Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Franz Stuck: Étude d'homme
Franz Stuck: Étude d'homme
He terminado una parte importante de la novela (en realidad he decidido que he terminado. Podría haber seguido con ella. Se abría un gran espacio. Iba a ser lento y meticuloso y quizás un error). He vuelto a escribir unas líneas. He mirado algunos libros con deseo. He imaginado alguna situación. He dejado a un personaje caminando por un pasillo. He dejado a otro personaje ante un descubrimiento. Ahora descansa todo. De vez en cuando aparece el personaje como queriendo decir algo. El personaje que ha descubierto. En su situación, pienso, hay acción, es una situación en la que funciona la dicotomía necesidad o deseo. Se puede optar por esa opción, sigo pensando, estructurar una progresión entre ambos personajes que culmine y luego, serenamente, se olvide. Se puede optar por hacer desaparecer a uno de los personajes como en las películas del antiguo cine francés. Escucho al mismo tiempo un partido de fútbol (ese ruido que tanto necesito). Hacerlo desaparecer sin más, sin justificación, sin argumento.
Ha fluido la tinta verde por el segundo tomo. Luego fluirá un poco más. Unas palabras me han devuelto el aliento. El sonido y la intensidad con que fueron dichas. El momento en que fueron dichas. Las palabras salvan.

Diario

Tags : Archivo 2009 Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/01/2009 a las 21:01 | Comentarios {0}


Tercer apócrifo atribuido a Isaac Alexander


Tratados, someramente, el aburrimiento y la belleza quisiera lanzarme ahora también con brevedad y sin demasiadas alharacas a discernir si tiene sentido llamar cuadernos de bitácora a lo que en este ciberespacio toma el nombre de Blog.
Antiguamente la bitácora era una especie de armario, fijo a la cubierta e inmediato al timón, en que se ponía la aguja de marear. Es decir era el habitáculo de la brújula. El cuaderno de bitácora, por lo tanto guarda en sí mismo (el término digo) una pequeña contradicción pues escrito en la especie a la que pertenece (tomando como género el término bitácora) se podría decir cuaderno del armario (siendo armario la especie del género bitácora) y no cuaderno de lo que el armario contiene que en este caso sería la aguja de marear. Sirva esta digresión para definir también el cuaderno de bitácora que es libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación.
Visto así me parece en exceso metafórico el llamar a un blog cuaderno de bitácora sobre todo por una cuestión que no me parece en absoluto baladí: rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes ¿de qué navegación? ¿De la navegación por la vida, de la navegación por este mar de 0 y 1? Podría imaginar por supuesto un sentido figurado a cuaderno de bitácora y decidir que será de los avatares (en este término reúno a los que se refiere la definición) del tema que el bloguero decida tratar pero esta decisión convertiría el género en especie y me parece que eso sería peligroso para el natural deseo que los humanos tenemos de clasificarlo todo bien clasificado y que de ninguna manera el caballo se pueda colocar por cima del mamífero (pongo por caso).
Así pues -y sin negarme por supuesto a la polémica- no equipararía los términos cuaderno de bitácora y blog sino que los colocaría como géneros distintos de la especie cuadernos como decir, para que se me entienda sin dudas razonables, que caballo y vaca son géneros distintos de la especie mamíferos.

Ensayo

Tags : ¿De Isaac Alexander? Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/01/2009 a las 18:06 | Comentarios {0}


Oía la voz y seguía esa voz. A lo lejos el viento (o cuando menos el movimiento del aire o menos aún cierta ondulación de partículas u ondas) transmitía la melodía, tan melancólica, del Impromptu de Schubert. Oía, decimos, la voz de Cristeta que animaba, dicho sea de paso sin demasiada efectividad, a Milos para que alcanzara la cima del risco con estas o semejantes palabras, Ánimos, micer Isaac (sólo recordar que Milos se hizo llamar a sí mismo Isaac por no sabemos qué extraño capricho de sus cuerdas vocales pues podemos asegurar que él quiso decir su verdadero nombre cuando ella le preguntó o él se presentó ya no lo recuerda, y surgió decirle, Me llamo Isaac Alexander. Y es más que a continuación él podría haber dicho, Lo siento, Cristeta, en realidad me llamo Milos Amós pero mis cuerdas vocales han pronunciado este nombre que no sé de dónde ha venido ni a dónde llevará. Desde entonces buscaba Milos la ocasión de confesarle a Cristeta su verdadero nombre y apellido y cada vez que lo iba a hacer se le hacía un nudo en la garganta y surgía entonces de él, tras tragar una larga saliva, frases llenas de una incoherencia algo infantil lo que permitía suponer a Cristeta que Isaac no estaba del todo en sus cabales) que tan sólo restan dos peñas, algo resbaladizas eso sí, y habremos llegados a la cima de esta serranía y así podrá usted disfrutar de una vista como nunca ha imaginado. Esta arenga fastidiaba a Milos por deducir Cristeta, sin conocerle de nada, que su imaginación no podía imaginar una vista inimaginable ¿Quién podía entrar en la imaginación de nadie? se preguntaba mientras se agarraba con fuerza a un exquisito saledizo de una roca se diría bruñida por un experto alfarero y temía que si no superaba ese escollo caería a un vacío del que ni se atrevía a calcular los metros. Tan sólo sabía que dejaría los sesos esparcidos por el cauce del río seco que era el pie de aquella montaña. Haciendo un esfuerzo superó la roca y cuando tomaba aire -un aire purísimo que dolía en los pulmones- escuchó de nuevo a la cenobita salmodiar unos versos del Cantar de los Cantares, Cazadnos las raposas,/ las raposillas que devastan las viñas,/ porque nuestras viñas están en flor./ Mi amado es mío, / y yo soy suya;/ él apacienta entre azucenas./ Mientras sopla la brisa,/ y se alargan las sombras,/ ¡Vuélvete, amado mío!/ ¡Aseméjate al gamo,/ o al cervatillo,/ sobre los montes escarpados! Esos versos escuchados con las manos cubiertas de desolladuras, con el sudor del esfuerzo, con el temor a la caída si bien no aligeraron su miedo sí le dieron un empuje y se oyó a sí mismo mientras atacaba el último escollo responder, Paloma mía,/ que anidas en las grietas de la peña,/ en los escondrijos de los muros escarpados,/ hazme ver tu rostro,/ déjame oír tu voz;/ porque tu voz es dulce/ y tu rostro es encantador. Milos Amós superó la última roca y, en efecto, ante él se desplegó por vez primera una vista que jamás hubiera imaginado: era el cuerpo desnudo de Cristeta sobre un lecho de musgo fresco, a su alrededor florecían siemprevivas, blancas y pequeñas, tras ella una fuente y más allá el horizonte de un mar lejanísimo. Ella dijo, La fuente del jardín/ es pozo de aguas vivas y él respondió, Ábreme, hermana mía, amiga mía/ paloma mía, perfecta mía.

Cuento

Tags : La Solución Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/01/2009 a las 12:44 | Comentarios {0}


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