinguían perfectamente con el tacto la moneda de cobre de la de plata; ninguno confundía nunca el vino de Brie con el vino de Borgoña. Su olfato era más fino que el de sus vecinos que tenían dos ojos. Interpretaban perfectamente los cuatro sentidos, es decir, sabían cuanto está permitido saber de ellos; y vivieron todo lo tranquilos y felices que pueden ser los ciegos. Por desgracia, uno de sus profesores pretendió tener nociones claras sobre el sentido de la vista; consiguió que lo escucharan, intrigó, se hizo con un grupo de entusiastas y acabó reconocido como jefe de la comunidad. Empezó entonces a opinar con autoridad sobre los colores y todo se estropeó.
Este primer dictador de los Trescientos creó enseguida un pequeño consejo que le convirtió en el dueño de todas las limosnas. Por ese motivo nadie se atrevió a desafiarlo. Decidió que toda la ropa de los Trescientos era blanca; los ciegos le creyeron; sólo hablaban de su bonita ropa blanca, aunque ninguno vistiera ese color. Todo el mundo se burló de ellos; fueron a quejarse al dictador el cual los recibió de mala manera; los trató de innovadores, de descreídos, de rebeldes que se dejaban seducir por las opiniones erróneas de los que tenían ojos y como consecuencia osaban dudar de su infalibilidad. Esta disputa creó dos bandos. El dictador, para apaciguarlos, decretó que toda su ropa era roja. Ninguno de los Trescientos vestía de rojo. Se burlaron de ellos más que nunca. Se alzaron nuevas quejas por parte de la comunidad. El dictador se enfureció, los demás ciegos también. Discutieron mucho tiempo y no se restableció la concordia hasta que permitieron a todos los ciegos dejar de juzgar sobre el color de sus ropas.
Un sordo, al leer esta pequeña historia, reconoció que los ciegos habían cometido un error al querer juzgar los colores; pero se mantuvo firme en la opinión de que sólo les corresponde a los sordos juzgar la música.

* Los Trescientos -traducción de Les Quinze-Vingts- es un hospicio parisino fundado por el rey San Luis XI  en 1260 en el que vivían asilados trecientos ciegos gracias a las limosnas.

Invitados

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/05/2020 a las 17:04 | {0} Comentarios


Altar de Zeus de Pérgamo. Fragmento de la Gigantomaquia. Sigo II a. C.
Altar de Zeus de Pérgamo. Fragmento de la Gigantomaquia. Sigo II a. C.
14 h. 42m.
Dedicada a la contemplación, ya no sé moverme entre los sátiros. Me asalta a cada rato un ansia de tomar un viejo Kalashnikov y empezar a disparar contra todo lo que se menee; un ansia tal me da tanto asco que quiero salir de mí, quiero ser otra, llamarme de otro modo, vivir en otra época, en la ciudad de Pérgamo cuando aquella ciudad era envidia de romanos; ser oriunda del Asia Menor entonces, ser escultora en el taller de un varón que desconoce que soy mujer; ser una manceba que aún no ha desarrollado sus caracteres sexuales primarios y que se oprime con vendas los pechos antes de salir a la calle; ser, ya digo, antigua, movediza, ocultarme, vivir sola en aquella ciudad magnífica donde reina Átalo I Sóter -el salvador- el vencedor contra los gálatas, los que más tarde -en su peregrinación hacia el Oeste- se convertirán en los galos y en los celtas. O ser celta. Estoy montada en un caballo. He sido raptada cual sabina para dar hijos a los gálatas que de tan diezmados tras sus guerras contra Átalo I, se quedaron sin mujeres a las que fecundar. A mí me fecundará un gálata. Pariré siete hijas y doce hijos. De todos ellos tan sólo sobrevivirán tres niñas y un varón el cual se convertirá con el paso de los años en uno de los más respetados druidas de la Antigüedad. O ser patricia romana, una Cordelia madre de Gracos que con mi dignidad y mis riquezas haré de mí un símbolo de lo que una mujer romana debe ser. Ser símbolo entonces. Ser taza de plata, cáliz donde libar sangre de vino, icono ortodoxo, pantocrátor quizá, o rueda hindú; o ser árbol místico como la higuera o ser planta embriagadora como el cáñamo y quedarme dormida entre mis propios brazos, a salvo de mí, de mi ira y de cierto rencor que asoma por donde menos me lo espero en forma de Kalashnikov en plena primavera, en un país tecnificado y complejo y por lo mismo menos libre; asoma en una sociedad que sigue adorando las jerarquías y los milagros, en una sociedad donde la humildad es la última de las virtudes; ¿por qué aquí y no en Pérgamo siendo una muchacha llamada Apolónide que quiere ser escultora y que oculta su condición de mujer en el taller del maestro que trabaja en el Altar de Zeus, altar que hoy puede contemplarse en una de las salas más hermosas del museo de Pérgamo de Berlín? Mi maestro esculpe parte de la Gigantomaquia y a mí me encarga desbastar los bloques mármol. Quizá mientras lo hago invoque a Atenea o quizá me mantenga callada para que el tono de mi voz no me delate. Todo antes que ser esta mujer contemplativa que en el día de hoy mira la mañana de este día del siglo XXI con una mezcla de ansia e ira y que no alcanza a dejarse llevar como un río hasta la mar sino que más bien parece un salmón que remonta el río -su fluir natural- a contracorriente, que lucha contra la sal y que desea tras el esfuerzo salvaje de vencer corrientes ser una aprendiz de escultura en una ciudad que ya no existe.

