Saturnales Escena 6ª

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/01/2023 a las 17:54

Monólogo para una sola voz y varios sonidos



Mismo escenario que en la escena 5ª
Amanecer del día siguiente. En pianísimo cambio de luces vemos la salida del sol a través de los cristales.

FERNANDO  está sentado en una silla de despacho tapizada con imitación a cuero en color marrón claro. Lleva los pelos revueltos. Bebe a sorbos un café con leche que humea como también echa vaho él.

FERNANDO:

Está. No hay cuatro dimensiones precisas. Siento el olor suyo como ocurre cuando paso ante una higuera que me trae la infancia en sus aromas. Está. ¡Cómo puede ser tan bello el cielo! ¡Cómo no se mantiene la sensación!.. si fuera todo el día... recuerdo... la noche, camina a oscuras (hablo en tercera persona porque aunque sea yo el que camina también es yo quien lo observa y al haber decidido hablar de lo observado no puedo por menos que tratar de él al yo que yo observo), está inquieto, casi podría estar rozando el miedo o eso es sólo representación del yo que observo. Juraría y pondría la mano en el fuego a que tiene miedo: el azote del viento, las nubes en el cielo que veloces ocultan y desvelan la cara de la luna, la calma de repente que se hace en el mundo porque el viento para, caprichoso, para y se entretiene en otra altura; el sonido de la vida aparece cuando enmudece el viento, animales que reptan, animales que vuelan, animales que zumban, animales que se esconden, los que chapotean, los que acaban de estirar la pata. Esos son los elementos que invitan al temor. Si no vemos nos asustamos. Si no sabemos decir claramente esto es árbol, eso cenicero, eso ciempiés, eso museo, eso cima; si no podemos concretar en una sola cosa el universo, entonces, sí, entonces, sentimos miedo. Él también. Yo también.

Pausa no muy larga. Da varios sorbos al café. Acaricia a una perra que no está a su lado. Respira hondo. Coge un folio. Se pone las gafas de ver de cerca. Lee lo que está escrito en silencio. Deja el folio sobre el escritorio. Deja también las gafas. El primer rayo de sol ilumina las puntas de su pelo.

FERNANDO:

Ha caído en la trampa. Se ha roto las dos piernas. Se ha roto las dos piernas. De lejos llega el sonido de la turbamulta. Ahora sí siente. Hasta mi corazón lo siente. Siente lo que siente el suyo. Son hombres que cazan hombres. Descubre que es presa hombre. Sabe que van a llegar. Lo van a izar. Lo van a sacrificar. Se lo van a comer. Manjar para los dioses. Piensa mientras escucha cómo aumenta el sonido de la turbamulta en sus últimas palabras y sé (ahora abandono como yo al que observa y desde ahora yo seré el que antes era él, el observado) que el que me observa no puede seguir con su narración porque cuando me cojan, cuando me icen, cuando me asen, él será yo y las quemaduras las sentirá en su piel. Tenemos la misma piel. Sí, mis últimas palabras. Saber que haré honor a Cioran que aconseja morir solo, sin estar rodeado de nadie y menos de seres que alguna vez te quisieron. A ésos hay que alejarlos. La muerte es una acto demasiado íntimo, un acto que como el cagar no admite público (siempre hablo de la civilización en la que vivo, siempre sueño en las señas de identidad de mi civilización. No se puede soñar desde otras civilizaciones). Mis últimas palabras serán gritos y silencios.

Pausa. El sol va bajando desde su cabello hacia su torso. Cierra los ojos. Su gesto se contrae en un gesto de dolor -como si el sol que baña su rostro fueran las brasas donde es asado- y grita gritos mudos y respira agitadamente y así, mientras se asa, va cayendo sobre el escenario el telón.
 
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