La señora Alba se encuentra tendida en la cama,
sobre sus ojos una compresa fría distrae su jaqueca,
a lo lejos unos chopos tiemblan cerca del río
y en sus ramas los estorninos descansan tras su largo viaje.
La señora Alba ha bajado la persiana y ha soltado su cabello
el cual, como filigranas, se esparce por la funda blanca de la blanca almohada.
Entre el dolor y la espera de la calma
la señora Alba ensueña un cuerpo desapercibido,
un cuerpo, por decirlo de alguna forma, sin sentido,
un cuerpo que fuera un transporte y no un fin en sí mismo.
Los estorninos se lanzan a la caza al caer la tarde;
la algarabía que por el aire fabrican sus sonidos
llega hasta los oídos de la dama enferma
la cual estaba dormida y comenzaba a soñar
un verde traje de lino ceñido a su cuerpo por un viento marino;
despierta la señora Alba sobresaltada, se quita la compresa de los ojos,
se asoma, a su pesar, a la ventana que tenía bajada la persiana
y observa la bandada de estorninos como si fuera trozos de negro en el azul del cielo;
su cabeza estalla de nuevo, sus manos se agarrotan de dolor, sus piernas flaquean,
su boca se seca y odia la furia de las aves, sus vuelos rasantes, su empeño
en convertir la tarde en una feria de verano.
Cuando cae la noche se hace el silencio,
la señora Alba se acaricia el sexo,
ese placer atenúa el dolor de su cerebro y en el momento del orgasmo, en sus últimos espasmos, el dolor desaparece y su cuerpo se parece a la bandada de estorninos
con sus giros salvajes en el aire cuando pintaba sobre el cielo azul trazos en negro.
sobre sus ojos una compresa fría distrae su jaqueca,
a lo lejos unos chopos tiemblan cerca del río
y en sus ramas los estorninos descansan tras su largo viaje.
La señora Alba ha bajado la persiana y ha soltado su cabello
el cual, como filigranas, se esparce por la funda blanca de la blanca almohada.
Entre el dolor y la espera de la calma
la señora Alba ensueña un cuerpo desapercibido,
un cuerpo, por decirlo de alguna forma, sin sentido,
un cuerpo que fuera un transporte y no un fin en sí mismo.
Los estorninos se lanzan a la caza al caer la tarde;
la algarabía que por el aire fabrican sus sonidos
llega hasta los oídos de la dama enferma
la cual estaba dormida y comenzaba a soñar
un verde traje de lino ceñido a su cuerpo por un viento marino;
despierta la señora Alba sobresaltada, se quita la compresa de los ojos,
se asoma, a su pesar, a la ventana que tenía bajada la persiana
y observa la bandada de estorninos como si fuera trozos de negro en el azul del cielo;
su cabeza estalla de nuevo, sus manos se agarrotan de dolor, sus piernas flaquean,
su boca se seca y odia la furia de las aves, sus vuelos rasantes, su empeño
en convertir la tarde en una feria de verano.
Cuando cae la noche se hace el silencio,
la señora Alba se acaricia el sexo,
ese placer atenúa el dolor de su cerebro y en el momento del orgasmo, en sus últimos espasmos, el dolor desaparece y su cuerpo se parece a la bandada de estorninos
con sus giros salvajes en el aire cuando pintaba sobre el cielo azul trazos en negro.
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