¿Era la huella de dios la que buscaba? ¿era en la noche después de la lectura? ¿merece tanto el esfuerzo?
Dios como conjunto de todas las existencias.
¿En qué buscaba la huella? ¿Por qué camino pasaba? ¿Cuál era el paisaje real? ¿Estaba haciendo lo correcto? Lo que de afuera me llega, que además está determinado en gran medida por una operación matemática, anima a que me reafirme en mí mismo. ¿Quién mí mismo? pregunto. No alcanzo a expresar sin queja lo que quisiera ser la exposición de una realidad. Como si te dijera, a ti, ¡No sabes lo que se divisa desde mi ventana! ¡Desde mi ventana se contempla la traza del tiempo sobre el espacio! ¡Desde mi ventana se contempla el amor sin tacha que habita en mí! ¡Desde mi ventana se contempla el dolor que ha supuesto (y supone) haber llegado a generar vibraciones que se resuelven en algo que nosotros vivimos como colores! ¿Nosotros? ¿Cada uno? O ¿son sólo nuestros conos y nuestros bastoncillos y las amacrinas de la retina y todo lo que compone el sistema de la vista ya no sólo de los mamíferos sino de todo tipo animal, también los invertebrados, son sólo estos elementos, insisto, los que viven las vibraciones electromagnéticas traducidas a colores? ¿Y el resto de eso que entiendo como nosotros? ¿Cómo sentimos los colores? ¿Por qué los sentimos? ¿Por qué los habríamos de sentir? ¿Puedo engarzar aquí la idea desde la que he ido derivando y sugerir que la huella de dios -dios como conjunto de todas las existencias- que persigo es la huella que me lleve hasta el momento en el que -utilizo una metáfora- asuma que he de empezar a dejar determinados equipajes en sus lugares correspondientes? Imagina una calle muy larga y desnuda, extrarradio de la ciudad, que se pierde y tiembla a lo lejos víctima de la calima; imagina un sol feroz; imagina una calzada de dos direcciones con dos carriles por dirección; imagina un adoquinado cuadrado de hormigón gris que ha ido recogiendo el fuego del sol desde hace horas; imagíname a mí, sólo en la desolación de los asfaltos grises, bajo un cielo plomizo dominado por el astro que no soporta lo blanco ante él, cargado con una mochila a la espaldas, dos bolsas una colgada de cada hombro, una cartera en la mano derecha y el bastón con una bolsa de hipermercado en la mano izquierda. Imagina que he de avanzar por esa calle que no es sólo el escenario donde se desarrolla la acción sino la acción misma; imagina el peso de los fardos; imagina el alivio que supondría ir dejándolos, como hitos, a lo largo de esa atroz e interminable calle; imagina las formas posibles de ir aliviando el peso; quizás, al principio, por una cuestión de delicadeza (que tantas vidas se ha llevado por delante), iría sacando elementos de los fardos:
que si una maquinilla de afeitar por aquí, que si un álbum por allá, que si este caballito de juguete, que si aquel día de la cama deshecha…; más adelante, cuando la sed y la fatiga se hicieran gigantes, y ante la imposibilidad de detenerse más de unos segundos, los fardos, a lo mejor, serían abandonados enteros, sin mirar previamente dentro, sin saber exactamente de qué me había despojado; hasta llegar, seguramente, a la noche sin peso alguno en el cuerpo y con la extraña sensación de que el frío que se va instalando en él ya no le abandonará más. A esa huella de dios me refiero. Dios como conjunto de todas las existencias.