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Página de Fernando Loygorri

Cuando pasee por el claustro del monasterio de San Cugat del Vallés iré tarareando una melodía y en ese canto que será homenaje a la vieja bestia que anida en mí, estableceré un nuevo melisma que enaltezca mi mente y me provoque la meditación propia de los que van a conocerse.
¿Cuál es mi grito?
¿Cuál es mi respuesta?
Porque me deleito en el polvo que tamiza la últimos rayos del sol de la tarde.
Porque el rizo que el viento genera en las aguas, establece en mi piel una suerte de exaltación de las percepciones mundanas.
¿Acaso sirve tanta sensibilidad para bien morir?
Temo agosto como se teme la malaria.
No quiero los jardines ni las tapias ni los setos recortados. Prefiero, bien lo saben los capiteles del claustro del monasterio de San Cugat del Vallés, los matorrales, la hierba seca, el cardo que se yergue poderoso en mitad de una tierra seca, la elevación que no muestra más que amarillo y gris; temo como animal que sabe de su instinto sin poder nombrarlo, las luces artificales en los edificios de las calles de Tokyo; hay en mi sangre la ponzoña de una ira que no se agota, que es poderosa como las aguas dilatadas en su molecuralidad lasa, que todo es capaz de abarcarlo, que no hay dique que su furia, una mañana, no pueda derribar; no, no quiero la hierba segada, ni la escultura cursi de una sirena al fondo con su pecho de bronce y sus labios fríos; quiero, exijo, la lechuza, el escarabajo que camina entre sus enemigas las hormigas; quiero la levedad del puercoespín y que mi nombre genere una tentación bíblica, que aunque no sea posible cada que vez se pronunciara todo el mundo oyera Lilith. Son estos días de opresión en el pecho, de lengua inglesa, de versos en francés, de nostalgia alemana, de sometimiento kikuyu, de altivez mashai; son estos días de lanza y escoba, de centro comercial y rugido de leona, de escarcha y cieno, de elevación y mística, cuando preveo la canícula, el terrorífico rugir de los grados, la lenta maceración del cáncer, la historia de Leopoldo II y sus carnicerías en Congo y la igualmente destructiva y letal tortura de la colonia francesa que en 1908 generó el virus del SIDA y su propagación por todo el mundo a lo largo de 72 años; son estas alianzas entre el horror y el comercio las que me llevan a la exaltación del rayo de sol tamizado por el polvo del camino; son estos recordatorios milenarios los que me encontraré cuando pasee por el claustro del monasterio de San Cugat del Vallés y en mi melodía atisbe quizá a reconocer la vieja bestia que anida en mí.

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/07/2017 a las 00:16 | {0} Comentarios


Documento 15 de los Archivos de Isaac Alexander. Kristiansund diciembre 1968


Misantropía: Odio al género humano
que se manifiesta por aversión al trato con los demás
y tendencia a la soledad.
Misántropo: En la sierra vivían unas criaturas
mitad hombre y mitad caballo que eran feroces y misántropas.

