May

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 24/03/2026 a las 17:21

May ca.1955

Era una mujer guapa, con estilo. Lo único que no era bonito en ella eran las uñas de las manos que las tenía como yo -en realidad yo las heredé de ella- en forma de garra porque la placa ungüeal cubre el perioniquio (o borde periungüeal). Tenía -y tiene- una voz muy hermosa de mezzosoprano; cuando niños nos cantaba a menudo zarzuelas y nosotros las aprendimos y las cantábamos con ella; recuerdo aún la letra y la música de una canción de la zarzuela La del manojo de rosas del maestro Pablo Sorozábal y con libreto de Anselmo Cuadrado Carreño y Francisco Ramos de Castro que es el penúltimo número del segundo acto, un dúo entre  Ascensión y Joaquín, una habanera titulada ¡Qué tiempos aquéllos! Curioso que sea esa la canción de la que hoy me acuerdo.
Casi todo el mundo la llamaba May y a mí -como a Liana- me gustaba mucho ese sobrenombre porque en realidad mi madre se llama María Teresa.
Ayer, Liana y yo, fuimos a ver a May sólo que ella ya no está; su cuerpo sí recuerda a ella aunque tenga ya muchos, muchísimos años y queden todavía en su mirada, en su nariz, en el óvalo de su cara restos de aquello que fue. Sólo que May está demenciada y ya apenas recuerda nada y farfulla palabras y frases enteras que soy incapaz de entender y a veces se enfada y se pone un poquito agresiva pero enseguida recula, se calma, se mete los dedos en la boca con una fruición de bebé y luego se preocupa muchísimo por un imperdible para que no se le pierda y aquí no puedo evitar pensar en Freud y en el inconsciente y cómo ese objeto, seguramente, sea el que le permita no perderse definitivamente.
Me hubiera gustado que Liana hubiera conocido a May a la edad de treinta y cinco, cuarenta años cuando aún el máximo de la desgracia no había caído sobre nuestra familia y la alegría de vivir aún se palpaba en el corazón de mi madre; de esa mujer aún joven y con esperanza; me hubiera gustado que la viera cuando estaba feliz y era ingeniosa y tenía eso que se llama don de gentes y hacía reír y reía y cantaba e iba a fiestas para las que se vestía con vestidos que realzaban su figura y permitían que se vieran sus piernas porque mi madre, según apreciación general, tenía unas piernas más bonitas que las de Ava Gadner.
Ayer sólo vi fogonazos de May, apenas nada de mi madre; ayer vi a una mujer muy mayor que está cansada y no sabe por qué y que asegura que cuando quiera ella se levanta pero no se levanta nunca y busca una y otra vez que el imperdible esté en su sitio y luego se mete los dedos en la boca y la saliva que deja en ellos la extiende por las falanges de los dedos de la otra mano. Yo me siento a su lado y le tomo la mano; Liana se sienta enfrente. Estamos en el salón de la casa familiar. ¡Cuánto me pesan las paredes de esa casa! Me ensombrecen y aún así me repongo e intento comunicarme con ella, con May, y a veces surge en una pequeña sonrisa, en un mohín ligero como una brisa de verano, al caer la tarde, cuando el sol se oculta en el horizonte del mar y yo veo desde la orilla a May y a Antonio, mis padres, paseando por el paseo marítimo. Yo no he cumplido los diez años, ellos recién acaban de entrar en los cuarenta. ¡Qué tiempos aquéllos! ¡Qué hermosos están! 
 
Memorias | Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 24/03/2026 a las 17:21 | {0}