Inventario

Página de Fernando Loygorri

Lo está escuchando y te va a decir, Pequeña luna rodeada de un negro negrísimo. Porque ya han empezado los fríos lo está escuchando y porque suena en el ángulo superior izquierdo de la mesa la resonancia de la última nota del bajo. Porque lo está escuchando se alienta y se dice, Lo mejor es una idea peregrina que va o viene según los días. Ahora se ha absuelto de sus propios pecados, el mayor de los cuales suele ser para él la ridiculez. Lo va a volver a escuchar ahora y seguro que te dirá, Había unas fluctuaciones en ese negro negrísimo que casi derivaban en un intenso gris sin llegar a serlo. Eso te dirá cuando todo haya pasado y el invierno -reverso del verano- acoja en sus vahos ese deseo chico que a veces se puede atrapar entre las manos y también te dirá cuando llegue a la cueva que le espera, La sal no siempre es blanca. Ahora que lo escucha se siente como a salvo aunque no sepa muy bien de qué se está salvando ni tampoco tenga especial interés en descubrirlo. Sólo sabe que lo escucha, que lo está escuchando y que nada ni nadie podrá arrebatarle este momento tan ágil y fugaz como cualquier otro.

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/10/2017 a las 19:40 | {0} Comentarios


La espada y la escalera (puede ser el sombrero de un loco o esa boca que se abre como la invitación a la cueva puede ser el amanecer que llega). La correría por el llano que casi es páramo pero siente llano. La ortiga que acecha junto a su antídoto. Bajo la umbrela aguarda un siervo de los dioses antiguos a que el hombre llegue, con la lengua fuera, para ponerle la zancadilla. Sabor de barro. Sabor de ausencia. La ausencia -siente el hombre tumbado- sabe a desierto. No sabe si se revuelve inquieto o si ha habido un momento en el que la almohada era un flotador que alguien le tirara desde un risco mientras él se desliza entre aguas turbulentas. Ahogo y aire. Un seno vacío como la blancura marmórea de un bidé. Intenta agarrarse donde sea. No logra aferrarse a la almohada/flotador. Logra ver a través de las aguas que enturbian sus ojos la boca que en el verano le sonrió muy cerca. Espuma que anuncia la caída. Abismo de agua. Quizá sea simple Maelström sexual aunque el terror no es simple. El terror nunca es simple. ¿Dónde -se pregunta- están los duendes? ¿Dónde las hadas? ¿Por qué le parecen los golpes del agua mordiscos de perro enviado desde el Hades? ¿Cuándo -se pregunta- acabará el tiempo?

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/10/2017 a las 11:48 | {0} Comentarios


LLaga.
Ha visto, en algún lugar, un amor romántico y ha releído la pasión fría en los versos de Jaime Gil de Biedma.
También desea ahora lo que antes no quería. Quizás a eso se le llame cambiar.
Por las noches va conociendo más y más la ciudad de Praga fin de siécle y se pregunta, justo antes de dormir, muchas noches, por qué ese afán por conocer las calles de la vieja Praga de la mano del joven Kafka.
Le suena esta inquietud, sabe que no sabe pararla pero sí atenuarla, así es que dentro de un rato saldrá a pasear.
Respirar. Sudar. Agotarse. La inquietud de la amenaza nocturna aún resuena en su estómago. Un golpe por la espalda. La sangre que corre por el asfalto inundado de meadas de perros. La semiinconsciencia. Un sonido de ambulancia. Unas palabras que no sabe cuáles son. La sensación de que las llagas suenan.
El rebrote de ¡Muera la inteligencia!
La enfermedad -o no- de Virginia Woolf y ese riachuelo de aguas crecidas y el peso de las piedras en los bolsillos de su gabán.
Morir de forma violenta suena.
También suena la desconfianza de una vieja a la que no quiere. Y cuando dice la frase maldita y ella responde con una sonrisa cargada de ironía y miedo, sabe que tiene razón.
Aceptar la razón de los demás es uno de los mayores ejercicios de la edad, piensa y suena.
Tiene que irse. Tiene que calzarse las botas de montaña. El cielo no está cubierto y no va a llover. Algo sucias las uñas. También la mirada de su hija ayer al mediodía y el final del amor consumado en matrimonio en El sueño de una noche de verano.
Bagatela, ¡cuánto hace que no te escribía!, piensa.
La palabra continente asoma y se escabulle. El corazón afligido se esfuerza en acompasarse y la congoja, como siempre, tiene algo de mujer. Vislumbra la tarde que está a punto de llegar. El olor a cerrado. Las ideas que se ordenan a su ritmo. La cadencia coja de sus pasos. Y esa llama que a veces refulge y que tiene un nombre anterior a la capacidad de nombrar. Fuego secreto.

