Inventario

Página de Fernando Loygorri

Ayer parece que la furia desatada de un vecino borracho me gritó amenazas bajo mi ventana. Lo bueno es que no puedo asegurarlo porque soy miope y no veía claramente si era a mí a quien lanzaba esos insultos tan antiguos que mentan a la madre y auguran palizas y con el brazo levantado y la voz pastosa del borracho de alta graduación acaban con un Tú no sabes quién soy yo. Y, en efecto, el borracho tiene más razón que un loco porque no tengo ni idea de por qué me amenazaba. También tengo en mi descargo que fue de madrugada, la luz era escasa y aún más, cuando empecé a escuchar la perorata yo no me encontraba en la ventana con lo que -si era a mí realmente a quien llamaba hijo de puta- el borracho con ganas de bronca parecía un tuno solitario que esperara que su amada saliera a la ventana para mirarle mientras la rondaba.
¡Qué extraño el furor! ¡Cómo me regresa a la infancia la voz agresiva de los borrachos! En las conexiones neuronales o en la Mente o en las Tripas o en la Rodilla nace una especie de resistencia, una gana casi ingobernable de abrir la ventana y encararse con el bravucón -strictu sensu- pues es un hombre grande, fuerte, de mirada fiera.
Los años pesan. Me fui a la cama. Al salir hoy por la mañana he vigilado mis espaldas. Creo que va llegando el momento de irme a otro lugar... una vez más.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/10/2017 a las 12:37 | {0} Comentarios


Autorretrato. Acuarela sobre papel. Agosto 2017
Autorretrato. Acuarela sobre papel. Agosto 2017
La noche se fragua y salta. Hay, en el destello de los sueños, algo de broma infinita. Cuando se descubren los primeros atisbos de luz y los ojos luchan por ignorarlos, el sueño se conforma en emociones que en la vigilia jamás se darían. ¿Por qué hoy la independencia de Cataluña me producía tal alegría cuando a mí, despierto, Cataluña y la noción de independencia me importan un rábano? Sé que esa independencia catalana soñada encubre la verdadera independencia que me desasosiega. No indago en ella. Sólo me sorprende que para limpiarla o cuando menos atemperarla, utilice como analogía a Cataluña y su independencia.
Llevo días en un estado alterado. Miro la luna creciente y sé que esa fase me produce nostalgias. No sé desde cuándo. También sé que el nombre septiembre tiene para mí eco de año nuevo y esos cambios, esa intencionalidad de rehacer la vida a partir de un determinado mes, me sugiere cierta infantilidad en mi manera de vivir. Una infantilidad que no me agrada. He vuelto a los paseos por la montaña. Todavía el paisaje es de agosto. El verano sigue con su tozudez de invierno invertido. Nilo corre, salta, persigue la pelota, la muerde, me la deja a los pies para que se la vuelva a lanzar una y otra vez. Volvemos cansados cuando la tarde cae y el sol, vencido por las rotaciones, sucumbe a la mecánica del universo. Esas horas cansadas. Ese deambular inquieto y calmado por el breve espacio de mi casa, sugiere quizá el sueño que me abordará en la noche. Demoro irme a la cama. Pienso lo que debería estar haciendo. Acaricio las orejas de Nilo dormido. Miro las fotografías que voy archivando para luego convertirlas en acuarelas. Me digo que mañana, sin falta, iré a nadar. Me viene a la cabeza la cuestión de por qué a los niños muy pequeños les gusta tanto hablar con la ñ. Y siento el paso de los días como un fluir que arrastrara demasiados desperdicios.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/09/2017 a las 12:36 | {0} Comentarios


