Sobre el Juez G. (una historia verdadera)

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 31/01/2012 a las 19:21

En España se está juzgando al juez G. por perseguir a corruptos y por intentar que, en base a la ley de la Memoria Histórica, se pudieran exhumar los cadáveres de los rojos que yacen en las cunetas de media España tras la última guerra civil.

Yo quiero contar una historia que le pasó a mi amiga M. con el juez G.
Mi amiga M. es una mujer excepcional; excepcional en muchos sentidos; desde joven era muy grande, muy gorda, muy mullida, muy afable. La conocí cuando trabajaba en un grupo teatral de los años 80. Ya entonces su carácter afable, su cuidado -quizás excesivo- de las personas, le hacían parecer un ser angelical con las hechuras de un humano. Porque M. es fea, o por decirlo de una manera menos insultante -porque no es ésta mi intención- las facciones de M. no eran, ni son, las comunmente aceptadas como bellas. Quizá Gaultier, le hubiera hecho un hueco entre sus modelos como se lo hizo a Rossy de Palma.
Su vida fue dura, es dura y será dura por una decisión que no sé si llamarla consciente o inconsciente. A mediados de los 90 abandonó el artisteo y se fue a la selva del Amazonas para conocer a una bruja de una tribu cuyo nombre he olvidado para que la iniciara en los arcanos de su saber. M. debía recorrer todos los días un camino de más tres horas en plena selva hasta llegar al lugar donde vivía la bruja. Ésta, al final, aceptó tomarla como aprendiza y la inició -para alcanzar el conocimiento- en la ingesta y control de la ayahuasca, una hierba alucinógena y cuyas propiedades te permiten navegar en el tiempo.
A lo largo de seis años, M. pasó largas temporadas en la selva amazónica. Cuando volvía a España trabajaba de camarera o de limpiadora, de lo que fuera, para sacar un dinero que le permitiera volver a Brasil. Vivía en cuartuchos. Comía lo que podía. Malvivía en la Costa Brava.
Al sexto año, la bruja de la selva le anunció que había terminado su aprendizaje y que ya podía, con la técnica de la ayahuasca que había aprendido, ayudar a otros seres a encontrar su camino, a reencontrarse consigo mismos, a aceptar su pasado para poder disfrutar del presente. M. con la ayuda de un indio de la tribu amazónica, comenzó su trabajo en España trayendo la ayahuasca directamente del Brasil.
Y fue en uno de esos viajes cuando ambos, M. y el indio, fueron detenidos en el aeropuerto de Barajas y acusados de tráfico de drogas. El juez al que se le asignó el caso fue el juez G. M. fue llamada a declarar y durante tres horas fue interrogada por el juez.

Hay un axioma, o un principio, que dice que la ley no es la justicia. Yo corroboré este principio cuando una noche de verano, cenando con unos amigos en la sierra, uno de los cuales estudiaba las oposiciones a juez en la escuela de jueces, nos comentó que, entre las enseñanzas que se impartían, se recomendaba que en los juicios no se mirara al reo porque el juez no juzga personas sino hechos.

Tras la declaración de M., el juez G. la dejó en libertad sin cargos y también al indio. Porque su inocencia era tan palpable que, efectivamente según los hechos, habían cometido un delito contra la salud pública, pero hubiera sido del todo injusto condenarlos por un delito que ellos nunca habían querido cometer. Su intención era la contraria: sanar a las personas (estuvieran equivocados o no), ayudarlas, honestamente, a mejorar. Y aquí la palabra honestidad es esencial.
La inocencia de su acción quedó de manifiesto cuando M., al levantarse le preguntó al juez G.: ¿Y dónde puedo recoger la ayahuasca? El juez G. sonrió y le dijo: A ésa no la puedo dejar libre. Y tú tampoco la puedes volver a traer.

Yo no conozco personalmente al juez G. y sí conozco personalmente a M. No sé si el juez G. es un mal juez pero lo que sí puedo afirmar es que es un buen hombre y creo que no debe ser mala cualidad la bonhomía para impartir justicia.
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