Descendió en la estación de Atocha y se fue a una pensión por el centro de Madrid antes de tener la primera entrevista con el presidente de laboratorios Álvarez. En esa pensión fue donde yo lo conocí. Nos vimos justo en la puerta. Él me cedió el paso. Yo le sonreí y tuve la impresión de que conocía a ese hombre de toda la vida. Luego él me diría que había tenido la misma sensación y le añadió un detalle que me pareció muy hermoso, que me conocía como a un ser muy querido.
Hacía calor en la ciudad, ese calor apestoso de Madrid, calor de ciudad encerrada en sí misma, calor de la Castilla rencorosa y ardiente. El hombre se duchó, se refrescó y salió a la calle. Allí asistió a la siguiente escena: un hombre apaleaba a un perro. El perro sangraba por el hocico. El hombre, cargado con tres tipos distintos de microscopios, no se atrevió a intervenir, miró para otro lado y sintió una congoja intensa. El gesto del perro apaleado y sus gemidos no dejaban de asaltarle su pensamiento. Cuando entró en el vestíbulo de los laboratorios supo que no era un buen momento para iniciar una venta.
Hacía calor en la ciudad, ese calor apestoso de Madrid, calor de ciudad encerrada en sí misma, calor de la Castilla rencorosa y ardiente. El hombre se duchó, se refrescó y salió a la calle. Allí asistió a la siguiente escena: un hombre apaleaba a un perro. El perro sangraba por el hocico. El hombre, cargado con tres tipos distintos de microscopios, no se atrevió a intervenir, miró para otro lado y sintió una congoja intensa. El gesto del perro apaleado y sus gemidos no dejaban de asaltarle su pensamiento. Cuando entró en el vestíbulo de los laboratorios supo que no era un buen momento para iniciar una venta.
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