La mañana se despertó con un pitido. A lo lejos se oía la llamada de auxilio de unos hombres que se habían perdido en su propio laberinto. Sonaron a rebato las campanas de la iglesia. Corrieron hacia los grandes graneros una multitud de crías, todas las que no superaran los siete años de crianza. Mujeres y hombres, mientras tanto, se habían mirado a los ojos y presas de espanto se habían apostado tras los fuertes muros de las murallas a la espera de la primera andanada de los invasores. Algún general se acordó de un punto débil; algún grupo de mujeres hábiles acudió a reforzarlo.
El sol ya empezaba a vencer el esfuerzo de las primeras horas y señoreaban sus rayos por el cielo. Una bandada de vencejos hacía razias de insectos en pleno vuelo, las aves de presa planeaban sobre sus territorios y unas nubes, avanzadilla de lo que estaba por llegar, manchaban de grises y blancos el lienzo azul.
"La espera es una guerra de nervios -arengaba el maestro de la polis a sus defensores-. No dejéis que la molicie os invada, antes bien, al contrario, debéis andar con el espíritu ocupado en cuestiones tan imperiosas como la beatitud de los ángeles o la velocidad del curso de las aguas cuando en la primavera se produce el deshielo en las cumbres de la Serranía de los Senos y nacen los manantiales y se funden los neveros y el mundo alcanza unas cotas de verdor que ya las querría para sí la fama de cualquiera de nosotros. Miraos. Abrazaos. Que es bueno el contacto humano, pieles con pieles, mejillas con mejillas, cejas con cejas, para saborear como se merece esta espera que presagia el vuelo de la victoria, la paz de las almas, la fraternidad ante la amenaza".
Sonaba aquello para lo que estaba dispuesto. Las armas descansaban algo lejos. El día había sido largo. "Los pájaros, pensaba, están callados. ¿Hasta tan lejos? ¿Hasta tan lejos? -seguía pensando- ¿Cómo se sale de aquí?" Las encrucijadas se veían entre la niebla que de tan densa se diría amarilla. Distinguía su broquel apoyado en un tronco viejísimo de corteza gris como las barbas de un anciano eremita y abandonadas sobre el suelo las siluetas de dos lanzas. Se había quedado vacío hasta el punto de que ya no le importaba que el aire apenas llegara a sus pulmones. Su mente estaba en el silencio de los pájaros y en la sensación de haber recorrido una distancia inmensa y en ese recorrer, en largas jornadas, la inmensa distancia, se le habían ido quemando los pulmones tanto como los pájaros extrañamente habían ido dejando de cantar. Respiraba. Atendía al sonido del quiebro de una rama. Quiso recordar de dónde venía y la causa de la guerra en la que estaba. Su mente estaba en saber si era un soldado valiente. Su mente intentaba saber cómo combatía, qué estrategias le gustaban, si era fiero, si era leal, si tuvo compañeros.
Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/06/2026 a las 19:59 |Desde siempre dios me sueña
ante la misma ventana;
me sueña, me está soñando;
me mata, me está matando.
A Nilo
I
Por el Camino de los Helicópteros
me llevan mis pasos cojos,
cojos no tanto por mis piernas
sino por tu muerte toda.
Yo no sabía
-y creía que sí-
que la muerte
era tanta ni que la mirada
tuya me aliviaba de la dura
tarea de vivir. Te moriste tan
de golpe. Me dejaste tan aislado.
Por el Camino de los Helicópteros
marcho y me encamino
hacia el otero donde descansan
los bancos. ¿Recuerdas?
En uno de ellos me sentaba
para hacer mis ejercicios
mientras tú rastreabas
la realidad del mundo
con tu trufa negra,
ávida siempre de colores.
¿Cómo se te ocurrió morir
sin avisarme?
¿Cómo no vino una diosa
a despertarme del sueño eterno
de una eterna primavera?
Por el Camino de los Helicópteros
voy, a solas con mis pasos,
buscando, pueril, encontrarte.
Por el Camino de los Helicópteros
me llevan mis pasos cojos,
cojos no tanto por mis piernas
sino por tu muerte toda.
Yo no sabía
-y creía que sí-
que la muerte
era tanta ni que la mirada
tuya me aliviaba de la dura
tarea de vivir. Te moriste tan
de golpe. Me dejaste tan aislado.
Por el Camino de los Helicópteros
marcho y me encamino
hacia el otero donde descansan
los bancos. ¿Recuerdas?
En uno de ellos me sentaba
para hacer mis ejercicios
mientras tú rastreabas
la realidad del mundo
con tu trufa negra,
ávida siempre de colores.
¿Cómo se te ocurrió morir
sin avisarme?
¿Cómo no vino una diosa
a despertarme del sueño eterno
de una eterna primavera?
Por el Camino de los Helicópteros
voy, a solas con mis pasos,
buscando, pueril, encontrarte.
Descanse en paz la saltadora
María Eduarda Rodrigues de Freitas, de veintiún años de edad, murió el sábado. Hace cinco días, a estas mismas horas, María Eduarda había ido a su trabajo en un gimnasio de la ciudad brasileña de Limeira, al sureste del país, en el Estado de Sâo Paulo. Tampoco sé, a ciencia cierta, mucho más de lo que hizo hace cinco días. Imagino que no alteraría su rutina. Sería un día normal, con un fin de semana normal, en el que había quedado con su novio para hacer puenting desde el ponte do Esqueleto (que así se dice también en portugués), a pocos kilómetros de la ciudad.
María Eduarda Rodrigues de Freitas no sabía que los hombres que se tenían que encargar de su seguridad, los que tenían que atarle una cuerda a la cintura (una cuerda no elástica que hace que el salto sea aún más estresante, más adrenalínico; a este tipo de salto se le llama, prosaicamente, rope jump. Rope también tiene el significado de soga.), andaban esa mañana en otras cosas...
Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 16/06/2026 a las 18:42 |
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Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/06/2026 a las 13:51 |