Calendario de la República Francesa del año 1794
Calendario de la República Francesa del año 1794
Un día como hoy, hace cincuenta y seis años, a las diez y veinte de la mañana me vinieron al mundo en la ciudad de Madrid (porque suscribo el pensamiento de Miguel de Unamuno, Yo no nací, me nacieron) y desde entonces vagabundeo por este espacio/tiempo entre la incredulidad y la esperanza, entre el descreimiento y la curiosidad. Por ejemplo: ayer compré un Rioja reserva para celebrarlo y la botella -edición limitada de 200.000- era la número 132.323. Si sumamos los números el resultado es 14 y 14 es el día de mi nacimiento (en el calendario gregoriano que es el que suelo utilizar) .
Me felicita mi amigo César y hablamos de la cercanía de la muerte -como si la muerte a los veinte años estuviera más lejos siendo como es que a mí me vino a visitar siendo un bebé- y sobre todo hablamos del temor a una vejez dependiente, nosotros que dentro de esta cárcel que es el mundo hemos sido -y somos- de los más libres. Sí, ya se va acercando el invierno de nuestra aventura; estamos en el mes de noviembre de nuestra vida -justo el mes en el que nací y que en el calendario revolucionario se llamó Brumario (por las brumas)- y son brumas quizá las disquisiciones a las que hoy nos hemos entregado durante casi una hora. Brumas, en todo caso, que no ocultan mi agradecimiento a la vida que tengo y que he tenido porque me ha sido dada la posibilidad de pensar una forma del mundo; porque me ha sido dado el don de emocionarme con lo bello y con lo feo; porque me ha sido dada la posibilidad de desarrollar mis facultades; porque he sufrido y he gozado con la intensidad propia de cada estación; porque he sido y soy austeramente autosuficiente y cuando no he podido abastecerme he disfrutado de la generosidad de algunos de mis semejantes. Así es que no tengo nada que reprocharle a la vida, más bien al contrario porque al hacerme hombre, me ha hecho consciente, finito y contingente y esa tríada del ser humano me ha llevado a la conciencia de la fragilidad y milagro es que lo frágil se mantenga con vida tantos, tantos años.
Mi hija Violeta viene a comer conmigo.
Muchos amigos me han felicitado.
Hoy luce un sol benigno y los dorados del campo estallan ante mí como regalos.
La luna llena de hoy se verá más grande de lo que suele (por mor de los caprichos universales, se ha acercado a la tierra unos mil kilómetros).
Nilo, mi amigo/perro, está sano -aunque le pica una oreja- y mueve la cola cuando me levanto.
El arce japonés, arbóricamente, crece en la terraza.
Disfruto del Arte, de todas las Artes y eso me parece un regalo inmenso.
Soy agnóstico sin creer en Dios.
Me estás leyendo.
23 Brumario. Se acerca el invierno.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/11/2016 a las 13:18 | {1} Comentarios


No llueve y algo ocurrió un 25 de septiembre. La vida se ha detenido y al escribir esta última frase -la vida se ha detenido- he pensado en un refugiado que acaba de darse cuenta de que está a punto de morir ahogado. Ya ha muerto.
Hoy me he levantado muy temprano en relación con lo tarde que me acosté ayer (a las cuatro de la madrugada me acosté. Tardé en dormirme. Me he levantado a las diez) porque hubo un tiempo -hace ahora diez años- en que me gustaba mucho ver las carreras de motos. Entonces vivía con Elena. Viví cinco años con Elena. A veces recuerdo la sensación de vivir en pareja. La sensación de acostarte junto a tu mujer, de levantarte junto a ella. Convivir. (Sé que en este momento ha nacido un niño cerca. Lo sé porque unos vecinos han salido llevando con ellos un inmenso oso de peluche). La vida se renueva a cada instante. Recuerdo el jardincillo que había en la casa. Recuerdo a Reiki un sitshu que cantaba ópera como una mezzo. Recuerdo al hijo de Elena. Sentía que no me quería en su casa (lo digo sin crítica alguna. Sus razones tuvo. Sinceras razones con toda seguridad). Recuerdo el día en el que ya sabía que todo había terminado y fuimos a cenar a casa de Joaquín -hermano de Elena-. Tenían como invitado a un Swami -si cliqueas sobre su nombre podrás leer la entrada que escribí sobre aquel encuentro- y creo que no me comporté como hubiera debido (también entre los budistas se ha de tener un respeto reverencial por los curas). Pocos días más tarde abandonaba la casa de Elena para siempre. Desde entonces han pasado siete años y no he vuelto a tener pareja. Tuve una relación pero nunca fue mi pareja. Casi tres años después de abandonar la casa de Elena. Recuerdo el día que la conocí porque yo tenía el pelo recién cortado y era junio y estaba tomando una medicación contra la depresión que me estaba volviendo loco hasta el punto que sin prescripción facultativa había empezado a dejar de tomarla. Nunca -aunque sé que esa palabra es demasiado larga- volveré a tomar ese tipo de medicación: es pura basura. Esa relación terminó hace más de un año. Desde entonces he recaído varias veces. Desde entonces -como siempre- intento el difícil trabajo del olvido. Esta mañana la mujer que despacha el pan me ha preguntado por mi perro.
Baile tirando a oscuro entre tanto blanco. Perteneciente a la Serie fotográfica Espasmos de Olmo Z. realizada en fecha desconocida.
Baile tirando a oscuro entre tanto blanco. Perteneciente a la Serie fotográfica Espasmos de Olmo Z. realizada en fecha desconocida.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/09/2016 a las 12:14 | {0} Comentarios


