Se revuelve como todas las mañanas. Deja que las horas pasen. Abre los ojos y los cierra. La luz no acaba de entrar. Se levanta mucho más tarde de cuando lo hubiera deseado. La culpa lo mantiene en la cama. Tumbado. Apretando los ojos. Y sueña asuntos con amigas de hace mucho que provocan cierta angustia, la incapacidad de no saber cómo resolver aquello (que no sabe con exactitud lo que es).
Avanzada la mañana. Parece que la primavera asalta. Cantan los pájaros y los tulipanes -tan efímeros como la vida- abren sus pétalos para recibir la luz del sol y permitir que las abejas entren y hurguen en sus estambres. Desayuna junto a la ventana abierta. Escucha a un mismo tiempo la voz de los pájaros y los aullidos de la última guerra. No sabe por qué. La herida siempre abierta.
Lee a un hombre contemporáneo. Escribe tres palabras. Le asalta el deseo de adormilarse. Hoy tampoco será el día. No, hoy tampoco... se repite. Respira fuerte. Decide sobreponerse. Decaerá pronto.
¿Cómo se puede justificar que no ataque? ¿Cómo es posible que no se desnude y grite y acuse? ¿Por qué mantiene la herida abierta? ¿Por qué no muestra las certezas? ¿Aún hay tiempo? ¿Habrá un arrepentimiento?
Friega. Cocina. Come. Reposa. Vuelve a la labor inútil. Siempre fue un inútil. Su labor lo fue siempre. Toda labor, en última instancia, debe de serlo. Porque nada de lo humano le es ajeno. Porque jamás dejó de escuchar. Dentro de poco se enfrentará al mundo y todas sus relaciones estarán marcadas con el estigma de la culpa. Algo hubiste de hacer, se dice, como si no fuera posible que se actúe contra alguien sin que éste merezca semejante acción.
Mis secuestradores, medita, malditos canallas, no me abandonéis. La tierra para un sólo hombre es inmensa. Pensad lo fácil que es perderse. Pensad lo mucho que conviene al ser humano sentirse amparado.
Cuando caiga la noche se drogará con imágenes. Se acostará tarde. Para no despertar.
Ayuntamiento de Stockholm