Pieza teatral breve
Se abre el telón. En la boca del escenario se alza una pared transparente de la que tan sólo se ve su armazón en la parte superior e inferior y en los laterales. La pared abarca todo el escenario a lo alto y a lo ancho de tal forma que separa (aparentemente) el patio de butacas del escenario.
Tras el muro transparente se ve un espacio vacío con tan sólo una mesa metálica, una silla y un micrófono. Sentado en la silla, tras la mesa y frente a la pared transparente está Ójbar, un hombre de treinta años de unos seis metros de altura por dos de anchura.
Por sus gestos frente a la pared transparente acabaremos descubriendo que él se encuentra frente a un espejo trucado.
Ójbar se mueve con lentitud y agilidad. Su gesticulación orangutanesca apenas es perceptible. Gestos muy pequeños, como aislados.
Su monólogo (si sirve la precisión) es lanzado como si eso fuera lo único que ha dicho y dirá en toda su vida. Palabras que ha ido componiendo en su cerebro por si alguna vez tenía que hablar.
ÓJBAR:
Mi padre era un orangután. Medía por lo menos ocho metros y su pecho daba la vuelta a la manzana. Mi padre tenía una voz de trueno. Luego murmuraba, a veces murmuraba. Desaparecía días. Volvía con unos cuantos billetes y los ojos rotos. Todos le temían. Lo veía siempre en los cuerpos de los que pasaban a su lado. Era un gusto, de alguna forma, ir cogido de la mano peluda de mi padre. Mi padre no me enseñaba directamente. No creo que supiera nada. Su mirada, de vez en cuando, despedía un destello de sabiduría como si fuera tanta que no hubiera palabras para transmitirla. Mi padre, como buen orangután, jamás se fió de las palabras. No sé exactamente cuándo me di cuenta de que mi padre era un orangután. Es muy difícil ver a tu padre de una forma distinta a ser padre. Quiero decir algo que siempre he mantenido en secreto: he estado en Borneo intentando convertirme en orangután. Yo también. Quedarme sin palabras. Hacerme todo gestos, grandes gestos. Dejarme crecer el pelo, ponerme un crecepelo por todo el cuerpo, comer bambú o árboles y frutos. No sentirme, por decirlo de alguna manera. No sentirme. Porque mi padre no se sintió nunca. Lo sé por su ausencia. Siempre que estaba no estaba. Siempre que se iba estaba. Siempre sabía que iba a volver. Cuando le dije que me iba a Borneo a convertirme en orangután me dio la espalda y sentí en su culo su risa. La risa de mi padre consistía en enseñar el culo. No hace falta decir que no lo conseguí. Sigo hablando como un hombre. Creo en la palabra como se cree en los salvoconductos. De mi padre no surgió jamás un hola, un cómo estás o un te mato. Mi padre, lento y ágil se desenvolvía en un silencio tan sólo roto por gruñidos y por murmullos, murmullos broncos, es cierto. En las noches se me vino esta idea a la cabeza. Por las noches de la infancia. Ahora que la puedo mirar con estos ojos que muestran ya un camino recorrido.
En las noches tenía miedo. Porque mi padre aunque orangután no era un hombre bondadoso. Tenía una violencia terrible. Su gesto se desmadejaba. Se rompían sus manos. Apretaba los nudillos y entonces se lanzaba a una orgía de golpes en nuestros cuerpos que aparentaban dormir. Eramos más en la casa. Tenía yo por entonces siete hermanos. Y una madre. Como todo el mundo del barrio. Porque vivíamos en un barrio donde nadie osaba mirar de frente a mi padre. Tampoco nosotros. En las noches yo soñaba con ser orangután con la idea, quizá, de retar a mi propio padre, retarle en fuerza y en orangutanismo. De alguna forma reemplazarlo. Hacerme el dueño del miedo. Eso es hacerse el dueño del mundo. Así veía desde los ojos de un niño al padre orangután. Los días de la infancia. Los días de la infancia. Reconstruyendo esos momentos. Intentando estar a la altura de esa pequeñez. Cuando escucho hablar de los años dorados de la infancia siento una envidia inmensa como la mano de mi padre. Quería tener esa edad dorada, sentía que se me había arrancado, sostenía en mi memoria, como si fuera un cuento que me habían contado mil veces, la luz de la mesilla de noche encendida, el padre que llega, se sienta, coge un libro de cuentos rusos y lo lee con intención, con amor. Mi memoria repetía la imaginería de la edad dorada de la