Al despertar esta mañana (que era noche en mi alma sin duda debido al espacio de los sueños que me ha dejado un regusto agrio a masas enarbolando banderas, líderes gritando blasfemias, calles con ardor de músicas militares [pienso en Beethoven y su machacona música militarona], grandes celebraciones por batallas ganadas quinientos años antes y campos devastados y rojos) en este pueblecito noruego donde me escondo, de nuevo, de una herida social y mientras tomaba un té de Labrador y miraba por la ventana de la cocina la densa bruma que oculta el mar, he sentido esa doliente sensación de asco por los hombres y su megalomanía. Detesto a los hombres. Nos detesto, escribiría, si no fuera porque a mí me tengo aprecio. No quiero engañar a nadie. Pero sé que dentro de la masa me detestaría como a cualquiera otro. Por eso me alejo de las masas: para no sentirme hombre. Por eso busco en el encuentro con las mujeres ese pedazo de belleza que nos une a los animales. Tocar un cuerpo opuesto y mismo. Ser tocado por un cuerpo otro y semejante. Fundirse místicamente con gritos-símbolo y recrear figuras machihembradas bajo la tenue luz de un farolillo, es la única experiencia humana que me procura amor por mi especie. Y tan sólo porque nosotros -junto con algunos tipos de simios y según creo también algunas tortugas- hemos embellecido el sexo con esa variante que no todos conocen que es el erotismo. Todo lo demás supura cieno.
¿Sabrá la bruma sobre el mar la estupidez que como especie generamos? ¿Sabrá la luna cuánta calamidad hemos generado en su nombre? ¿Habrá oído hablar Alfa-Centauro de las razzias? ¿Sabrá en su sueño Vishnu la exacta hijoputez de las hazañas de los ejércitos que son los hitos que más se siguen celebrando?
La misantropía no puede ser elegante ni sesuda porque es una emoción primigenia que tan sólo algunos padecemos; es una enfermedad de la especie. Ser misántropo es estar enfermo de antisociedad y tendrían que curarnos porque nada hay más espantoso que salir a la calle en una gran ciudad y sentir desde el primer momento la viscosidad, el asco, el rechazo por las gentes que caminan a nuestro lado; enfermedad que el propio enfermo intenta atacar haciéndose razonamientos del tipo: ése hombre masa que pasa a mi lado, es un buen hombre -seguro- entre las cuatro paredes de su intimidad; esa mujer masa que te ha mirado como si fueras lombriz en sus tripas quizá conozca los rudimentos del beso; esa niña masa que grita como una cerda en la matanza porque quiere unos botines de mierda dormirá gratamente esta noche y su dulce sonrisa, al contemplarla, conciliará tu mente con el mundo; ese niño masa que mira al manco y grita al padre que va con él, ¡Mirá el brazo de ése, qué asco! seguro que cuando se esté bañando sentirá la caricia del agua y descubrirá el arte.
Yo te reconozco, mi pseudo-Lucilo, que tengo miedo de mí porque según me dijeron desde niño los hombres sin los hombres no son nada y yo siento justo lo contrario: sólo un hombre solo puede llegar a alcanzarlo todo. Y todo es la contemplación sin juicio. Cuando termine mi té y la luz de la seminoche en la que vivo se aclare un poquito, saldré con un animal perro a pasear por los acantilados de este fin del mundo. La humedad es tan intensa. La lluvia es tan constante. El mar es tan negro, impenetrable. La soledad es tan grata. Él y yo, dos animales que buscamos lo mismo: contemplar, llenarnos la panza, gozar del cuerpo, serenar el alma (todos, todos los seres vivos tienen eso que llamamos alma), atravesar esta percepción espacio-temporal que sabemos que no es del todo exacta y caer en la gran noche de la muerte sin haber sufrido más que lo justo (lo inevitable).

Ensayo

Tags : Escritos de Isaac Alexander Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 22/07/2017 a las 14:15 | {0} Comentarios


Quizás en el principio fuera el grito y quedara en aquéllos la extraña distancia del sonido del trueno. ¿Cuánto? ¿Hace treinta mil años? Anoche estuviste a mi lado. Dormías. Nada te inquieta de mí cuando estás tumbada y desnuda. ¿Qué ocurría entonces? ¿Cómo se estableció que el sonido del tambor fuera masculino y su forma fuera femenina o en su opuesto la forma de la flauta fuera masculina y su sonido femenino? En tu espalda desnuda yo escucho la cueva y en tu piel atisbo las primeras sonrisas cuando la humanidad alboreaba y algo semejante a nosotros latía en los corazones de una mujer y de un hombre. Te amo y las breves ráfagas de brisa que alcancé a sentir antes de caer en el sueño me sedujeron tanto como debía de seducir en la prehistoria del pensamiento el relámpago en un cielo que quizás ya entonces y durante miles de años se pensó que era piedra, muro cerrado, dentro nosotros. Piedra el cielo. Carne tu cuerpo, abierto a mí. Carne mi cuerpo, abierto a ti. Porque vimos el atardecer juntos sentí nostalgia del tiempo anterior a la música, ajena aún la palabra, sin ideas claras la masa encefálica. Todo era acústico. El mundo se resolvía en sonidos: gota de la lluvia, pisada del animal, anuncio de tormenta, dolor del parto, silencio de la muerte. Porque también el silencio es sonido. Yo supe anoche tu piel y la cadencia de tu respiración me jadeó gritos primeros, gritos sin articulación, fonaciones sólo significantes. Porque era la noche. Porque era la primera noche del primer hombre y de la primera mujer en un mundo mágico aún sin ideas, sin naturaleza analizada, sin verdades. Intuición tus pies. Intuición tus manos. Sin metáfora tu boca. Sin anhelo tus ojos. Sólo el grito que imita el animal que quiero ser. Que quiero ser águila. Que quiero ser pez. Que quiero ser armiño. Que quiero ser antílope. Y tú gacela. Y tú manzana. Y tú charca con nenúfar. Y tú luna y fases y así mediciones del ciclo. Ciclo. Eres ciclo. En mi cama eres ciclo. En mi cama eres cabellos en la almohada. En mi cama eres nalgas. En mi cama eres herida abierta que tan solo se calma con mi espada. Que soy espada. Que soy rama. Que soy emisión gutural de imitación de oca. Y así nace la mañana y en la luz de la amanecida siento toda la juventud del mundo porque estás a mi lado y porque el sol aún es joven y da frescor. Joven yo, ya a punto de volver a las entrañas, con menos días en mi torso que en mi espalda. Ya allí. Ya casi allí. 

