Extracto de mi novela El Inventario
Recorrido: calles Cañaveral, del general Pintos, Mártires de la Ventilla; calle de San Benito, Calle de Ailanto, Calle de San Leopoldo, Calle del Padre Rubio, Calle de la Palmera, calle de las Magnolias y Plaza de Joaquín Dicenta.
En la noche, entre las doce y media y las cinco y cuarto de la madrugada. Cubos de basura, contenedores, papeleras.
Objetos: Ninguno.
Sucesos: No he recogido nada. Nada. La segunda vez en mi vida de basurero en la que no he recogido nada. Y eso que he visto una hoja de acanto, una bandera española, un bolígrafo de seis colores, una caja de condones, unas hermosas bragas blancas de satén, una sábana ajada, una cuerda de tender la ropa, tres bolsas de lona con objetos dentro, un sacacorchos, dos linternas, seis vías de un tren eléctrico, un transformador de corriente, un piano (creo que se llama keyboard) eléctrico, dos maquinillas de afeitar, un cuchillo con mango de plástico, unas gafas de buzo y otras de nadador de largas distancias, un collar de cuero para perro, una pulsera hecha con pelos de elefante, seis relojes digitales, una cartera de cocodrilo con doscientas mil pesetas dentro, unos prismáticos, un monitor, un compact-disc, un callejero de Pozuelo de Alarcón, una fotografía de Abel Ganz, un par de zapatillas de bailarina, tres botellas de licor de avellana, un cajita de costura con cuentahilos, dedal, tres bobinas de hilo, un par de agujas de ganchillo y unos bolillos, una radio medianamente antigua (años cincuenta), una batería de cocina completa de acero oxidado, de nuevo una herradura de ocho clavos, una cabeza de ajos podrida, un camión de juguete con rampa lanzamisiles, una comba, tres espejos con marcos de estaño, un rotulador rollerball, veinticinco folios en blanco numerados, un brazalete de luto, unas guirnaldas, un sombrero cordobés, veintisiete tuercas de distintos tamaños, un escabel, los bajos de una cortina, un ceñidor, seis maderos, una escalera de mano, una tienda de campaña metida en su funda, una caja llena de comida (vegetales), una paloma y un gato muertos, dos consolas de videojuegos, tres somieres, uno de ellos de lamas, los otros dos de muelles, un picardías, tres pelucas de pelo artificial, una caja de vitaminas, un bote de hierbas contra las jaquecas, dos llaveros con el escudo del Real Madrid, un rodillo mellado, un par de sujetadores con ballenas, un remo, seis cabezas de besugo en buen estado, una lata de chipirones en aceite, un breviario, un frasco con formol donde flotaban dos viudas negras, la hoja de un periódico saudí, tres rollos de papel higiénico, una caja con doscientos metros de cinta magnética, tres cuerdas de guitarra (la prima, la cuarta y la quinta), un volante, un cuchillo de obsidiana, un libro donde se trata la vida y obra del falsario Annio de Viterbo, una impresora a chorro a la que se diría la han destrozado a martillazos, a su lado un martillo con el mango partido, la funda de dos películas pornográficas "Adulterio" y "Conejos Calientes", las páginas interiores de un Dumbo (creo que corresponden al volumen titulado Andes lo que andes nunca andes por los Andes), un limpiador para lentes y una lágrima de anís.
En la noche, entre las doce y media y las cinco y cuarto de la madrugada. Cubos de basura, contenedores, papeleras.
Objetos: Ninguno.
