El sinsonte. ¡Ay, qué nombre tan grande para animal tan chico!
Si le quedara la fuerza de lo nuevo; la que se inicia frente a los grandes deltas; al inicio de la escuela.
Se dice: si hubiera sido en el siglo XIX y como paisaje: gran catarata, inmensos bosques, lagos de un pristinidad enfermiza, puro reflejo de algo tan ausente como la imagen que se observe.
Si hubiera estado allí -Mujer u Hombre- con ese aliento que hincha el pecho y la seguridad del que no sabe; con ese aliento que produce el saber que al final de la última capa queda la nada: esencia de cebolla, esencia de Mujer y esencia de Hombre, esencia de Abeja y esencia de Agua.
Entonces habría ido, habría abiertamente sonreído a los niños, los pueblos, las naciones, los estados, los amaneceres, lo sinsontes, las praderas, los extraños nombres de las lenguas extrajeras, la fisonomía de las gentes, los colores de las pieles, las músicas (que es, al fin y al cabo, siempre una y siempre la misma: formas de escalera). A todos habría celebrado.
Y ríe, ríe al pensar que quizá se ponga a escribir: Hojas de Mierda.
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/07/2011 a las 18:07
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