Revuelta

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/03/2026 a las 20:23


Eran las nueve menos diez. Habíamos quedado hacía veinte minutos y él aún no había llegado ni me había llamado ni había respondido  a los mensajes que le había estado enviando. Yo tenía quince años y él también. El andén se estaba empezando a quedar vacío. Las gentes terminaban de despedirse. Mi vista, como si fuera una estatua, estaba fija en las escaleras mecánicas que bajaban desde el vestíbulo y por donde él tenía que aparecer antes de ocho minutos. Sólo quedaban ocho minutos. Encendí un cigarrillo y me apoyé en una de las columnas que sustentaban la marquesina que cubría los andenes. Fumaba. Miraba. Recordaba. El plan no podía fallar. Había gente que nos esperaba y que nos echaría una mano los primeros meses. Luego todo rodaría de manera natural. Recordaba sus ojos cómo brillaban cuando la noche pasada, en el parque de La Guindalera, nos habíamos dado el último beso antes de irnos cada uno para nuestra casa. Él me miró, casi delirante, y me dijo, Juntos para toda la vida. Desde mañana para toda la vida.. Yo le respondí, Para toda la vida, mi amor, para toda. Vete. Vete. Él salió corriendo, se detuvo y gritó, ¡A las ocho y media! En cinco minutos el tren arrancaría. Nadie bajaba ya por la escalera. Y ¿si no venía? Di la última calada. Miré una última vez. Hacía frío. Quería irme y estaba aterrada y sentí, de repente, una soledad dura y oscura como obsidiana. Con rabia pise la colilla. Me eché la mochila al hombro. Subí al tren. Justo cuando iba a entrar al convoy creí ver por el rabillo del ojo a alguien bajando a toda velocidad por la escalera. No quise cerciorarme. No sé por qué deseé la sorpresa. El tren arrancó. Encontré mi asiento. Dejé la mochila. Me acomodé y cerré los ojos. Que pasara lo que tuviera que pasar. 
 
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