Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri

Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas Fernando Loygorri


IV

     Callar. Quedarse callado. ¡Qué difícil ha sido siempre para mí callar! Ahora me obligo a hacerlo. Quizá por esto estas soledades. No tengo necesidad de oponerme a los ladridos de Donjuan o a los maullidos Euphosine cuando quiere salir por la noche para escudriñar en la oscuridad del jardín la presencia de la vida presta a ser cazada.
Callarse ante el engaño. Callarse ante la posmodernidad. Callarse ante el paso del tiempo. Así he de hacer. He de juntar mis manos. He de cantar a la mañana y saludar al sol no como a un Dios ígneo sino como se saluda a una enana amarilla. Callarse en el tropiezo y en este desasosiego que se disimula con el sonido del péndulo. Péndulo de reloj de pared. Péndulo de Foucault. Péndulo de la historia. Callarse ante la Historia. Escuchar las historias sin emitir consideraciones y menos aún juicios. Callar y escuchar. Ha llegado ese tiempo: callarse ante la naturaleza. Escuchar lo cotidiano como quien escucha algo extraordinario porque la naturaleza es un misterio y la cotidianidad es su autopista. Entonces desviarse. Tomar una carretera secundaria. Bajar la cabeza. Mirar el paso siguiente y tener los oídos bien abiertos a los sonidos del Mundo: el hada y la hoja; la barba de cabra y la flor de San Juan; el puercoespín y el fantasma; el aire de un aroma y el aroma de un dolor. Escuchar y callar. Soñar en silencio para no molestarse.

     Lo insondable es lo finito, lo infinito es inefable. Entretenerse en el trajín de un hormiguero. ¡Lo que daría por escuchar su sonido! El frufrú entre las antenas, el sonido de la tierra provocado por las patas. Oler el ácido fórmico. Reverenciar a la reina. Alicia entendió muy bien lo insondable de lo finito. Yo debo aprenderlo todo porque mi mente encerrada en un cuerpo que cae, mantiene el afán de lo novedoso. Yo también quiero hundirme hasta un lugar muy oscuro de la tierra y quiero que la maravilla se adueñe de la propia magia de pensar y ser pensado. Mi mente -sea lo que sea ese ente que no se aloja tan sólo en el cerebro sino también en la rodilla o en el segundo premolar (según nos aclaraba Wittgenstein)- es divertida y se divierte. Por eso camino por bosques y en el silencio propio escucho los pálpitos de los demás.

     Callarme. Para que no entren moscas o peor aún sapos en mi boca. Callar y leer. Callar y mirar largo tiempo la humilde manzanilla mientras Donjuan y Hamlet retozan entre las hierbas primaverales a la vera del camino. Callar con la conciencia de que en poco tiempo -péndulo, medida, secreto, dimensión, de nuevo misterio-  estar callado será un hábito. Ya podré mirarme en el espejo sin pensamiento. Ya podre imaginar el número trescientos sin decírmelo al unísono y así de a pocos volver a la ingenuidad  -es decir: in/gen/uidad → en el origen- de tal forma que cuando sonría lo haga sin malicia o cuando llore tenga su sentido. Callarme como cura de soberbia. Callarme como repudio del orgullo. 
 
La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio. 1602
La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio. 1602

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/06/2020 a las 16:22 | {0} Comentarios


Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas Fernando Loygorri


Retrato de Simonetta Vespucci de Piero di Cosimo. 1490
Retrato de Simonetta Vespucci de Piero di Cosimo. 1490
III
     
     Cuando imagino la labor de un tanatopráctico -embalsamador se decía desde antiguo. Sólo que embalsamador no es un palabra que en los tiempos modernos sugiera ciencia, rigor (no rigor mortis), asepsia, camilla blanca, luz blanca, sondas, vías, esas cosas que hacen que la labor de mantener un cuerpo visible durante una horas se asemeje, por mor de la paradoja, a una labor casi médica- siento una gran paz. Mi ideal del tanatopráctico es una mujer callada, de mediana edad, divorciada, con los ojos grandes y la boca grande y las manos grandes a la que le gusta escuchar pop inglés de los setenta mientras vacía de fluidos el cadáver e introduce los conservantes necesarios para pasar sin sobresaltos las veinticuatro horas siguientes. Una mujer que le vaya diciendo al muerto lo que le va a hacer, si sentirá un pinchazo aquí, un poco de frío por allá y que cuando encuentre una cicatriz en el cuerpo yerto, se detenga y le pregunte cómo se hizo aquello e incluso le pida que le deje adivinar. La embalsamadora podría ser el título de un cuento gótico con lunas llenas, amores imposibles, noches de tormenta y parajes boscosos.