infancia. ¿Qué ocurría cuando se había tenido? ¿Cómo se puede sobrevivir sin aquellos años maravillosos, los que fijan en la vida la esperanza? ¿O lo gocé? Querría haber hablado con mi padre ya en la edad adulta, a vuelta de muchas cosas. Y al igual que se habían creado en mí los ideales de la infancia, se habían forjado a fuerza de recuerdos inexistentes, recuerdos de folletín, de la misma forma digo construí el encuentro con mi padre en la edad adulta. Luego llegaba el día. Luego llegaba la esencia de la vida, la vigilia, de lo que no puedes escapar, lo que te atrapa y te hace respirar y comer cada tantas horas y en esa vigilia, en eso inevitable, aparecía mi padre gruñendo un plato de comida, mirando receloso a su progenie, sin saber muy bien, sin poder, sin querer hablar. Siempre en silencio, siempre gruñendo. Mi madre le miraba con admiración. Mi madre admiraba a mi padre. Y le temía. Porque eso es la admiración, un temor divino, un temor de dios hecho orangután, una imagen totémica. Voy a contarles lo típico de mi vida. Diría lo típico de todos. Lo típico diría si no fuera porque a lo mejor no lo es. No es típico para nada el suceso siguiente. No es típico en el sentido de usual. No es usual. Por mucho que luego digan, Yo también lo vi, A mí también me pasó. No me creo que nadie haya visto a un orangután retozando con su madre. Aquello era un desbarajuste de quiebros y lamentos. La cama. La habitación. Las lámparas. Los entresijos de las telas. Todo palpitaba cuando mi padre montaba a mi madre. No sé muy bien por qué tomé la inclinación de espiarles. Y lo que vieron mis ojos fueron el furor y la lluvia, la concupiscencia y la letanía, un engendro horrible y hermoso. La pura belleza teñida de gritos. Aprendía así, aprendía sabiendo que me iba a ir. Tenía que irme. Quería vivir esa infancia dorada. Aun era niño, pensaba. En la escuela pensaba. Los años de la escuela los pienso a menudo. No los recuerdo. No recuerdo las caras, los nombres. No podría describir el aula, ni los paisajes que se verían a través de la ventana. No recuerdo el piso donde estudié mis primeros años. Sí recuerdo en cambio los silencios cuando llegaba a casa de mi padre y le entregaba las notas semanales y las miraba con una ignorancia inmensa y luego haciendo lo que fuera con las manos emitía un gruñido que mostraba algo de los dientes. Era porque mis notas eran buenas. Apartado y silencioso me había dado por estudiar. No, no por estudiar, sino por meterme en otros lugares que lograran apartar de mí la idea de la búsqueda de mi infancia dorada, aquella que me permitiría ser, de vez en cuando, feliz. En los cuentos rusos que mi padre ideal me leía en esas noches de luna casi llena, los protagonistas tenían una prueba que se resolvía con un premio, un don, con la alegría. Yo quería ser gracioso. Ensoñaba en los momentos más aburridos de las clases de latín, ocurrentes salidas a textos tediosos y me perdía por los jardines de la fantasía y era no ya planta exclusiva en un vergel sino vergel entero. Mis compañeros me rodeaban, el profesor aunque con gesto severo me animaba con un suave cachete en la mejilla y volvíamos al tedio de la tarde con una fuerza renovada y sabiendo que en el recuerdo de todos mis compañeros anidaba mi gracia última y pensaban, ¡Caray, cómo se las gasta!, ¡Es un tío cojonudo!, ¡Me encantaría ser su amigo! La gracia hubiera querido tener. No lo he conseguido. Me apena saber que no podré ser gracioso. Esos seres capaces de echarse una fiesta encima, capaces de satisfacer toda la inteligencia de sus interlocutores, el gracioso que sabe escuchar para retomar el último aliento de lo escuchado y convertirlo en ingenio. Seres así hubieron de ser felices en alguna de sus vidas. Tuvieron de seguro su infancia dorada y contrajeron consigo mismos la responsabilidad de extraer sonrisas a los demás. Porque la sonrisa ha de construirse en la infancia. Todos los sabemos. No tanto por cuestiones científicas, conceptos como cerebro o alma, sino por observación. En la bestialidad no hay sonrisa. En mi casa sólo había bestialidad. Mi madre, pensará alguno, era una mujer normal. No, no, tampoco, mi madre era una bestia también y mis hermanos eran unas bestias y los que es peor, lo que