Sucesos: No he recogido nada. Nada. La segunda vez en mi vida de basurero en la que no he recogido nada. Y eso que he visto una hoja de acanto, una bandera española, un bolígrafo de seis colores, una caja de condones, unas hermosas bragas blancas de satén, una sábana ajada, una cuerda de tender la ropa, tres bolsas de lona con objetos dentro, un sacacorchos, dos linternas, seis vías de un tren eléctrico, un transformador de corriente, un piano (creo que se llama keyboard) eléctrico, dos maquinillas de afeitar, un cuchillo con mango de plástico, unas gafas de buzo y otras de nadador de largas distancias, un collar de cuero para perro, una pulsera hecha con pelos de elefante, seis relojes digitales, una cartera de cocodrilo con doscientas mil pesetas dentro, unos prismáticos, un monitor, un compact-disc, un callejero de Pozuelo de Alarcón, una fotografía de Abel Ganz, un par de zapatillas de bailarina, tres botellas de licor de avellana, un cajita de costura con cuentahilos, dedal, tres bobinas de hilo, un par de agujas de ganchillo y unos bolillos, una radio medianamente antigua (años cincuenta), una batería de cocina completa de acero oxidado, de nuevo una herradura de ocho clavos, una cabeza de ajos podrida, un camión de juguete con rampa lanzamisiles, una comba, tres espejos con marcos de estaño, un rotulador rollerball, veinticinco folios en blanco numerados, un brazalete de luto, unas guirnaldas, un sombrero cordobés, veintisiete tuercas de distintos tamaños, un escabel, los bajos de una cortina, un ceñidor, seis maderos, una escalera de mano, una tienda de campaña metida en su funda, una caja llena de comida (vegetales), una paloma y un gato muertos, dos consolas de videojuegos, tres somieres, uno de ellos de lamas, los otros dos de muelles, un picardías, tres pelucas de pelo artificial, una caja de vitaminas, un bote de hierbas contra las jaquecas, dos llaveros con el escudo del Real Madrid, un rodillo mellado, un par de sujetadores con ballenas, un remo, seis cabezas de besugo en buen estado, una lata de chipirones en aceite, un breviario, un frasco con formol donde flotaban dos viudas negras, la hoja de un periódico saudí, tres rollos de papel higiénico, una caja con doscientos metros de cinta magnética, tres cuerdas de guitarra (la prima, la cuarta y la quinta), un volante, un cuchillo de obsidiana, un libro donde se trata la vida y obra del falsario Annio de Viterbo, una impresora a chorro a la que se diría la han destrozado a martillazos, a su lado un martillo con el mango partido, la funda de dos películas pornográficas "Adulterio" y "Conejos Calientes", las páginas interiores de un Dumbo (creo que corresponden al volumen titulado Andes lo que andes nunca andes por los Andes), un limpiador para lentes y una lágrima de anís.
Es este invierno inclemente. Tras cada esquina acecha un viento que corta el cutis. Relajado el cuerpo, tras la tensión de los últimos meses, me constipo. El amor. La angustia. La generosidad. La sorpresa. La justicia. La clemencia. La historia. Pasan los años y en muchos de ellos me acodo en el balcón de las circunstancias humanas y las observo. En otras ocasiones soy yo el observado y ese hecho, como ya demostró Heissenberg, me altera. La fotografía de una muchacha sola cuya foto se titula Sola. En blanco y negro. Encontrada mientras navegaba. La ayuda. La certeza. La batalla. El conflicto. La duda. La noche. Y esta nieve al mismo tiempo, esta circunstancia que muestra hasta que punto seguimos siendo primitivos. Hablamos del Tiempo como si él fuera cosa sagrada, ajena por lo tanto a nuestros deseos. Respirar. Respirar. Y ver la mañana lluviosa. Salir. El brillo de las calles. La soledad de algunos tejados. La sonrisa de Kelly. Respiro gracias a mi hermano. La sierra donde una niebla se disipa y los faros de los coches destellan y en los árcenes tiembla el hielo y los quitamiedos apenas asustan. El puerto llegó a su cenit. Luego se inició el descenso. La gratitud. La quimera. La mujer amada. El amigo ¿Quién observa? ¿A quién altera? Por el ventanuco asomará la primavera. Sé que bajo las tejas están los petirrojos. Y que más lejos hay un límite verde. Y más allá de ese límite se llega y se queda. Es duro este invierno. Maravillosamente cruel. Maravilloso saber que dentro de no mucho el Burj Dubai será una ruina visitada a oleadas los veranos. El Tiempo en sus dos acepciones es sagrado ¿Lo surcamos? ¿Nos surca? ¿Es un ser inteligente? Y las manos que teclean, ¿son tiempo articulado? Ese escuchar en ese espacio que también atraviesa el tiempo ¿es tiempo escuchado? Giro lentamente. Todos vamos más despacio. Apenas nos adelantamos. El suelo estaba cubierto de hielo. Cada paso era una victoria. Un muchacho a mis espaldas dijo, Alguno se ha matado de un resbalón. Y fuimos más despacio. Por miedo a llegar antes de tiempo al límite verde tras el cual uno se queda. Dios proveerá. Dios El Bueno, El Clemente, El Misericordioso. Atroz el invierno. Lo incomprensible. Lo inexplicable. Lo incongruente. Tan sólo si cambiara la expresión, si me acercara más a la Tierra y dejara los vientos para sus nombres. Toca Bebo Valdés y yo tecleo. Cada uno crea su música. Ruedan los coches. Navegan los navíos. Vuelan los aviones. Giran las galaxias. Cuelgan los lémures. Avanzan perezosos los osos. Se descubre una nueva y viejísima antigüedad. El paraíso.