     Al levantarme el viento azotaba las contraventanas de la casa. Muchas noches se me olvida asegurarlas y despierto de un sueño en el que soy piloto de un velero de tres palos en un mar tempestuoso. A mi lado se encuentra un grumete que quiere ser valiente y que en mitad de la tempestad me grita: ¿Aseguro las contraventanas? Señor timonel ¿Las aseguro? Mis manos están empapadas y apenas las siento. No me atrevo a decirle al muchacho que poco importa que aseguremos contraventanas porque la nao se va a pique.

     Hacia el mediodía veo que se acerca un coche. Es raro porque el camino que llega hasta mi casa, muere en ella. Supongo que alguien se habrá extraviado. Me equivoco. Resulta ser mi sobrino, al que en alguna ocasión he llamado Pseudo Lucilo y al que suelo escribir cartas filósofas, si se me permite el apelativo, con el que quiero indicar que no alcanzan en absoluto la categoría de filosóficas. Tampoco son cartas morales porque la moral es hacer lo correcto y eso es algo que yo nunca supe hacer. Viene en un coche viejo, un Ford K que le regalé cuando decidí dejar de conducir. Viene acompañado por una mujer joven -joven para mí, claro- llamada M. con la que parece que mantiene una relación amorosa desde hace un tiempo. Nada más verla y nada más mirarme descubro que M. tiene un mirada inolvidable. M. hace renacer en mí el deseo y desde el primer momento pongo en marcha las artimañas de un amante al que aún le quedan un par de balas en la recámara. Cocino un ragú de ternera con una vieja receta en la que el vino de Oporto le da un sabor sensual. Despliego todo el encanto del que soy capaz tanto en la charla como en la elección de los vinos. Me muestro ágil, cortés, amigable y ella poco a poco empieza a fijarse en la cola de pavo que he desplegado para ella y cada vez más sus ojos se dirigen a mis manos y nos rozamos en la cocina mientras lo recogemos todo y le pedimos a mi sobrino que descanse, que bastante ha hecho con conducir.
La tarde es un paseo largo por los alrededores. Hamlet y Donjuán acompañan mi pavoneo comportándose como los auténticos perros de un conde medieval que se hubiera retirado del mundanal ruido. Las gatas ronronean satisfechas cuando M. les acaricia el lomo y me sonríe. Insisto en que se queden a dormir y mi insistencia tiene premio. Tras la cena, frugal y regada con un vino de la Ribera del Duero, le hago a mi sobrino una infusión a la que añado unas gotas de láudano, las justas para que el sueño parezca natural.
M. me mira con malicia. Yo sonrío y hago un gesto de disculpa. Me toma la mano derecha y se la lleva al pecho. Acaricio ese pecho joven y alegre como el brillo de su mirada. Acerco mi boca vieja a la suya joven y al unirse ambas bocas generan una nueva que podría llamar madura. El sofá se nos hace estrecho. Sus caderas son anchas como los océanos y sus muslos tienen la consistencia de los fustes de las columnas griegas. Toda ella es un templo. Yo sólo soy un suplicante.
En mi alcoba nos desnudamos. Nos echamos en la cama -grande como un cuadrilátero- donde nuestros deseos puedan luchar hasta agotarse y me agoto en su cuello y me agoto en sus manos, y me agoto en su sexo que me recuerda la geometría de los jardines franceses y me agoto en el olor de su pelo y en la contemplación de sus ojos y las horas pasan gozándonos hasta que la aurora de rosáceos dedos y el canto de los pájaros de la amanecida nos recuerdan a las doce campanadas de la inmortal Cenicienta y las consecuencias que podrían derivarse si nos quedáramos dormidos y mi sobrino tras el sueño reparador del opio, nos sorprendiera en tan grato descansar. Se va M. de la alcoba y nunca hasta entonces la había sentido tan vacía.

     Me levanto tarde. Sobre la mesa de la cocina mi sobrino ha dejado una nota. Me da las gracias por mi hospitalidad. Promete volver pronto. M. escribe, Una jornada inolvidable. Me preparo un café. Soy feliz. Aún huelo a ella.