Narrativa

Tags : Apuntes Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 17/05/2020 a las 14:42 | {0} Comentarios


¿Cuántos espejos harán falta, Marilyn?
¿Cuántos espejos harán falta, Marilyn?
301.- Sólo algunas veces siento el peso del Poder sobre cada uno de los hombros de los sometidos.

302.- Lo pavoroso del Poder es su falta de fraternidad.

303.- Biopolítica. Foucault.

304.- La peste de 1348 supone en la conciencia occidental una gran fractura histórica. Se pierde la armonía entre razón y fe. Es un periodo de desgracias y calamidades sin ninguna síntesis filosófica que sirva de protección. La muerte produce terror; la enfermedad, escándalo; la arbitrariedad del cosmos, estupor (Salvador Pániker. Asimetrías. 2008) ¿Qué supondrá esta peste? ¿Qué utilización afraterna aplicará el Poder? ¿Qué nueva represión sobre nuestros cuerpos? ¿Qué sofisticada utilización de nuestros cuerpos?

305.- No hay héroes en esta situación. No es una guerra. Ni tan siquiera las muertes son excesivas si las comparamos con otras muertes que año tras año se producen entre los más pobres del planeta.

306.- La doctrina neoliberal del shock se basa en tres patas: una pata médica, una segunda pata económica y una tercera pata política. Años 2001, 2008, 2020. Hitos de las tres patas.

307.- Vigilar y castigar. Sin pausa pero también sin excesivo rigor. Un terror bien administrado. Un gotero de terror administrado por la delicada mano de una enfermera vestida con uniforme verde compuesto de camisa y pantalón.

308.- ¿Qué supone el temor a juntarnos?

309.- Anteayer mi perro estornudó y varias personas se volvieron asustadas.

310.- Probablemente sea infantil pensar en extrañas maniobras de virus creados en laboratorios ubicados en los sótanos de pulcras maternidades alemanas. Lo que no lo es es preguntarse sobre las consecuencias del control tecnológico de los individuos.

311.- La vida sigue.
Los aforismos que van desde el nº 301 al nº 311
-y que se compendian bajo el título de Aforismos (30)-,
son todos responsabilidad del director y autor de esta revista
 

Ensayo

Tags : Aforismos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/05/2020 a las 18:39 | {0} Comentarios


De construcciones. Fotografía de Bellocq (ca. 1909)
De construcciones. Fotografía de Bellocq (ca. 1909)
291.- El presente en cuanto tal me interesa poco como motivo de análisis.

