La suma de todas sus virtudes se vieron reducidas a cero -para parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra- el día en el que Vivria Soloz se desnudó en lo alto de la cima y se pegó una ráfaga de cien tiros metiéndose el cañón de su arma de repetición por el coño. Su cuerpo quedó hecho pedazos. Hasta le saltaron de sus cuencas los ojos. Ni su marido ni sus diecisiete hijos ni por supuesto su director espiritual acudieron al sepelio que, por expreso deseo del cónyuge, se hizo fuera de sagrado. El Opus les dio la espalda. El director espiritual que tantas buenas viandas había comido en su casa, hechas con todo el amor por su esclava favorita -lo de esclava dicho, por supuesto, de forma católicamente cariñosa y perversa-, repudió a la suicida y más aún por la forma obscena que había elegido para matarse y aseguró que maldeciría a cualquiera de sus descendientes con el que se encontrara desde ese momento en adelante, incluso aunque fuera una casualidad, que la casualidad, sentenció, siempre es obra del diablo. Nadie volvió a pronunciar su nombre aunque se dice que el decimocuarto de sus hijos, un suavón de tomo y lomo según cuchicheaban parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra, lo pronunciaba en voz baja todos los domingos cuando se levantaba antes del amanecer y subía hasta la cima y se sentaba en la tierra y se la comía de a poquitos porque, pensaba, algo tomaría del cuerpo y la sangre de la muerta. Amén.
Obra y suicida
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/05/2026 a las 18:40La suma de todas sus virtudes se vieron reducidas a cero -para parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra- el día en el que Vivria Soloz se desnudó en lo alto de la cima y se pegó una ráfaga de cien tiros metiéndose el cañón de su arma de repetición por el coño. Su cuerpo quedó hecho pedazos. Hasta le saltaron de sus cuencas los ojos. Ni su marido ni sus diecisiete hijos ni por supuesto su director espiritual acudieron al sepelio que, por expreso deseo del cónyuge, se hizo fuera de sagrado. El Opus les dio la espalda. El director espiritual que tantas buenas viandas había comido en su casa, hechas con todo el amor por su esclava favorita -lo de esclava dicho, por supuesto, de forma católicamente cariñosa y perversa-, repudió a la suicida y más aún por la forma obscena que había elegido para matarse y aseguró que maldeciría a cualquiera de sus descendientes con el que se encontrara desde ese momento en adelante, incluso aunque fuera una casualidad, que la casualidad, sentenció, siempre es obra del diablo. Nadie volvió a pronunciar su nombre aunque se dice que el decimocuarto de sus hijos, un suavón de tomo y lomo según cuchicheaban parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra, lo pronunciaba en voz baja todos los domingos cuando se levantaba antes del amanecer y subía hasta la cima y se sentaba en la tierra y se la comía de a poquitos porque, pensaba, algo tomaría del cuerpo y la sangre de la muerta. Amén.
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| Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/05/2026 a las 18:40 |
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