Esa era la idea. Esta mañana. De repente el tiempo desaparece. También la idea. También el gran poeta hebreo Judá Ha-Leví. Era esta mañana. Intentaba poner en orden la idea. Recuerdo que todo empezó con la palabra enigma (porque Clara Janés hacía referencia al enigma de la vida en su discurso de aceptación del sillón U en la Real Academia de la Lengua). Me fui a los diccionarios. Aún me voy a veces a los diccionarios. Como si todavía pudiera hacer algo con el tiempo que me queda. A veces lo intento. Te juro que a veces lo intento. Esforzarme (pero me tiran mucho las ideas de William Blake y de los ranters. Las ideas anarquistas me tiran mucho. También a veces me tira mucho la sensación de fracaso y esa otra idea de que quizá sea razonable no haber llegado a ningún sitio. A lo mejor soy en la literatura como en el ajedrez: pura imprecisión). De ahí, a lo mejor, la idea del exilio interior. Pienso ahora en el médico y ministro de Alfonso VI, el judío Yoseb b. Ferrusiel que era conocido con el afectuoso nombre de mio Cidiello. El domingo por la tarde me ocurrió un estado de ánimo que quizá sea origen de este deseo matutino de escribir sobre el exilio interior; el domingo por la tarde sentí -como a veces siento, con una gravedad sin la más mínima pizca de humor- que nunca sabría de mi vida y al mismo tiempo que tenía este sentimiento, de inmediato, como geiser, surgía otro que me decía, ¿Qué vida? ¿De quién esa vida? Y el domingo por la tarde me iba hundiendo. Iba sintiendo una tristeza que podría compararse con el sonido fundamental de la cosmología musical china, el llamado hwang-tchong . Al parecer este sonido había sido fijado en la época clásica por una norma sagrada de un pie de 0,2328m. El sonido de este tubo representa el primer diapasón conocido. Era un la sostenido (366 vibraciones dobles). Este la sostenido era yo el domingo por la tarde. Este la sostenido era una profunda dejación de mí, esa tarde. Luego cometí un error. O quizá fue un acierto. Porque en eso consiste el exilio interior: no estar en ti nunca. Haberte desterrado de ti mismo. Aunque ese ti mismo sea una invención, una construcción o como diría el bueno de Schopenhauer una representación de algo que podrías ser; eso que aquí en occidente se denomina Yo. Digo entonces que el domingo ya en la noche, de vuelta del paseo que hago como un adicto por los bosques que circundan el lugar que habito, cometí ese error o ese acierto. Así quizá se construyen las tragedias. O los olvidos. Yo hay noches en las que me ahogo. Sé que ese ahogarse es tan irreal o tan patético como la exultatio alegre o el simple pasar y cuando estoy así he aprendido a recluirme, a solazarme en ello porque sé que no es bueno compartir el ahogamiento -la representación del ahogamiento-. Quizá también de ese hundirse; de ese no respirar bien surgiera el título Exilio interior que adorna un nuevo texto probablemente lleno de imprecisiones que ahora tú, mi querido lector, estás leyendo. Como no conocemos las jardyas del inventor del género, el famoso ciego de Cabra -siglo X- ni de los primeros que tras él lo perfeccionaron, así yo tampoco conozco la tierra que de mí habito. Porque no es tierra mía. Es tierra de exilio. Me atemoriza adentrarme en ella. Me atemoriza no ser bien recibido porque un exiliado, un refugiado, seamos claros, nunca es bien recibido, es -por decirlo así- condición sine qua non del exiliado. El exiliado ha de sentirse lejano de su tierra y de la tierra que habita. Exiliarse en sí mismo es el más triste y desolador de los exilios. No te recibes a ti en una tierra que es tuya y que no sientes como tal. Eso era esta mañana. He de decir que los presagios se han ido cumpliendo como el amor de las doncellas que toman a su madre como confidente o como la primitiva lírica. Y ha tenido que ser en la madrugada (yo que todas las noches quiero acostarme pronto para levantarme temprano y aparentar ser una persona respetable y responsable y que noche tras noche me acuesto no antes de las tres de la madrugada, observando a un ser que no reconozco el cual hace cosas que yo no haría jamás si estuviera en mi tierra, en mi tierra interior
asséntose en tierra, tollióse el capiello,
en la mano derecha príso su estaquiello...
hasta que una fuerza, probablemente mundana, me lleva a la cama y me mece hasta el sueño la idea de ser Odiseo. Busco mi patria, mi Ítaca, de vuelta de una guerra que jamás será escrita por Homero. ¡Ay, mi Ítaca! ¡Ay, Penélope! ¡Esperadme que ya muero!) cuando este exilio se escribe desde un interior extraño. La noche ha refrescado. La ausencia tiene nombre.
Distorsión. Fotografía de Olmo Z. Mayo 2015
Distorsión. Fotografía de Olmo Z. Mayo 2015

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 14/06/2016 a las 01:50 | {0} Comentarios


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