292.- El análisis del presente sólo se puede hacer desde la estadística y  la estadística es la domadora de una de las variables esenciales de la vida: el azar.

293.- Versus Plotino y versus Hegel, soy de los que piensan que ni la Historia ni las historias tienen sentido alguno (sentido en muchas de  sus acepciones y entre ellas la que se entiende como dirección). NI siquiera soy especialmente proclive a la moderna mitología científica.

294.- El covid-19 es unos de los primeros golpes fuertes contra la mitología científica... y tendrá sus consecuencias.

295.- También tendrá consecuencias el utilizar un lenguaje bélico para tratar sobre un virus.

296.- También tendrá sus consecuencias el que a las urgencias donde son derivados los contagiados por el covid-19 se le llame en la jerga hospitalaria circuito sucio. Por supuesto a las urgencias normales se las denomina circuito limpio.

297.- Sería interesante que esta epidemia -el término pandemia es una hipérbole- tuviera un sentido, no tanto porque le diera la razón a Plotino y a su secuaz Hegel- sino porque a mí vendría muy bien como relator. Sentido por ejemplo que supusiera una revolución de Gaya contra el hombre. A mí sólo me está produciendo un engorde de mi misantropía.

298.- Libro: La doctrina del shock. Quizás este nuevo golpe del neoliberalismo, esta nueva sacudida de terror, se vuelva en su contra. En vez de ¡a los caballitos! ¡a los caballitos! vayamos ¡a por el Apocalipsis! ¡a por el Apocalipsis!

299.- Fuego y cenizas. Absoluta destrucción. Muerte absoluta y si es posible que no quede vestigio de lo humano. Tierra sin observador. ¿Dónde, entonces, Schrödinger?

300.- ¡Miau!
Los aforismos que van desde el nº 291 al nº 300
-y que se compendian bajo el título de Aforismos (29)-,
son todos responsabilidad del director y autor de esta revista
 

Ensayo

Tags : Aforismos Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/05/2020 a las 22:42 | {2} Comentarios


Esta variación está basada en la Carta que le escribe Filis a Demofonte y que es la segunda del libro de Ovidio


Filis y Demofonte de Edward Burne-Jones 1881
Filis y Demofonte de Edward Burne-Jones 1881

Cuando Filis de Ródope se queja a Demofonte por haber faltado a su promesa, me siento cercana a ella. También tú, Amigo, me juraste volver antes de un mes, no sé si hiciste referencia a la luna o si, olvidados nuestros antepasados y sus formas de contar el tiempo amoroso, miraste un calendario y dijiste por ejemplo, De aquí en veinte días volveré... o cosa parecida. Y así comenzaron a pasar los días y como ocurre con toda mujer enamorada desde los tiempos de Penélope -y seguramente antes-, se tarda en creer lo que duele creer como tan bien lo expresa Ovidio. Por ti, Amigo, me he engañado a mí misma y me he dicho que probablemente estabas atrapado en una ventisca en las montañas de Tracia o quizá, navegando el Orinoco, habías dado con una tribu desconocida y estabas por mor de tu curiosidad aprendiendo sus costumbres y su lengua y en esa elucubración me decía, ¡Oh, tonta mujer enamorada! que el jefe de la tribu, un Teseo cualquiera de nombre impronunciable, te retenía para sí o para alguna de sus hijas. ¡Ah, sus hijas! Sus hijas... Luego, en noches de insomnio, empapadas las sábanas de lágrimas y sudor, febril, sentía un terror que te absolvía pues pensaba que habías naufragado en ese mismo río y yacías ahogado teniendo como lecho de tu muerte su lecho de guijarros o te habías despeñado y yacías en lo hondo de un barranco con las articulaciones dislocadas y el cráneo atravesado. Como sufría entonces, sí, cómo sufría pero menos que cuando te imaginaba en manos de una india, a merced de sus caricias, en un bohío, teniendo como manto un cielo profusamente estrellado.