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 19/07/2017 a las 23:06 | {0} Comentarios


Al nacer cada día la mano parece ser nueva. Sabe que ha escrito millones de palabras (palabras que se han repetido. ¿Cuántas veces habrá escrito la palabra que) y quizás alguna vez, un viernes nublado, ha conseguido transmitir exactamente lo que quería (sabe, en todo caso, que lo que uno escribe no es necesariamente lo que otro lee) como por ejemplo el día que escribió la tarde está tan bonita.
Sí, cada día la vida nace en él. Lo siente cuando se emociona por una ficción o cuando por el camino disfruta del movimiento cadencioso de la cola de su perro (no es su perro, es su amigo. Es gente perro, sin dueño y sin cadena) y también cuando al mediodía siente el deseo vivo de la boca.
Hay en su rutina la paradoja de anhelar la compañía y vivir la soledad y es consciente de que este iniciarse a la vida diariamente tiene un único absoluto en la pobre percepción de los hombres: ya no. Todo está pasando y nada vuelve. Hoy, por ejemplo, al caminar por el bosque ha pisado una roca que se ha clavado en una grieta que tiene abierta en el pie izquierdo. Ha sido un dolor agudo. No igual a piedras parecidas y lugares cercanos. No. No igual. Sí parecido.
Es muy tarde ahora. No sabe para qué es muy tarde. Sólo lo ha pensado. La noche avanza y es verano y a estas horas el calor se deja vencer por la oscuridad. También el silencio vence. También los recuerdos que han estado muy vivos en los últimos días le han vencido en algún momento. Es muy tarde, es cierto, se acercan las cuatro de la madrugada. Recuerda la luz que declinaba en la tarde. Recuerda la conversación con la mujer con la que habla todas las noches y al recordarla recuerda sus ojos y al recordar sus ojos siente cuatro años de sus ojos. Y se repite: cuatro años de sus ojos.
Mañana volverá a nacer y no será leche lo que beba por vez primera sino café y leerá la entrada de un diccionario lleno de misterio y de historias y se iniciará un nuevo mundo, por entero nuevo, como sus manos que parecen no crecer ni acumular años.
Ya lo deja. Ahora se irá a la cama. Abrirá la novela que está leyendo (antes de morir cada noche, lee una historia de otros). Apagará la luz y se echará la sábana por encima. El perro subirá un rato y luego se irá. Sabe que la tierra gira y que el sol no tiene fases como la luna y por eso es menos de fiar. Quedará en suspenso. Nacerán los sueños y un día, sí, un día dejará de oír.

Ensayo

Tags : Meditación sobre las formas de interpretar Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 12/07/2017 a las 03:32 | {0} Comentarios



En la lenta maceración de los millones de años, desde la cueva, desde la mano con pigmento en la piedra, desde la primera contemplación, desde la primera idea sobre algo, desde la mirada ¿cuándo se produjo la posibilidad de un hombre que decide acabar con los gorriones?
 

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/07/2017 a las 12:51 | {2} Comentarios


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