Después de varios intentos, con la mente puesta en un comienzo, éste por fin llega de una forma insospechada, normalmente llena de una relajación en todo opuesta a lo pensado. La mano se relaja, los dedos corren con fluidez por las teclas, se va levantando el edificio imaginativo y el discurso se empieza a hilar sin tener en cuenta -porque no hay tiempo- si lo que se escribe encajará dentro de los 90 minutos o si por el contrario se quedará corto o lo contrario. Cuando menos la estructura ya está montada en la cabeza, ahora hay que seguir varias guías e ir colocándolas de tal forma que nunca se nos olviden, que nunca pase demasiado tiempo hasta que vuelvan a aparecer. Ya está Diego Gelmírez cabalgando con su caballo blanco -imagen del propio caballo del Apóstol- por las sendas estrechas de los frondosos bosques galaicos (me excuso por los tres adjetivos) y acaba de encontrarse con el espíritu del camino de Santiago, Don Gaiferos. Un milagro está a punto de producirse.
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