Página de Fernando Loygorri


EL GILIPOLLAS - Veamos la singularidad. (El Gilipollas recorre el espacio vacío de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Se detiene en el centro del espacio vacío) ¿Y ahora qué? ¿Fumo? ¿Me hago una paja? ¿Me cago en tu puta madre? Sí, sí, en la tuya. No es seguro. No lo es. Tranquilo, pedazo de gilipollas ¿Me saco otro pedazo de moco? Podría irme al lado salvaje de la vida. Podría subir a la montaña de Mahoma o traerla. Traerla. Eso, sí, traerla. O me voy... he tenido miedo, lo acabo de tener, ahora se va ¡Cabrón! ¡Me cago en Dios bendito y en la puta Virgen de los cojones! Y ahora ¿qué?, ¿qué?

El Gilipollas se queda callado. Mira al cielo. Intenta aguantar un sollozo. Casi se queda sin respiración. Dos lágrimas gruesas como lupas caen a peso por sus mejillas de gilipollas.

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 16/02/2010 a las 12:52 | Comentarios



EL GILIPOLLAS - ¡Joder! (el gilipollas se hurga en la nariz y se saca un buen pedazo de moco) ¡Joder!

Este es el fin de la 1ª parte del pedazo de moco de un monólogo interior pensado por un gilipollas.
Seguro que continúa de lo gilipollas que es.


Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/02/2010 a las 15:04 | Comentarios


Hamlet/Blanca Portillo
Hamlet/Blanca Portillo
En las lejanas tierras de Dinamarca, entre la ligerísima bruma de un puerto a los pies del castillo de Elsinor, intramuros del Teatro Matadero de Madrid, Hamlet/BLanca Portillo nos muestra la historia de una duda (o la historia de La Duda).

William Shakespeare es quizá el urdidor de frases más hermosas que haya dado la literatura occidental. En cada obra suya, en cada poema suyo, en cada diálogo, la poesía (la más sublime de las artes literarias; la poesía como compendiadora de esencias y existencias; la poesía, señora de los sueños hechos palabra; la poesía señora de la realidad hecha sueño) surge esa calidad mágica que provoca que varias palabras al encontrarse y tejerse mediante las hábiles manos de un tejedor fuera de serie provoquen la explosión de la poesía.

Blanca Portillo es una analogía de Shakespeare. Su interpretación es la tercera dimensión de la poesía. La poesía en el espacio físico y en el espacio sonoro. Blanca en su interpretación de Hamlet se sienta codo con codo con Shakespeare y se tutean.

Tengo el placer de haber trabajado en el primer montaje que como profesional hizo Blanca. Fue a mediados de los años ochenta. Yo realicé la adaptación y versión al español de El Mal de la Juventud de Ferdinand Brückner y fui el ayudante de dirección. Blanca hizo en aquella ocasión el papel de Desirée, una joven burguesa, atacada del mal de ser joven. Ya entonces se veía la fuerza arrolladora de esta mujer en el escenario y me resulta curioso que al verla tantos años después, su fuerza, su estar en escena, sean tan semejantes a los de aquella primera vez. Es como si este hecho demostrara que las esencias (el propio termino lo insinúa) son siempre y que tan sólo las existencias van matizando, depurando, si se quiere, algo que de por sí ya estaba (aunque en general tengo la sensación de que la existencia se suele cargar las esencias).

La versión y la dirección de este Hamlet es de Tomaz Pandur, un director que empezó haciendo escenografía y se nota. El espacio escénico es bello y sugerente y te introduce en un lugar pantanoso (¿qué hay más pantanoso que la duda?) con una levísima bruma que habla mucho de lo sutil de este espectáculo. Tras la función lo saludé y lo felicité. Da gusto hacerlo. Aparte el espacio escénico, el mayor acierto de Pandur es haber elegido a Blanca Portillo para Hamlet. Porque ella tiene una voz prodigiosa, un registro amplísimo. Su voz promueve la sensación de adolescencia del personaje Hamlet y al mismo tiempo su presencia y su voz promueven la sensación de un hombre hecho y derecho y al mismo tiempo su esencia de mujer otorga al personaje la ambigüedad que le honra.