es peor, yo también fui una bestia. Fui una bestia sanguinaria y cruel. En la escuela me convertí en un matón, por mi gran envergadura, por mis conocimientos de los puños de mi padre, por la frialdad de mi mirada, por mi ausencia de sonrisas. Jamás sonreí en aquellos años. En la escuela fui una bestia porque me parecía a mi padre. Mi aspecto era el de una bestia. Ya me ven. Tampoco es para tanto. De ahí deduje que la infancia dorada hace mayores los peligros. Estaba grande para mi edad. Lo reconozco. Y era parco en el hablar y lento en las reacciones. Parecía un retrasado mental. Costumbres de mi padre que yo sin esfuerzo había copiado, dejaba babear mi comisura derecha de la boca. Por eso el profesor no entendía que yo aprobara los exámenes con tan buenas notas y llegó el momento en que sin pruebas fundadas fui expulsado de aquel colegio acusado de haber copiado los exámenes de mis compañeros. Recordaré siempre mi llegada a casa. El arrebato de mi padre para mí incomprensible dado lo inútil que para él era que yo estuviera estudiando y lo que es peor sacando buenas notas. Mi padre orangután, desnudo el torso, me cogió por el brazo y en volandas me sacó de la casa, me metió en un trastero, el sitio más triste del mundo, lleno de humedades y trastos inútiles y allí me dio la tunda de mi vida. No sé cuánto tiempo estuvo pegándome. No sé cuánto hubo de sufrir mi padre para pegarme así, con aquella desmesura, con aquella rabia, sangró su boca de morderse la lengua, sus manos se hincharon de tantos golpes y sus piernas quedaron agotadas tras el huracán de las patadas. Ya no era el dolor lo importante de esa tarde de jueves. No. Hay un momento en una paliza en el que el dolor desaparece, todo el cuerpo queda laso y flojo y permite que la muerte entre a raudales antes que seguir con ese tormento. Así estaba yo, sangrando como un cerdo, con las costillas pinchándome el corazón cuando supe llegado el momento de marcharme. Y lo hice. Las últimas palabras que escuché de labios de mi madre fueron, Y si necesitas algo ya sabes dónde tienes tu casa. Nunca fui gracioso, no pude responder, No, no lo sé. A eso me voy, a buscar mi casa. Gracioso. Ocurrente. Mi cara de idiota y bruto nunca me ayudó. Los hombres nos regimos por los aspectos. Ese primer encuentro. Ese primer momento. Quizá si mi padre hubiera sido un poco menos orangután no se lo habría creído tanto. Creerse a uno mismo. Esa sería, años más tarde, la casa que andaba buscando. Más tarde pensé eso. Cuando ya no había remedio. Me quería alejar de mi vida de bestia. La calle, sin embargo, estaba oscura y fría. Era invierno. Apenas me había recuperado de mis heridas. Tenía el miedo de los brazos peludos de mi padre entre los ojos. Tenía la mirada idiota de mi madre mirando mi cuerpo destrozado y diciendo, ¡Si casi lo has matao, cabrón, si casi lo has matao! Y luego el grito para que tres de mis bestias fraternas me llevaran hasta mi cama donde me dejaron solo para ver si me moría. La calle oscura y fría de la noche de mi huida. Alejarme del barrio donde había soportado mi cara de bestia a todas horas. ¿Qué sería de mi cara en otro barrio? Esa era la luz que me guiaba. Esa era la llama de la esperanza. Seguro que en algún sitio todo se olvidaría. Flamearían en mi nombre unos cirios y algunos llorarían mi muerte. Dirían, Fue un buen hombre o Con la vida que tuvo o No somos nadie. Mi luz era la muerte con dignidad. Alabado por los otros humanos. Aprobado en su juicio sumarísimo. Y no supe ver entonces que todos nosotros, todo nuestro mundo se vestía a veces con la cara de orangután de mi padre. No quise ver en la calle fría y desolada, el futuro que la vida me deparaba. No supe ver que tan difícil es tener una infancia dorada como construirse una vida digna. Porque no depende de uno. Ni lo uno ni lo otro. Y sin embargo si dependen entre sí. Yo me fui. Dormí esa noche muy lejos de mi barrio. Quizá en otra ciudad. porque recuerdo la intemperie de una vía interurbana, el viento y la lluvia marcando mi cara y caer desmayado junto al edificio de una vieja estación. Juro que querría encontrar la gracia. La mezcla perfecta de la comedia y el drama, lo que permite llevarse el siguiente trago con una sonrisa en los labios. Querría