Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Las Hilanderas Diego Velázquez
Las Hilanderas Diego Velázquez
Esas son las horas que un humano adulto necesita para aprender cualquier técnica. 10.000 horas equivalen a 416,6 días o lo que es lo mismo casi 13 meses y medio o más simple aún 1 año y un par de meses.

También atañe al arte este principio (aunque yo soy más bien de la opinión de que el arte no se aprende, lo que se aprende es el oficio de ese arte), es decir: dedique usted 10.000 horas a escribir y ya habrá adquirido el oficio de escritor (o cualquiera otro: ya sea médico o arquitecto o compositor o piloto). Me parece correcta la estimación. He estado unos días con la duda de si yo habría cumplido ya con mis 10.000 horas y cuando he hecho el cálculo y no me ha quedado ni la más mínima duda de que el tiempo había sido cumplido, me he dicho, ¿Y adónde has ido? Tampoco creo que haya sobrepasado en mucho esas 10.000 horas (quede claro que si colocáramos esos casi catorce meses de seguido no cabría en ellos el dormir o el comer, en fin, todas esas cosas, la vida, hombre, la vida, escribe la vida y a otra cosa, me digo ahora, para inyectarme un poco de fluidez). En mi caso llevo 35 años escribiendo que son 420 meses o dicho de otro modo 12.600 días y descendiendo por las medidas del tiempo se convierten en 302.400 horas; 10.000 horas son más o menos un 3% de esas 302.400 y sí considero que he dedicado un 3% de mi vida a la tarea de escribir. Ya puedo decir con las estimaciones científicas en la mano (el aserto de las 10.000 horas me lo comentó César Delgado y luego lo escuché en el programa Redes de Eduard Punset) que he adquirido con los años la técnica de un oficio.

Por cierto: ¡Cómo vuelan las horas!

Ensayo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 16/08/2009 a las 18:02 | Comentarios {1}


La solución 12 f Se puso a escribir en tercera persona
Una tarde, en una casa ajena, Milos Amós se puso a escribirse en tercera persona. Miraba a través de una ventana, en realidad dos ventanas en ángulo recto. No sabía a quién pertenecía esa casa. No sabía por qué se encontraba ahí. Era una casa limpia. Tenía varios adelantos modernos. De aquella casa surgió la cuarteta 421 de su libro Poemas a la Gripe A. La guardó. Apenas la volvió a leer. Tan sólo sabía que estaba allí. La cuarteta. Estaba allí y eso era suficiente en aquel momento, en aquella casa. Pensaba, frente a las ventanas, que la fantasía se había acabado. Ya no estaba. Tras tantos años alejándose. Ocho años alejándose. Pensó en aquella casa el número ocho. Le pareció una cifra redonda. Infinita también. Quiso o recordó un libro de Georges Ifrah sobre la historia de las cifras. No una historia esotérica, una historia científica. Era una historia científica. O una simple historia.

Cuarteta 421
Madrugadas y azul
se me vienen y van.
Madrugadas y azul
alejado de allá.

Pronto se había hecho la noche y se había visto en la cama. En una cama que en nada le concernía. Como una cama de hotel, en una habitación de hotel. Sin historia para él que se escribía en tercera persona, en mitad de la madrugada, en una casa desconocida, con unos ruidos desconocidos que ni siquiera le causaban temor. Si le hubieran causado temor. A lo mejor, entonces, se dijo o incluso lo escribió en tercera persona, llamando al personaje por su nombre. Más tarde abandonaría esa casa limpia.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/08/2009 a las 00:55 | Comentarios {0}


El día 7 de agosto de 2009 aparece una reseña en el Neues Literatür un semanario de novedades literarias de Suiza en el que se habla de un nuevo libro de poemas del autor Milos Amos titulado Poemas a la Gripe A compuesto por seiscientos poemas estructurados en cuartetos sin son de arte mayor y en cuartetas cuando lo son de arte menor.

Todo el poemario es un extenso recorrido por los síntomas de la gripe A que al fin y al cabo son casi los mismos que los de cualquier otra gripe excepto la llamada gripe española la cual tenía como particularidad la extensión del color púrpura por todo el cuerpo previo a la muerte.

Sin querer hacer de crítico porque no tengo la menor vara de medir (ni siquiera una vara de un milímetro de crítica), los poemas de Milos Amos (no pongo el acento porque parece que el autor se lo ha quitado) rezuman un renacer, una especie de olvido de sí mismo, una nueva tentativa de vivir sin el pasado, una vuelta de tuerca a la esperanza humana de soslayar en la medida de lo posible los recuerdos para atender tan sólo a lo que ocurre. Así en la cuarteta 26 escribe:

No era la náusea
razón para morir
ni el temblor de la piel
atrajo el seísmo.

Milos Amos no explica nada, no arguye nada y (en aclaración hecha por la editorial) prohibe cualquier explicación por parte de los editores a su nueva obra.

Sin querer hacer lo que él prohibe, en el cuarteto 523 el poeta escribe:

Amurallado entre cajas y cajas de pañuelos
he conseguido crear un velo entre mis pasiones
y la fiebre de la noche la cual engendra furias
que pasean por todo mi organismo.

¿No hay en este cuarteto una lejana relación con su huida? ¿No hay un atisbo de vuelta, de mirada atrás, de ajuste de cuentas? ¿Ese último endecasílabo no es un guiño a toda su obra anterior y sobre todo a su primer libro Once Poemas?

Quizá Milos Amos ha vuelto. Este libro, de momento, tan sólo es un presagio.

Cuento

Tags : La Solución Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/08/2009 a las 11:33 | Comentarios {1}


Según relación que establece Alexander Waugh en su libro La familia Wittgenstein


Wittgenstein
6.4311 (...) Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente. Nuestra es vida tan infinita como ilimitado es nuestro campo visual. (Tractatus logico-philosophicus)

Tolstoi
7. La vida temporal, carnal, es el alimento de la verdadera vida.
8. Y por eso la verdadera vida no está en el tiempo, sino en el presente.
9. El engaño de la vida está en el tiempo: la vida pasada y futura oculta a los hombres la verdadera vida, la auténtica. (El Evangelio abreviado)

Invitados

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/08/2009 a las 19:21 | Comentarios {0}


A veces cuando canto busco armonizar mi canto con el del que canta.

Las transiciones (todo es una transición querida niña, todo, todo, por mucho que parezca que los asuntos se han detenido, todo transita en un ir y venir de emociones y negocios y paseos y descubrimientos y encuentros y soledades y misterios y obviedades y luces y ese candor que parece eterno de la sombra también, al fin y al cabo, es tránsito).

No te desesperes. Tan sólo has de saber que tienes el pasaporte. Quizá se demore el funcionario de turno en estampar el sello de la nueva emoción, del asunto imprevisto o del país lejano. Pero si tu pasaporte está en regla más tarde o más temprano accederás.

A veces cuando canto empasto mi escala con la escala del cantante y creo que (quiero pensar que es así) mi quinta está en perfecta armonía con su dominante. Entonces siento un placer inmenso y me alargo en ese canto y lo repito. Cuando canto y busco la altura necesaria, el silencio justo, el ritmo acorde, el corazón se me llena de contento y dejo que la respiración fluya y el aliento establezca sus proporciones.

Pasaporte quiere decir tener derecho a atravesar. Nunca deberíamos dejar que caducara.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/08/2009 a las 14:52 | Comentarios {0}


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