¿Cómo se puede mantener la idea de Dios en 2010? Desde luego si miramos a la luz de la razón el programa de REDES Nuestro Lugar en el Universo la sensación de Dios se desvanece. Hablo del Dios occidental, el trascendente, el que está fuera de nosotros, fuera de todo y rige el mundo y los mundos; la otra idea de Dios -más oriental- el dios inmanente, el que está dentro de nosotros y es nosotros adquiere una forma más sensata dentro de la tremenda insensatez que -a la luz de los conocimientos de hoy- la idea de Dios parece aportar.
Luis Felipe Rodríguez, astrofísico mejicano, nos cuenta en una larga entrevista con Eduard Punset los orígenes, evolución, estado actual y probable futuro del universo. Lo poco que se conoce. O lo mucho que se conoce. Según el método científico Dios sería (esta aproximación a Dios es mía) unas zonas del universo en expansión en las que, por causas desconocidas, los gases en vez de seguir expandiéndose se empezaron a contraer y a unir. La expansión permitió que la luz se hiciera y el espacio en vez de opaco se hiciera transparente y la densificación en ciertos lugares del universo permitió que algunos átomos se unieran y de esta unión nació toda la materia conocida la cual -según los últimos datos de los que se dispone- ocupa un 4% del total de nuestro Universo. Es decir la materia que conocemos y de la que estamos hechos es un resto de un universo cuyo restante 96% está compuesto de dos elementos que los astrofísicos creen que deben de existir: la materia oscura (que impide a las galaxias expandirse y por lo tanto a dispersarse, de ahí su movimiento circular) y la energía oscura (que empuja al universo a seguir expandiéndose). Si no existiera esta energía oscura el universo habría tenido que ir decelerando su expansión desde hace cinco mil millones de años y sin embargo aumenta su velocidad de expansión desde entonces.
Somos polvo de estrellas estalladas. Somos solidificación de hidrógeno, helio, nitrógeno, carbono y en mucha menor medida potasio o fósforo o magnesio. En nuestra galaxia, nuestro sistema solar, apenas ocupa un poquito en su parte inferior.
Dios no es más que gas.
El universo que habitamos nos ignora.
Ya hemos descubierto más de cien sistemas solares parecidos al nuestro.
Luis Felipe Rodríguez, astrofísico mejicano, nos cuenta en una larga entrevista con Eduard Punset los orígenes, evolución, estado actual y probable futuro del universo. Lo poco que se conoce. O lo mucho que se conoce. Según el método científico Dios sería (esta aproximación a Dios es mía) unas zonas del universo en expansión en las que, por causas desconocidas, los gases en vez de seguir expandiéndose se empezaron a contraer y a unir. La expansión permitió que la luz se hiciera y el espacio en vez de opaco se hiciera transparente y la densificación en ciertos lugares del universo permitió que algunos átomos se unieran y de esta unión nació toda la materia conocida la cual -según los últimos datos de los que se dispone- ocupa un 4% del total de nuestro Universo. Es decir la materia que conocemos y de la que estamos hechos es un resto de un universo cuyo restante 96% está compuesto de dos elementos que los astrofísicos creen que deben de existir: la materia oscura (que impide a las galaxias expandirse y por lo tanto a dispersarse, de ahí su movimiento circular) y la energía oscura (que empuja al universo a seguir expandiéndose). Si no existiera esta energía oscura el universo habría tenido que ir decelerando su expansión desde hace cinco mil millones de años y sin embargo aumenta su velocidad de expansión desde entonces.