encontrar un hecho parodiable en el jefe de estación que me recogió, me miró la cara, la comparó con un tipo buscado desde hacía tiempo por aquellos parajes y llamó a la policía. Debía de ser un tipo muy odiado. Y juro que me parecía a él. Sí me parecía a él. Tenía la misma cara que mi padre. Quizá fuera mi padre. Ya no lo sé. Porque recuerdo el fogonazo de su llegada algunas noches, con los ojos rotos y dándole a mi madre un fajo de billetes que ella recibía con una alegría impropia de ella, mujer boba donde la hubiera. Esos billetes sin embargo alteraban su faz de consuno fea y lanzaban sus ojos unos destellos nada despreciables. Entonces mi padre la cogía y lanzaba un gruñido brutal, casi desesperado, se la llevaba a la habitación, arrancaba su ropa y la poseía con unos gruñidos en todo lastimeros, llenos de dolor. Los policías me comparaban con la fotografía. Hacían cábalas supongo. Yo tenía en mi mente las palabras precisas. Sabía lo que tenía que decir. Sabía expresarme en mi cabeza. Los policías gesticulaban y por fin uno, decidido a hacerme hablar, me pegó un puñetazo a la cara que dio con mi sien en la pared y amanecía en un hospital, muy pobre, muy desangelado y alguien me dio a firmar un papel y se comprometieron a curarme y exoneraba a la policía de las posibles secuelas de su equivocación. ¿Qué iba a hacer? La sombra de mi padre orangután me persiguió desde entonces. Sé que hubo intervalos. Breve ausencia del lado estúpido de la vida. Casi siempre me he mantenido en ese lado. Casi siempre me ha gustado bordear ese latir desamparado de los que no tienen nada que decir. Intenté hablar, lo juro, intenté expresarme. Leí como nunca. Aprendí frases valiosas. Valiosas para mí. Tenía. Tuve una mesa en una pensión y allí noche tras noche apunté en un cuaderno marrón todas las frases y todas las palabras que me llamaron la atención. No lo hacía por aparentar. No lo hacía por, si llegado el caso, hubiera podido llevarme a una chica a mi habitación y con una vela, encandilada, leerle como propias las ficciones de otros. No, jamás lo habría hecho. Yo esperaba que esas lecturas, ese arraigo de mí en las palabras se traduciría en mi gesto, se traduciría en mi forma de mirar, alteraría para siempre mi cara de bestia y escucharía a mis amigos decirle a un recién llegado, Espera a que se ponga a hablar y descubrirás si es tan feo como crees. Intenté crear mi infancia dorada a base de palabras. Pensé, tan sólo al principio, claro, que la sombra de orangután de mi padre se iría quedando pequeña y al final de no sabía muy bien qué, ni cuándo, se diluiría en una agradable atmósfera de bienestar. Argüía muy poderosas razones para este cambio de mi vida. Lo veía factible y el impulso de una juventud que se asomaba se iba encariñando conmigo. Larga es sin embargo la sombra. Larga y mortal. Larga la mano de mi padre, largas sus cejas pobladas y juntas, largas las noches que sin ser recordadas siempre estaban presentes. Un día y otro día. Era en el mundo de los sueños donde más a menudo se hacían visibles, se materializaban en prodigios extraños y atroces que me hacían despertar sudoroso, lleno de ansiedad y de un infinito terror. Sabía que todo pertenecía al pasado, sabía que el futuro estaba en mi mano. Alguien me lo había dicho. Alguien empeñado en cuidarme una temporada, en casa de una familia humilde, una casa de acogida quizá. Dormía con otros. También descarriados. Mis aullidos les infundieron un pavor desconocido para ellos. Me alteraba. Me decían hombre lobo, hombre mono. La juventud. La juventud. Entonces esperaba la juventud. La juventud dorada. Deseaba, ensoñaba, un piso donde deambular como en una jaula pero sin ser visto que es lo bueno que tienen los pisos. Admiraba esa capacidad mía de fabular cosas tranquilas. Como si la felicidad estuviera en la tranquilidad. Adoraba esos momentos míos antes justo de caer en el sueño cuando podía con la fuerza de mi mente trasladarme a lugares perfectos donde incluso había la caricia de una mano amiga, la suave conversación con personas sensibles, el cuadro pictórico del paisaje, y un sinfín de sutilezas todas ellas destinadas a embriagar el paladar más exquisito, llenarlo de aromas, de sabores, de alegría de vivir. Justo