Inventario

Página de Fernando Loygorri

La espada y la escalera (puede ser el sombrero de un loco o esa boca que se abre como la invitación a la cueva puede ser el amanecer que llega). La correría por el llano que casi es páramo pero siente llano. La ortiga que acecha junto a su antídoto. Bajo la umbrela aguarda un siervo de los dioses antiguos a que el hombre llegue, con la lengua fuera, para ponerle la zancadilla. Sabor de barro. Sabor de ausencia. La ausencia -siente el hombre tumbado- sabe a desierto. No sabe si se revuelve inquieto o si ha habido un momento en el que la almohada era un flotador que alguien le tirara desde un risco mientras él se desliza entre aguas turbulentas. Ahogo y aire. Un seno vacío como la blancura marmórea de un bidé. Intenta agarrarse donde sea. No logra aferrarse a la almohada/flotador. Logra ver a través de las aguas que enturbian sus ojos la boca que en el verano le sonrió muy cerca. Espuma que anuncia la caída. Abismo de agua. Quizá sea simple Maelström sexual aunque el terror no es simple. El terror nunca es simple. ¿Dónde -se pregunta- están los duendes? ¿Dónde las hadas? ¿Por qué le parecen los golpes del agua mordiscos de perro enviado desde el Hades? ¿Cuándo -se pregunta- acabará el tiempo?

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/10/2017 a las 11:48 | {0} Comentarios


LLaga.
Ha visto, en algún lugar, un amor romántico y ha releído la pasión fría en los versos de Jaime Gil de Biedma.
También desea ahora lo que antes no quería. Quizás a eso se le llame cambiar.
Por las noches va conociendo más y más la ciudad de Praga fin de siécle y se pregunta, justo antes de dormir, muchas noches, por qué ese afán por conocer las calles de la vieja Praga de la mano del joven Kafka.
Le suena esta inquietud, sabe que no sabe pararla pero sí atenuarla, así es que dentro de un rato saldrá a pasear.
Respirar. Sudar. Agotarse. La inquietud de la amenaza nocturna aún resuena en su estómago. Un golpe por la espalda. La sangre que corre por el asfalto inundado de meadas de perros. La semiinconsciencia. Un sonido de ambulancia. Unas palabras que no sabe cuáles son. La sensación de que las llagas suenan.
El rebrote de ¡Muera la inteligencia!
La enfermedad -o no- de Virginia Woolf y ese riachuelo de aguas crecidas y el peso de las piedras en los bolsillos de su gabán.
Morir de forma violenta suena.
También suena la desconfianza de una vieja a la que no quiere. Y cuando dice la frase maldita y ella responde con una sonrisa cargada de ironía y miedo, sabe que tiene razón.
Aceptar la razón de los demás es uno de los mayores ejercicios de la edad, piensa y suena.
Tiene que irse. Tiene que calzarse las botas de montaña. El cielo no está cubierto y no va a llover. Algo sucias las uñas. También la mirada de su hija ayer al mediodía y el final del amor consumado en matrimonio en El sueño de una noche de verano.
Bagatela, ¡cuánto hace que no te escribía!, piensa.
La palabra continente asoma y se escabulle. El corazón afligido se esfuerza en acompasarse y la congoja, como siempre, tiene algo de mujer. Vislumbra la tarde que está a punto de llegar. El olor a cerrado. Las ideas que se ordenan a su ritmo. La cadencia coja de sus pasos. Y esa llama que a veces refulge y que tiene un nombre anterior a la capacidad de nombrar. Fuego secreto.

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/10/2017 a las 13:11 | {0} Comentarios


Ayer parece que la furia desatada de un vecino borracho me gritó amenazas bajo mi ventana. Lo bueno es que no puedo asegurarlo porque soy miope y no veía claramente si era a mí a quien lanzaba esos insultos tan antiguos que mentan a la madre y auguran palizas y con el brazo levantado y la voz pastosa del borracho de alta graduación acaban con un Tú no sabes quién soy yo. Y, en efecto, el borracho tiene más razón que un loco porque no tengo ni idea de por qué me amenazaba. También tengo en mi descargo que fue de madrugada, la luz era escasa y aún más, cuando empecé a escuchar la perorata yo no me encontraba en la ventana con lo que -si era a mí realmente a quien llamaba hijo de puta- el borracho con ganas de bronca parecía un tuno solitario que esperara que su amada saliera a la ventana para mirarle mientras la rondaba.
¡Qué extraño el furor! ¡Cómo me regresa a la infancia la voz agresiva de los borrachos! En las conexiones neuronales o en la Mente o en las Tripas o en la Rodilla nace una especie de resistencia, una gana casi ingobernable de abrir la ventana y encararse con el bravucón -strictu sensu- pues es un hombre grande, fuerte, de mirada fiera.
Los años pesan. Me fui a la cama. Al salir hoy por la mañana he vigilado mis espaldas. Creo que va llegando el momento de irme a otro lugar... una vez más.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/10/2017 a las 12:37 | {0} Comentarios