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/10/2017 a las 13:11 | {0} Comentarios


No fue la aridez. Ella -dijo- se quemaba vestida. Al mirarle -dijo- quería desnudarse y mostrarle lo triste que puede ser un cuerpo en octubre. No palideció porque padeciera una bajada de azúcar. Tampoco el arrebol que vino después fue debido a cuestiones de la mecánica de la química sino que -como ella afirmó- fue un milagro que nacía de algunas composiciones del Bach melancólico. Fuera en un granero por donde los roedores buscan el alimento; fuera en la era en donde el heno, recién segado, promovía en el aire la vida; fuera en la sacristía cuando -siendo jóvenes- ella cometió el sacrilegio de acariciarse el coño con un cáliz; fuera en una vía interurbana la madrugada de un cinco de enero entre risas y vaho... fuera aquí... fuera allá... la ropa -decía- le quemaba.
No fueron las primeras lluvias, tan esperadas. Ni casí -me atrevería a afirmar- fue el rocío aumentado con una lupa sino que como si el aluvión de las palabras condujeran al éxtasis o el silencio alucinado del amanecer promoviera en ella un orgasmo, jadear se convirtió durante un tiempo en una forma de expresión absoluta. Pero si realmente fueron las lluvias o la contemplación del rocío o la constatación de que hay un silencio que no suena, tampoco restaría un ápice la absoluta comunicación por medio de jadeos.
Ella entonces, vestida y ardiendo.
O ella entonces, desnuda y triste.
Sólo -dijo- supe que nada me salvaría. Supe -dijo- que su ausencia era el testimonio de un hombre que ha saltado desde el puente al vacío y esa certeza -continuó- me condujo hasta aquí. Mañana me voy -dijo- pero sé que siempre arderé mientras esté vestida.

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/10/2017 a las 19:32 | {0} Comentarios


No, no esperaba nada del aire
De la canción como mucho una nota de color
Miraba la escarcha y sentía la mano poderosa de Oberon sobre mi desear algo
Al mirar el cuadro (quizás alegórico)
Al estudiar el mineral con sus vetas de otro mineral
O el gran filón que se había ocultado millones de años en unas Gargantas de Burgos (¡qué antiquísimo Burgos!)
nada, nada
De la mano tampoco esperaba
Si la hubiera visto mecerse como un barquito de papel en las aguas de un estanque
o si me hubiera recorrido como si yo fuera un mapa
No, no, de la mano tampoco esperaba
Ahora deseo que cuando llegue el momento tenga la valentía de meterme un chute de heroína y me vaya a una nueva navegación inmerso en una síntesis del opio
De aquella mirada no esperaba
ni del alimento naranja ni del alimento morado
ni de las cifras fenicias ni del anillo de plata ni de la mar turquesa ni de la montaña nevada
ni de mi dolor de espalda ni del aullido del perro ni de la carrera del corzo ni de la grácil gacela
nada, nada, no esperaba nada
Así es que no son más que palabras en esta tarde sucia de un mes de octubre que se niega a reconocer que es otoño y sigue engañándonos con sus temperaturas de estío. ¡Falso, falso! ¡Nada, nada!

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/10/2017 a las 19:37 | {0} Comentarios


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