 

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/06/2020 a las 01:24 | {0} Comentarios


Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas Fernando Loygorri


II
     Canto a la belleza de la vida. No a la belleza artística que sería, dentro de la Estética, un segundo grado -o momento- de la sensibilidad y el gusto (o disgusto) por lo exterior. Cantaré otro día a la belleza del arte. Hoy no. No.
     Me encuentro -si sigo la doctrina de los cuatro estadíos del viejo dharma- en el tercero de ellos, el llamado vanaprastha o primera retirada: Cuando tus cabellos se vuelvan grises y hayas visto crecer al hijo de tu hijo, retírate a los bosques. Así y desde aquí, canto la vida que he podido vivir y no puedo con mi contento si, como hoy, disfruto del olor de la tierra mojada tras la tormenta. (Lo disfruto porque lo aprendí. Lo aprendí sin esfuerzo. Lo aprendí del dolor. Del dolor, no del sufrimiento. ¿Desarrollar?).
     Canto a la belleza de la vida porque la vida en sí misma atesora todas las cualidades de los bello, la primera de las cuales -y posiblemente la más discutible desde la razón- es su sinrazón: lo bello es bello porque es vida.
     Esta vida -digo- me ha otorgado el don de disfrutar del olor de la tierra mojada tanto como pude ser capaz, en contrario, de sufrir los males del ser humano en los campos de concentración nacistas.

     Anoche me acosté tarde. Hamlet y Donjuán estuvieron nerviosos hasta que los jabalíes dejaron de hollar cerca de la casa. Yo intentaba leer El Tratado contra el método de Feyerabend sólo que el cansancio de la vista y el recuerdo de una conversación que había tenido con K.* por la tarde me lo impedían. K. me reprocha tácitamente -no sé por qué acabo de imaginar la palabra tácitamente sin su acento superesdrújulo y que si se dijera tacitamente quizá significara: adverbio de cantidad que por analogía con la palabra taza quiere decir de a poquitos- mis largas ausencias. Lleva años con ese sufrimiento. Alguna vez le dije, a la vuelta de una de aquellas largas marchas, Mi niña pequeña -lo era entonces- eres la parte alegre de mi corazón, eres el pensamiento por el que río, la materia -junto a la mía- por la que me merece la pena respirar. Aún no puedes saber que amar está en absoluta oposición con poseer. Porque no te poseo, te quiero. Más sufrirás cuanto más quieras poseer.
Con el paso de los años, la distancia se ha agrandado entre nosotros. La distancia que sólo existe en tanto en cuanto nosotros le damos una medida y unas consecuencias.

     Nado en el aire y recuerdo la frase que María Sanz de Sautuola y Escalante le dijo a su señor padre el naturalista y prehistoriador Marcelino Sanz de Sautuola cuando le acompañó en el año de 1875 a la cueva que había descubierto unos años antes en Altamira. Tenía entonces María 8 años. Fue ella la que se adentró en la llamada Sala de los policromados y tras casi 13.000 años unos ojos humanos volvieron a contemplar los bisontes. María llamó a su padre y le dijo, ¡Papá, hay huellas en el techo! Nado en el aire y soy consciente de que por vueltas y revueltas, por azares misteriosos, por una cuasi multiplicación bíblica, provengo de aquellas tribus altamiranas y estoy aquí junto a Euphosine -que significa Alegría- y Aglaya -Esplendor- que me observan escribir con gesto paciente. Creo que en la mente de las gatas, late aún el tiempo en el que vivían salvajes.
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* K. sea probablemente la inicial de la hija adoptiva de Isaac, a la que trajo desde Vietnam cuando la guerra aún no había terminado. Ca. 1974. 
Voy a respetar el que Isaac sólo ponga las iniciales de las personas cercanas sobre las cuales escriba y sólo si es de interés escribiré, como en este caso, una nota a pie de página para aclarar de quién se trata.
Arie van't Riet. Chamaerops azalea
Arie van't Riet. Chamaerops azalea

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Libro de las soledades Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/06/2020 a las 13:34 | {0} Comentarios


Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas Fernando Loygorri


El carro de heno de John Constable 1821
El carro de heno de John Constable 1821

I
     Una Gran Maestra de ajedrez. Muy joven -sólo si se es muy joven se puede llegar a Gran Maestro. Es casi imposible que si se empieza a jugar muy tarde se llegue a ese grado de maestría-. Es una Gran Maestra de la provincia de Palencia, en España. Veo su nombre escrito en una pancarta. Su apellido tiene un H. No recuerdo más de su apellido. Caminando por la ciudad que debe de ser Palencia, llego hasta su casa. Me recibe su padre. Me indica dónde está su hija. Entro en la casa y cuando la atravieso pienso en lo burgués de la decoración, me fijo especialmente en el suelo de madera. También una chimenea (quizá sobre la chimenea, en una repisa, trofeos). Encuentro a la joven Gran Maestra. Tiene el pelo cortado a lo garçon. Fuma. Nos ponemos a hablar sobre ajedrez. Mientras lo hacemos y por una presión de su cuerpo -quizás ella se ha apoyado en un murete donde yo, previamente, he puesto mi mano- que yo no evito, toco con el dorso de mi mano una de sus nalgas. Ambos disimulamos que nos estamos tocando como si esas partes de nuestros cuerpos no nos pertenecieran. Charlamos sobre grandes maestros: Judith Polgar, Anatoli Karpov, Gari Kasparov, Boris Gelfand, Viswanatan Anand. Estamos en un patio con limoneros y luce el sol.

     Tapones en los oídos. No me duele nada. Me hace sentir bien el resultado del esfuerzo físico por evitar el dolor. Me mido el nivel de azúcar en sangre. 108. Bien. Pongo la radio. Marais. Me inyecto 24 unidades de insulina. Mientras espero a que salga el café pienso en lo soñado y vuelvo a sentir -por relación con los pensamientos sobre el sueño- que no me importa ser ya casi un anciano. No me importa que ya no quede demasiado para seguir -terminar- viaje. Dicen los discípulos que dijo el Buda: no te apegues a los placeres, no te apegues a los sufrimientos.

     Salimos a pasear a media mañana Hamlet, Donjuan y yo. Las gatas, Euphosine y Aglaya, se dedican a la caza en el pequeño jardín que rodea nuestro pequeño hogar. Cuando estamos enfilando el camino que lleva al Pico de los Cuervos, un niño me ve, alza la mano y exclama, ¡Adiós, Isaac! Le respondo, ¡Hasta luego! y le pregunto por su nombre. Se llama Óscar. Tiene un gesto bueno el niño.
 

Narrativa

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Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas Fernando Loygorri


Iluminaciones de El libro de las horas del Duque de Berry. ca. 1410
Iluminaciones de El libro de las horas del Duque de Berry. ca. 1410

 
Prólogo escrito por Fernando Loygorri
 
Sólo unas breves palabras para presentar este Libro de las soledades de mi querido amigo Isaac Alexander. El 28 de noviembre de 2015 publiqué en esta revista el primero de los documentos póstumos que me entregó su amante tras la muerte de Isaac. Estos documentos los recogí en el serial o tag titulado Escritos de Isaac Alexander. (Clica sobre el título y te llevará al tag)
El primero de estos documentos se titulaba Panóptico y el último que publiqué fue el 30 de agosto de 2019 y llevaba el título de Sobre el fracaso. Desde entonces no volví a publicar ninguno de estos documentos. Lo que no quiere decir que no los siguiera estudiando. El motivo es que uno de los archivos -bastante voluminoso- incluía una serie de textos que tenía el aire de un libro desde el momento en que la terminé de leer. Quizás un libro inconcluso. Quizás aún no se había decidido a ponerle un título. También por supuesto cabe la posibilidad de que esta serie de textos no tuvieran un nexo, que Isaac, en una palabra, no los hubiera escrito con esa intención. Esta posibilidad me parece la más improbable porque Isaac, dentro de toda su anarquía -a él le gustaba más llamarse un libre vividor- no daba puntada sin hilo y por otra parte (quizás este sea un recuerdo más de mi deseo que de la realidad) guarda mi memoria que una noche en la que el alcohol ya había hecho de las suyas, él me habló de una serie de textos, en apariencia independientes, que guardaban una misteriosa relación entre sí. Son estos los textos que he compilado en este libro al que me he permitido darle este título Libro de las soledades por un motivo: son textos que escribió a lo largo de los quince últimos años de su vida. Esos años Isaac los vivió en una casa pequeña cerca de sus queridas montañas. Vivía solo. Acompañado por dos perros y dos gatas. Que viviera solo no quiere decir, en su caso, que estuviera solo.
Sólo me he permitido una licencia: Isaac fecha cada documento, incluso pone la hora exacta en la que empieza a escribir. Tanto la fecha como la hora las he suprimido porque creo que restan más que añaden a la belleza y originalidad de los textos y a medida que los lean verán que no creo que haya sido una mala decisión y si las energías de Isaac vagan por algún sitio del espacio/tiempo, me caben pocas dudas de que me aceptará esta licencia.
 

Narrativa

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