Los cañones aún están huecos por dentro. No, no quiero hablar de cañones quiero hablar de la última mariposa que vi esta mañana y que era blanca, no, no tan blanca, un poco menos blanca como la blancura de la escarcha cuando aún el sol no ha roto del todo la oscuridad. Los cañones escupen balas de metal pero aún están huecos y la mariposa no tan blanca deambulaba esta mañana entre jara y encina y entre encina y quejigo y entre quejigo y enebro. Yo no perseguía a la mariposa no tan blanca ni tampoco tenía especial interés en la oquedad de los cañones tan sólo seguía el rastro de un ritmo, de un ritmo de agua que se había ido secando. Sobre la mariposa no tan blanca, sobre la estructura del cañón, trataba el ritmo que perseguía, abiertos los oídos a la ráfaga de viento, al canto del mirlo, al reptar de la serpiente o al lejano sonido de un bimotor que se iba acercando, casi amenaza, desde el oeste. Mariposa blanca. Hueco y cañón. Ritmo de agua.
La tarde ha llegado y he sentido la impresión de una huella en mis pulmones que me ha hecho inspirar fuerte y me ha mantenido tenso durante un buen rato. La espalda, como siempre, se ha mantenido firme y el escrúpulo a sentir vergüenza ha hecho que me girase para que los habitantes del mundo no pudieran ver si lloraba. Llorar no es de hombres -me decían- y a mí no me alegraba. La tarde, digo, ha convertido el ojo hueco del cañón en una metáfora y la mariposa no tan blanca de seguro que sigue vagabundeando entre la jara y la encina, entre la encina y el quejigo, entre el quejigo y el enebro.
No puedo llamar más que milagro estas emociones que siento. No puedo más que agradecer a mi sufrir por haberme entrenado en la observación. Nunca sabemos si el mal es tal ni a dónde nos llevará y por lo mismo no podemos llamar a nada bien si no sabemos cómo devendrá. Con el paso de los años las palabras se me van volviendo flexibles y lo que ayer era roble hoy es junco y estoy convencido de que lo que hoy es roca se convertirá en ninfa y así, en sucesivas metamorfosis, sé que el mundo que ha pasado ante mis ojos no es más que esclavo de mis pobres apetitos y que él, en sí, es mucho más libre que lo que yo pueda percibir.
Mariposa casi blanca. Hueso de cañón (¡sí, sí, ahora es hueso!). Jirón de claridad. Ritmo de agua.

Ensayo

Tags : Meditación sobre las formas de interpretar Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 11/10/2017 a las 19:14 | {0} Comentarios


No fue la aridez. Ella -dijo- se quemaba vestida. Al mirarle -dijo- quería desnudarse y mostrarle lo triste que puede ser un cuerpo en octubre. No palideció porque padeciera una bajada de azúcar. Tampoco el arrebol que vino después fue debido a cuestiones de la mecánica de la química sino que -como ella afirmó- fue un milagro que nacía de algunas composiciones del Bach melancólico. Fuera en un granero por donde los roedores buscan el alimento; fuera en la era en donde el heno, recién segado, promovía en el aire la vida; fuera en la sacristía cuando -siendo jóvenes- ella cometió el sacrilegio de acariciarse el coño con un cáliz; fuera en una vía interurbana la madrugada de un cinco de enero entre risas y vaho... fuera aquí... fuera allá... la ropa -decía- le quemaba.
No fueron las primeras lluvias, tan esperadas. Ni casí -me atrevería a afirmar- fue el rocío aumentado con una lupa sino que como si el aluvión de las palabras condujeran al éxtasis o el silencio alucinado del amanecer promoviera en ella un orgasmo, jadear se convirtió durante un tiempo en una forma de expresión absoluta. Pero si realmente fueron las lluvias o la contemplación del rocío o la constatación de que hay un silencio que no suena, tampoco restaría un ápice la absoluta comunicación por medio de jadeos.
Ella entonces, vestida y ardiendo.
O ella entonces, desnuda y triste.
Sólo -dijo- supe que nada me salvaría. Supe -dijo- que su ausencia era el testimonio de un hombre que ha saltado desde el puente al vacío y esa certeza -continuó- me condujo hasta aquí. Mañana me voy -dijo- pero sé que siempre arderé mientras esté vestida.

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/10/2017 a las 19:32 | {0} Comentarios


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