antes de dormir. También tuve estas visiones el día que acepté mi primer trabajo. No sentí una punzada en el estómago cuando el tipo hizo referencia a la fama de mi padre y me descubrió su especialidad. Yo necesitaba dinero porque ya era joven. Y acepté porque jamás me ofrecieron otra cosa. Sé que los hombres hechos a sí mismos encuentran al final el trabajo que ellos buscaban. Sé, conozco los cuentos rusos. Acepto que eso se dé en la humana naturaleza. Por eso sé que yo no soy un hombre hecho a sí mismo. Por eso todos entenderían que yo razonase la imposibilidad de hacerse a sí mismo. No lo haré. Hay razones para hacerse a sí mismo. Muchos lo habrán conseguido. He leído muchas de esas biografías milagrosas donde todo se va urdiendo por medio de un hilo encantador. También me ha parecido siempre envidiable. A mí se me encargó lo que hacía mi padre. Pagaban un precio que me permitiría vivir. Decidí pagar... y cobrar. Al principio sentía frenesí. La primera vez me rompí la nariz. Luego hice mejor las cosas. Siempre buscaba una calle húmeda y a ser posible fría. Lo hacía con devoción. Poniendo mis cinco sentidos. El mundo se me iba en demostrar al mundo que merecía la pena, el esfuerzo de conocerme. Porque conocer cualquier cosa, cualquier ser requiere un esfuerzo y en muchas ocasiones doloroso. No, no, de nuevo no necesariamente. Si hubiera estado un gracioso aquí, un ser amable, bienaventurado, habría puesto el grito en el cielo. No, no, en el amor, en el amor ha de darse necesariamente la dicha de conocer. El amor ha de ser dichoso. Tantos han hablado de él, tantos han escrito sobre él que no debe caberme la menor duda de que el amor existe. Fuera invento o sentimiento natural el amor es una expresión de las personas. Hay personas que deben amarse una barbaridad. Ese amor que conjuga encuentro y distancia, que se teje velada tras velada, que se huele como el primer día de primavera. Ese amor que se entrega con una generosidad impagable. Yo no pedía tanto. Yo pedía el esfuerzo de conocerme. Pedía el esfuerzo. Mi desgracia fue que no dejé de crecer y no dejé de hacerme fuerte. Era muy fuerte. Era el más fuerte de aquel nuevo barrio, probablemente en una nueva ciudad. Y como a todo joven le ocurre, la llama del deseo se encendió en mí una mañana de octubre cuando una mujer se tropezó en la escalera con mi enorme cuerpo todo vestido de negro. Nos miramos a los ojos y me enamoré para siempre. Extraño estado, el deseo. Yo no quería ir. Quería que ella viniera. Quería que fuera ella la que se entregara a mis brazos. Deseaba sus nudillos en mi puerta. Tenía que ser ella, me decía, noche y mañana y tarde de todos y cada uno de los días a partir del primero en que la vi. Porque tenía que ser así. Me decía. Luego supuse que no le gustaría que le hablara de mi trabajo. Intenté alejarme de ella. Busqué cambiar los horarios y me sobrevino un insomnio terrible y los sueños, los sueños se mezclaron y aparecía mi padre tomando por la fuerza a aquella mujer y poseyéndola como a mi madre y la destrozaba y le arrancaba las caderas y se producían ríos de sangre en mis sueños y yo me veía incapaz de acudir en su ayuda porque era ella la que tenía que acercarse. El amor lo llamé cuando supe que me tenía que marchar de allí. Me fui muy lejos, a ser lo que en realidad me había negado a ser desde que nací. Me fui a Borneo para convertirme en orangután como mi padre. Por entonces ya medía seis metros, tenía una mandíbula brutal y mi mirada, ceñida a mis cuencas orbitales de una profunda concavidad, se mostraba siempre hostil. En Borneo encontré la selva y los orangutanes y la decepción me imbuyó y no sé si hoy, después de tantos años, he logrado arrancarme esa tristeza, esa amargura cuando me encontré con ellos y supe que ni yo ni mi padre éramos orangutanes. Nosotros no teníamos su mirada triste y sus pelo rojizo. Nosotros no dormíamos en las ramas de los árboles y hacíamos nidos para una sola vez. Nosotros no nos alimentábamos tan sólo de frutos. Nosotros éramos más violentos. Nosotros amenazantes, podríamos declararnos dueños de la fuerza aunque no de la estima. Mi padre y yo no éramos orangutanes. Mi padre, en realidad, era una bestia mezclada, una metamorfosis del hombre hecho