Puestos a prohibir

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/05/2010 a las 13:12

Tres son las prohibiciones que ahora me vienen a la cabeza de este gobierno social-demócrata que me alejan de él: la prohibición de fumar en lugares públicos, la prohibición (que quieren aprobar) de que los bollos y otras chucherías contengan regalos y una última que he leído hoy que consiste en prohibir los anuncios de contacto sexual en los periódicos.
Creen que prohibiendo lograrán impedir lo que para ellos son lacras sociales. La sensación que me producen estas prohibiciones es que están dirigidas no a quien promueve la inmoralidad (no digo yo que sea inmoral, lo dice este gobierno tan moralista) sino a quien por costumbre utiliza unas cosas u otras.
Sólo a beneficio de inventario pienso: una de las dos armas más poderosas de consumo consiste en crear una analogía entre el producto a vender (un coche, por ejemplo) y una mujer joven. Si te compras el coche, te viene a decir el anuncio, follas con ésa (no me atrevo a escribir "te la follas" aunque sea ése el verdadero mensaje: con ese pedazo de coche, machote, te follas a quien sea). El sexo sigue siendo un tabú tan intenso, tan extendido; el sexo contiene un deseo tan latente y evidente de tantas frustraciones humanas que me resulta difícil entender cómo a nadie se le puede ocurrir que por decreto una forma de encuentro sexual se erradique.
¿Por qué el comercio sexual es tan depravado? Aventuro una respuesta: porque no está plenamente regulado, legalizado y valorado como un trabajo bueno para la salud de una comunidad. Una comunidad que no folla o folla poco o folla mal es una comunidad con mala follá, que se dice. Una manera de evitar el abuso sería que la propia sociedad fuera superando sus prejuicios en vez de crear unos nuevos. Una sociedad donde mujeres y hombres entendieran la sexualidad como un lugar hermoso, peligroso, excitante, delicado, callado o estridente; una sociedad en la que el encuentro sexual fuera tan natural que pudiera realizarse a la vista de todos (si así se quiere), donde los ardores fueran celebrados con largos encuentros ecuménicos en amplias avenidas; una sociedad desinhibida tendría un efecto curioso: no necesitaría (tanto) los anuncios de contactos... ¡Prohíbalos usted, señora ministra, y asistirá a un aumento de la depravación!
Ocurre lo mismo con los regalos en las chucherías: ¿qué motiva la obesidad en los niños, su mala alimentación? Desde luego no la chuchería. La chuchería es un efecto. Es olvidarnos de que el ser humano es cómodo, indolente y codicioso. Pero sobre todo cómodo. Una sociedad mecanizada, que evita el esfuerzo físico. Una sociedad de horarios imposibles y normas de conducta robóticas ¿cómo no va a poder disfrutar de la levísima recompensa de un avioncito dentro de un huevo Kinder? ¿Y quién puede obligar a nadie a cansarse, a sentir hambre si no se educa su cuerpo ( sólo se educa una parte de él: la cabeza, que por cierto sólo es su octava parte y es la que menos movimiento muscular tiene)?
Y en cuanto al fumar: ¿cuánto de interés crematístico tiene este afán por defender a nuestros pulmones del humo del tabaco? Porque si realmente el interés fuera honesto entonces la extensión de la protección contra humos habría de ser inmensa. Unos ejemplos: ¿cuánto humo de tubos de escape inhala un niño en su cochecito durante el trayecto que le lleva desde su casa hasta el parque? ¿A cuántos cigarrillos corresponde esa inhalación? ¿Cuánto agrede la nube de smog que tantas veces se coloca sobre nuestros cuerpos en los largos y fríos días de los inviernos con sus calefacciones encendidas a todo meter? ¿Y el humo de las refinerías? ¿Y el humo de las papeleras? ¿Y el humo de los vertederos? ¿Y los gases de los aires acondicionados y su calor -que es una forma de humo sobre todo en verano- que expulsan a las calles?
Tengo la impresión de que siempre que se prohibió, se jodió y no desapareció lo prohibido.
Ensayo | Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/05/2010 a las 13:12 | {0}