Veamos las fotos (que muestran elementos de los que no queda rastro. En colores extraños más cercanos al oro que a la sepia, llenas de gentes muertas, edificios muertos, postes eléctricos muertos, ríos muertos, puentes colgantes descolgados) en su calidad de fantasmas.
Una foto es un fantasma. Un momento quieto. Un insulto a la física. Porque nada es inmutable.
La fotografía contiene algo de sagrado, algo de alejado, algo de ubicuo.
Fotos de antiguas amantes, de viejos amigos, de hijos pequeños (que ya son grandes), de pueblos que ya no existen aunque se mantengan sus nombres (no existe Benidorm del año 1964 cuando era un pequeño pueblo de pescadores con un par de edificios algo elevados).
La fotografía en su intento de fijar un presente lo que hace en realidad es fijar un pasado.
Madrid antiguo
Una foto es un fantasma. Un momento quieto. Un insulto a la física. Porque nada es inmutable.
La fotografía contiene algo de sagrado, algo de alejado, algo de ubicuo.
Fotos de antiguas amantes, de viejos amigos, de hijos pequeños (que ya son grandes), de pueblos que ya no existen aunque se mantengan sus nombres (no existe Benidorm del año 1964 cuando era un pequeño pueblo de pescadores con un par de edificios algo elevados).
La fotografía en su intento de fijar un presente lo que hace en realidad es fijar un pasado.
Madrid antiguo
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 18/03/2010 a las 11:12
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