animal. Del hombre que muestra sin recato toda la fiereza que lleva dentro. Mi padre, descubrí en las noches al raso en las selvas de Borneo, quizá fuera el hombre más sincero de cuantos había. Porque él no había ocultado su ser. Desde niño había sido la bestia y nunca escuché un gruñido de rabia o de indignación por su naturaleza bestial. Jamás puso el alarido en los cielos, jamás echó en cara nada de lo que la vida le había mostrado. Se movía lento y ágil por las horas, no dejaba al pensamiento, a la reflexión actuar sino que movido por su instinto natural despedazaba al tiempo, lo engullía como un Urano cualquiera, no permitía que fuera su dueño y así lo mataba, minuto tras minuto sin permitir jamás que él le asediara. En los días de Borneo, en las noches de Borneo, rodeado de auténticos orangutanes, la imagen de mi padre se fue haciendo más grande. Porque yo sí pensaba, porque a mí el tiempo sí me había atrapado entre sus garras y hacía conmigo lo que quería. Porque me había empeñado en no contribuir a mi destino y en esa lucha, en esa lucha, mi único don, la fuerza, se me estaba yendo. Una mañana de hembras en celo y machos buscones, una mañana de fuertes vientos y calmas repentinas. Una mañana azul y gris, con la amenaza de una lluvia tropical sobre nosotros, pensé por primera vez que quizá mi padre me amara. Pensé que mi padre era capaz de amar, le otorgué un sentimiento y ese relámpago de mi imaginación parece que se exteriorizó en el cielo porque al punto estalló un relámpago en Borneo y luego una turbamulta de nubes comenzaron a atropellarse y las hembras y los machos terminaron de copular rápido y los árboles se mecieron como si estuvieran borrachos y yo corrí hacia un refugio mientras gritaba, Mi padre me ama, Mi padre me ama, Mi padre me ama, Me ama, Me ama, Me ama, Me ama, Me ama. Y mi grito se unió a la tormenta y asustó a las bestias y me dejó frente a mí, como si la selva fuera un inmenso espejo. Me miré en la selva, en el verdor de las plantas que nunca sabré nombrar; en los artrópodos, verdaderos reyes y señores de este planeta, en su labor infinita; en los animales con pelo y en los animales con plumas y en los animales del río me fijé y todos eran yo sólo que ellos se encontraban en su lugar, estaban ahí, no tenían intención ninguna, voluntad diría, de meterse en un avión y trasladarse por ejemplo a mi país, un lugar frío, seco y de montañas altas donde quedarían atrapados en las miradas aterrorizadas de los ciudadanos. Pasó el tiempo suspendido del grito dado. Pasó el tiempo porque yo lo sentí pasar. No lograba desprenderme de él. No así mi padre orangután el cual, a base de espacio, de ensancharse hasta lo hiperbólico, de no dejarse engatusar por ese aroma de algo que pasa pero que no se encuentra en ningún sitio, había logrado burlar al tiempo y se había quedado quieto en su espacio, temido por todos. En la selva de Borneo su figura se fue haciendo más y más gigantesca y ahora la infancia pasada junto a él, el tiempo en que todo su fuerza ejercía su presión minuto tras minuto, se me empezó a antojar como una infancia dorada. Las imágenes de folletín se fueron desvaneciendo y las auroras dejaron de provocarme dulzura para pasar a ser la señal que indicaba el inicio de la caza. Hubiera deseado que mi padre me hubiera visto en esos amaneceres cuando con rapidez, sin perderme en los colores ni en el canto de las aves ni en el desperezarse de los mamíferos, afilaba las puntas de mis flechas, tensaba mi arco primitivo y con los pies acostumbrados a la desnudez, me adentraba en un mundo que no era mío, al que yo sabía espejo, al que no debía nada. A veces, sometido quizá al espejismo de la sed o del cansancio, urdía una caza junto a mi padre. Yo iba tras él, intentando caminar como él camina, intentando mantener el cuerpo con la misma actitud vigilante del suyo. Midiendo cada pisada como si fuera la primera. Mi padre alto como un árbol viejo, pesado como la roca, poderoso se detiene y alancea, con una precisión exenta de victoria, el cuerpo de un felino. No haremos fuego. Sólo despellejaremos al animal y comeremos su carne cruda y beberemos su sangre hasta quedar tendidos en el suelo de la selva. Es al despertar cuando sé que estoy solo. Unas hormigas