Somos polvo de estrellas estalladas. Somos solidificación de hidrógeno, helio, nitrógeno, carbono y en mucha menor medida potasio o fósforo o magnesio. En nuestra galaxia, nuestro sistema solar, apenas ocupa un poquito en su parte inferior.
Dios no es más que gas.
El universo que habitamos nos ignora.
Ya hemos descubierto más de cien sistemas solares parecidos al nuestro.
¡Ah, ese viejo zorro de Yahvé! o de Eloi (si la redacción es más moderna). Esa creencia que viene del desierto donde no hay nada y por lo tanto todo lo que ocurra será un milagro. 3.000 años antes de Cristo. En el Próximo Oriente, en Mesopotamia, rodeados de dioses débiles como Baal de los cananeos que muere y de vez en cuando resucita o su padre El, más débil aún que ha de pedir ayuda a una de sus esposas para que le saque del atolladero de haber sido destronado por su propio hijo ¡Ese viejo zorro de Yahvé! decía al principio, que inaugura en el mundo de las creencias humanas la fe abramánica, es decir una fe ciega, cuando Yahvé le ordena que sacrifique a su hijo Isaac y Abraham no duda de que las razones de su dios exceden con mucho su capacidad de entendimiento; su fe le lleva a saber con absoluta certeza que lo que va a cometer no es un infanticidio, que su dios está muy por encima de sus conceptos morales. Esa alianza es la verdaderamente importante, la verdaderamente novedosa. La que hará poderosas y perseguidas a las doce tribus de Israel. Y quizá también, sí, también la posibilidad de que alguno de sus descendientes tenga, por fin, derecho a acercarse al Árbol de la Vida y al comerlo conseguir la eterna juventud. Porque conocimiento y juventud eternas son las características propias de todo Dios. Cuando Israel era un niño su Dios ya era un sabio celoso y usurpador. Hubo de ser así, imagino, para poder llevar con mano férrea a su rebaño hasta el lugar que le correspondía. Incluso tuvo que destruirnos a todos -excepto a su querido Noé, su mujer y sus tres hijos, el último de la estirpe de los hombres que tuvo una larguísima vida- y confundir nuestras lenguas para que no pudiéramos -tan sólo con el conocimiento- alcanzarlo, sobrepasarlo, olvidarlo.
¡Yahvé de los Patriarcas! ¡Yahvé de los Ejércitos de la Luz y forjador del Ejército de la Sombra! ¡Yahvé de las venganzas! ¡Yahvé de los desiertos! ¡Cuánto dolor forjaste entre los tuyos! ¡Cuántas pruebas ideaste en tu divinal cerebro! ¡Y cómo, cómo, de tantos ríos de sangre pudo surgir celeste y terrenal El Cantar de los Cantares!
¡Yahvé de los Patriarcas! ¡Yahvé de los Ejércitos de la Luz y forjador del Ejército de la Sombra! ¡Yahvé de las venganzas! ¡Yahvé de los desiertos! ¡Cuánto dolor forjaste entre los tuyos! ¡Cuántas pruebas ideaste en tu divinal cerebro! ¡Y cómo, cómo, de tantos ríos de sangre pudo surgir celeste y terrenal El Cantar de los Cantares!
Lleno de arrogancia, se dijo. Lleno de observador, se dijo. En mitad del llano miraba las estrellas que habían ido apareciendo tras irse largas bandadas de nubes. Imaginó a aquellos hombres que creían que la bóveda celeste era de piedra y las estrellas agujeros por donde asomaba el fuego que rodeaba a esa gigantesca esfera; imaginó a aquellos hombres deduciendo la música de las esferas porque -se decían- si la bóveda celeste es sólida y nosotros vivimos en un medio sólido y giramos como gira la bóveda celeste, ese movimiento tiene que producir una fricción y esa fricción ha de producir un sonido y no puede ser de otro modo que esos sonidos creen una relación y que la relación de esos sonidos sea ni más ni menos que música. La noche cantó una pausa entre dos notas.
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