Si este fuera el caso, dime tú ¿qué mal te he hecho sino darte cobijo entre mis pechos? Y si fueran delitos los cometidos por mí, éstos serían haber creído tus juramentos, haber aceptado tus lisonjas, haber fiado mi vida a tu vuelta. Sí, te creí porque me lo juraste por tus antepasados. Recuerda, me juraste por tu abuelo -que era a quien tú más querías y respetabas- que volverías. ¿Es tu abuelo Poseidon? Responde. Responde, Amigo ausente. Y antes de marchar, en el umbral de mi puerta, con los ojos encendidos aún por el ardor de la noche pasada, juraste volver por Afrodita, diosa del amor, por Hera, protectora de los esposos y por Demeter, mater amantísima. Ruego que las diosas no se hayan ofendido por tu promesa incumplida porque de no ser así, ahora debes de estar sufriendo los más terribles castigos.

He sido víctima de tus engaños, de ésos que urdís los hombres para llegar a desnudar a las mujeres y hacerlas vuestras para saciar vuestros apetitos y después -restos de un banquete- dejarnos abandonadas como se hace con las migajas que quedan sobre el mantel. Yo también como Filis, elevo una plegaria a los dioses para que éste sea el colmo de tu gloria y por esa gloria se te erija una estatua en cuyo pie una leyenda rece: Éste es el que trato a su Amada como despojo de banquete.

Aún con todo no puedo dejar de amarte. No puedo dejar de recordar tu abrazo antes de embarcar en tu cóncava nave y cómo, juntando tus lágrimas con las mías, me hiciste prometer que te esperaría. Yo notaba cómo mi cuerpo ejercía la fuerza que ejerce el imán sobre el hierro. Cómo tu cuerpo se resistía a separarse. Cómo tus manos parecían buscar mis caderas como si sólo agarrado a ellas pudieras dar el siguiente paso. ¡Todo era mentira! ¡Falso! ¡Falso! Creo que desde el momento en el que partiste, te olvidaste de mí. Me atormenta pensar que alguno de tus hombres pronuncie mi nombre y tú, con gesto de extrañeza, preguntes, ¿Quién es ésa? Tú, Amigo, al que entregué mi virginidad, al que abrí las puertas de mi casa, al que ofrecí cuanto poseía, al que canté las más dulces melodías, por el que no quise atender los fúnebres aullidos de una loba que se lamentaba en la selva mientras me desflorabas ni más tarde en la aurora atendí al presagio del jilguero que cayó muerto en el alfeizar de mi ventana.

Cómo será este amor, Amigo -que no genera ira sino tristeza-, que me lleva a pasear con los pies desnudos por la playa y a mirar de vez en cuando en lontananza para descubrir las velas desplegadas de tu nave, la nave que te traería hasta mí, hasta mi lecho, esta noche, esta noche, Amigo amado. Sé que no va a ocurrir, así es que he pensado que lo mejor será que vaya hasta uno de los cabos en los que se encierra esta playa, formando un golfo, y como ambos se levantan en mole escarpada, me subiré a una de ellas y desde esa altura dejaré que mi cuerpo caiga a las aguas del mar. Sólo espero que su corriente me lleve hasta la playa en donde habites y que veas llegar mi cadáver corrompido por las aguas y los peces y que lo reconozcas no por la belleza que decías que tanto me adornaba sino por el broche de oro que me regalaste con las armas de tu linaje.

De esta manera a la estatua primera se añadirá una segunda en cuyo pie una segunda inscripción rece: A su Amada entregó [...] (no puedo escribir tu nombre) a la muerte. Él puso el motivo, ella la mano.

Narrativa

Tags : Variaciones sobre un libro de Ovidio Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 24/04/2020 a las 19:41 | {0} Comentarios


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