intentan comerse mis orejas. Salto. Me las quito de encima. Sé que he de volver a mi país y ser un hijo orangután. Al volver ocurrió un hecho curioso en el aeropuerto de Banjarmasin. Un policía aduanero, con el respeto que impone una bestia como yo, me preguntó algunas cuestiones en su lengua y luego en otra lengua que me dio a entender que yo había de entender por no sé qué cuestión internacional. El policía aduanero se iba encrespando dentro de su uniforme y bajo su gorra oficial y de repente yo me acerqué un poco a él, tan sólo un poco y le gruñí, muy suavemente como lo hacía mi padre cuando le entregaba mis buenas calificaciones de la escuela. El policía aduanero comprendió mi exigencia y selló mi pasaporte sin volver a mirarme. Una pareja detrás de mí hizo un comentario al respecto, algo así como, ¿Qué le habrá dicho?, ¡Joder cómo se ha quedado!, en una lengua que yo entendí y por primera y última en mi vida saboreé la miel del gracioso al volver mi frente hacia ellos y decirles, Le he dicho que soy un orangután. Y la pareja aterrada reía la gracia como si tan sólo así pudieran salvar sus vidas. En el avión el encuentro con mi padre orangután era lo único que me importaba. Era una obsesión. Era la vuelta del hijo pródigo. Yo sería de alguna forma la expresión de su inmortalidad. Me plantaría ante él de tal forma que sabría casi sin mirarme que su trabajo estaba hecho. Quizá se lanzaría a recordar los duros días de su propia infancia. Quizá se acordaría de su mujer muerta ya, desde el día en que la descoyuntó mientras la montaba. No, no fue un accidente. En realidad él lo sabía. Mi madre estaba vieja. Tendría más de setenta años. Mi padre orangután efervescente, brutal, más brutal aún si cabe con la vejez, seguía con sus prácticas sexuales como si fuera joven. Era joven. Siempre es joven mi padre. No muere ni vive nunca. Ya he dicho que él no siente el tiempo. Mi madre sí lo sentía. Lo sentía con cada parto, uno tras otro, hasta veinticinco partos, hasta que le sacaron el útero y la dejaron vacía y pensó ella que así al fin descansaría. Grave error de cálculo. Mi padre orangután llegaba noche tras noche y la cogía y la volteaba y la tomaba, frenético, como si fuera la primera vez, cada noche la primera vez hasta que una de ellas, la última, los huesos de mi madre no soportaron los embates de mi padre orangután y la desencajó, articulación por articulación, y cuando mi padre llegó al cenit se corrió en una muñeca vieja, de trapo, muerta. No fue más lastimero el gruñido del gozo. No hubo una modulación que nos avisara de que había destrozado a la madre. No hubo por supuesto saco lacrimal ninguno. Quizá mi padre orangután al verme sentiría que yo también descoyuntaría a mi propia esposa. Eso pensaba mientras volaba sobre países que mi afán por el reconocimiento de mi padre me había hecho olvidar. Llegué a mi ciudad. Salí por la boca de metro de mi barrio y me dirigí hacia la calle de mi padre. Estaba entusiasmado de amor por mi padre orangután. Se me salía por los ojos todo el amor que le tenía. Todo lo que no había entendido. La sutileza de su mente siempre en apariencia bestial. Durante el viaje en avión, aún antes, durante mi estancia en la selva de Borneo, su imagen, su apariencia se había ido diluyendo y ahora, cuando me acercaba al portal de su casa, se me antojaba con un aura de luz, con una sabiduría imprescindible para entender las causas, motivos y razones de nuestras estancias y nuestros pensamientos. Me sentía orgulloso de todo lo que había callado, de la fuerza de su constancia, de su constancia a secas, casi, casi -si humana hubiera sido su conducta- de su testarudez. Cuando doblaba la penúltima esquina antes de afrontar la acera de mi padre orangután se me llenó de rabia el ánimo. No quiero explicarlo de mejor manera porque ahora era una llama lo que me recorría el cuerpo. Iba caminando a grandes trancos como algunos héroes antiguos cuando sabían llegado el momento de enfrentarse por fin con el final de su destino; caminaba con la cabeza erguida, con el pecho expuesto, con la mirada fija en el número 23 de la calle; caminaba y fue cierto que a mi paso todos se escondieron, alteraron su trayectoria, desviaron las miradas. Tiré la puerta