Este Hamlet es teatro (o una forma de teatro) teatral. Con esto quiero decir que es juego, que es evocación de realidades (no imitación de realidades). Y Blanca Portillo se mueve en esa clave de forma magistral. El tempo escénico de Blanca, cómo domina las pausas, cómo domina el gesto, cómo administra el esfuerzo, cómo crea arte agotador de una forma leve (hasta la angustia pantanosa de la duda), cómo ajusta la coreografía -concertino de una orquesta muy bien ensamblada- y obliga, suavemente, a los demás a seguirla.

Gozoso espectáculo. Gozosa actriz. Sin duda (paradójicamente, Hamlet/Blanca)
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 19/03/2009 a las 11:07 | Comentarios


Pieza teatral breve



Se abre el telón. En la boca del escenario se alza una pared transparente de la que tan sólo se ve su armazón en la parte superior e inferior y en los laterales. La pared abarca todo el escenario a lo alto y a lo ancho de tal forma que separa (aparentemente) el patio de butacas del escenario.

Tras el muro transparente se ve un espacio vacío con tan sólo una mesa metálica, una silla y un micrófono. Sentado en la silla, tras la mesa y frente a la pared transparente está Ójbar, un hombre de treinta años de unos seis metros de altura por dos de anchura.

Por sus gestos frente a la pared transparente acabaremos descubriendo que él se encuentra frente a un espejo trucado.

Ójbar se mueve con lentitud y agilidad. Su gesticulación orangutanesca apenas es perceptible. Gestos muy pequeños, como aislados.

Su monólogo (si sirve la precisión) es lanzado como si eso fuera lo único que ha dicho y dirá en toda su vida. Palabras que ha ido componiendo en su cerebro por si alguna vez tenía que hablar.


ÓJBAR:
Mi padre era un orangután. Medía por lo menos ocho metros y su pecho daba la vuelta a la manzana. Mi padre tenía una voz de trueno. Luego murmuraba, a veces murmuraba. Desaparecía días. Volvía con unos cuantos billetes y los ojos rotos. Todos le temían. Lo veía siempre en los cuerpos de los que pasaban a su lado. Era un gusto, de alguna forma, ir cogido de la mano peluda de mi padre. Mi padre no me enseñaba directamente. No creo que supiera nada. Su mirada, de vez en cuando, despedía un destello de sabiduría como si fuera tanta que no hubiera palabras para transmitirla. Mi padre, como buen orangután, jamás se fió de las palabras. No sé exactamente cuándo me di cuenta de que mi padre era un orangután. Es muy difícil ver a tu padre de una forma distinta a ser padre. Quiero decir algo que siempre he mantenido en secreto: he estado en Borneo intentando convertirme en orangután. Yo también. Quedarme sin palabras. Hacerme todo gestos, grandes gestos. Dejarme crecer el pelo, ponerme un crecepelo por todo el cuerpo, comer bambú o árboles y frutos. No sentirme, por decirlo de alguna manera. No sentirme. Porque mi padre no se sintió nunca. Lo sé por su ausencia. Siempre que estaba no estaba. Siempre que se iba estaba. Siempre sabía que iba a volver. Cuando le dije que me iba a Borneo a convertirme en orangután me dio la espalda y sentí en su culo su risa. La risa de mi padre consistía en enseñar el culo. No hace falta decir que no lo conseguí. Sigo hablando como un hombre. Creo en la palabra como se cree en los salvoconductos. De mi padre no surgió jamás un hola, un cómo estás o un te mato. Mi padre, lento y ágil se desenvolvía en un silencio tan sólo roto por gruñidos y por murmullos, murmullos broncos, es cierto. En las noches se me vino esta idea a la cabeza. Por las noches de la infancia. Ahora que la puedo mirar con estos ojos que muestran ya un camino recorrido.

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/01/2009 a las 19:54 | Comentarios