Sabes que fue la suya.
Estabas de espaldas.
Esperabas algo.
Los sabes porque
el calor era el suyo;
lo sabes porque el jersey
no impidió
que sintieras en la piel de tus omóplatos
el tacto de sus dedos;
lo sabes:
era su mano en tu espalda.
¿Por qué no te giraste? no te preguntaste.
¿Por qué no te giraste y sonreiste? no te preguntaste.
El camino de vuelta
fue dichoso
cuando recordabas su cara en el espejo,
su pelo recogido,
su risa con tu broma.
Ahora es mucho
su mano en tu espalda;
tanto como si su boca...
tanto como si su torso...
tanto como si sus piernas...
Y aún la sientes
y tu espalda sonríe.
Estabas de espaldas.
Esperabas algo.
Los sabes porque
el calor era el suyo;
lo sabes porque el jersey
no impidió
que sintieras en la piel de tus omóplatos
el tacto de sus dedos;
lo sabes:
era su mano en tu espalda.
¿Por qué no te giraste? no te preguntaste.
¿Por qué no te giraste y sonreiste? no te preguntaste.
El camino de vuelta
fue dichoso
cuando recordabas su cara en el espejo,
su pelo recogido,
su risa con tu broma.
Ahora es mucho
su mano en tu espalda;
tanto como si su boca...
tanto como si su torso...
tanto como si sus piernas...
Y aún la sientes
y tu espalda sonríe.
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/02/2012 a las 12:32
|
{0}
Ventanas
Seriales
Carta a una desconocida
Cuaderno de Paris
El Brillante
El espejo
El viaje
Fragmentos sonoros
La mujer de las areolas doradas
La Solución
Listas
Meditación sobre las formas de interpretar
No fabularé
Perdido en la mudanza (lost in translation?)
Sobre la música
Sobre las creencias
Tríptico de los fantasmas
Velocidad de escape
¿De Isaac Alexander?
Archives
Últimas Entradas
© 2008, 2009, 2010, 2011 y 2012 Fernando García-Loygorri, salvo las citas, que son propiedad de sus autores