abajo. Recordé los tiempos gloriosos de mi padre orangután en las lejanas madrugadas, su golpe certero en la cerradura, el estrépito de la puerta de hierro al caer sobre el suelo de mármol, los sobresaltos en las casas vecinas pero ninguna luz. Nunca ninguna luz. Supuse que mi padre orangután había entendido el mensaje, la referencia que dirían sesudos críticos al hablar de obras ajenas, a su pasado. Mi padre orangután, sabio y por lo mismo invisible su sabiduría, habría entendido mi homenaje, se estaría levantado de su silla, se miraría quizás en el espejo, calcularía los años que estuvimos sin vernos, sopesaría la primera reacción tras tanta espera y al fin, sosegado, sabiendo que por fin lo había hecho bien, me invitaría a cenar para sentarnos juntos y charlar durante horas –o días- de todo aquello que nunca pudo expresar. Mis pasos en las escaleras le marcaban los segundos que faltaban para vernos. Y yo, el hijo orangután, subía y mi corazón golpeaba mi pecho con una exactitud que me dio miedo. Y yo, temeroso de la sensiblería, no sentía apenas esa inmensa gracia descubierta en las selvas de Borneo. Yo, no, no, no quería hacer algo. Era mi pensamiento. Yo no quería hacer algo. Lo achaqué a las dudas tras la decisión. Porque la decisión inicia el camino de la duda. Es mejor no decidir. No decidir nunca en nada. No dudar nunca. Esa era una de las enseñanzas mudas de mi padre orangután. Esa era una enseñanza teórica para mí. Como lo era también la teoría del silencio. Ya me escucha. Subía por la vieja y empinada escalera de caracol, tan temida en mis primeros años, en los de la infancia que fue dorada pero que yo no supe que era dorada; recordé mi flaqueza en las piernas, la carrera pánica de los últimos tramos, la respiración infantil con algo de lágrimas. Ahora no, ahora subía fuerte, cada vez más fuerte, mis narices eran hocicos de cien bueyes que se niegan al holocausto. Resoplaba y mis rodillas, como si quisieran ser las heraldas de mi fuerza, levantaban las piernas y caían sobre la peldaños de madera agrietándolos. Mis manos, cada una de sus partes, acumulaban la sangre en sus músculos, presagiaban el instante del impacto en la puerta de hierro. El pensamiento seguía también constante en su desvarío y sólo decía, Yo no quiero hacer algo. No sé qué es. No quiero hacer algo. Y así llegué hasta el penúltimo rellano. Lo siguiente sería el piso de la casa de mi infancia. Tras la puerta estaría mi padre orangután encanecido y en silencio. Dudé porque había decidido y subí el último tramo de escaleras. Lancé un golpe contra la puerta. No me dio tiempo a más. La sombra de mi padre apareció y, lento y ágil se lanzó a mi yugular. Pude esquivarlo mientras pensaba Yo no quiero hacer algo, No quiero hacer algo. Encogí mi cuerpo y estrellé mi cabeza contra sus testículos. Mi padre orangután cayó hacia atrás, ya dentro de la casa, quiso en último esfuerzo cerrar la puerta con la punta de sus uñas y al ver que no podía esperó mi ataque con la más fiera de sus miradas. ¿Cuál fue mi grito?, ¿cuál fue mi anhelo? Entré como un niño descomunal, lleno de venganza. Descubrí mi fuerza. Descubrí lo que yo mismo había aprendido. Y vi algo que mi padre me había estado enseñando siempre: él era una sola bestia. No tenía nada dentro. No tenía sesos. No quería tenerlos. El era una bestia y toda su vida había sido una bestia y estaba dispuesto a matarme si no lo hacía yo antes. Ese fue mi grito. Me abalancé sobre él y lo destrocé a mordiscos, a golpes, a cabezazos, a patadas y le recordé los horrores de mi niñez mientras le mataba; sí le mataba, le mataba, mataba a esa bestia sin nada, mataba en nombre de todos y así grité sus nombres. Todo había sido en la oscuridad. Abrí las contraventanas y entró la luz. La luz de la tarde. Observé la papilla de mi padre orangután esparcida por el suelo del salón. Tenía hambre. Me senté junto a sus sesos y haciendo un gesto feliz me los comí.
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La mujer de las areolas doradas
La Solución
Listas
No fabularé
Perdido en la mudanza (lost in translation?)
Sobre la música
Sobre las creencias
Tríptico de los fantasmas
Velocidad de escape
¿De Isaac Alexander?
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