Sonaba aquello para lo que estaba dispuesto. Las armas descansaban algo lejos. El día había sido largo. "Los pájaros, pensaba, están callados. ¿Hasta tan lejos? ¿Hasta tan lejos? -seguía pensando- ¿Cómo se sale de aquí?" Las encrucijadas se veían entre la niebla que de tan densa se diría amarilla. Distinguía su broquel apoyado en un tronco viejísimo de corteza gris como las barbas de un anciano eremita y abandonadas sobre el suelo las siluetas de dos lanzas. Se había quedado vacío hasta el punto de que ya no le importaba que el aire apenas llegara a sus pulmones. Su mente estaba en el silencio de los pájaros y en la sensación de haber recorrido una distancia inmensa y en ese recorrer, en largas jornadas, la inmensa distancia, se le habían ido quemando los pulmones tanto como los pájaros extrañamente habían ido dejando de cantar. Respiraba. Atendía al sonido del quiebro de una rama. Quiso recordar de dónde venía y la causa de la guerra en la que estaba. Su mente estaba en saber si era un soldado valiente. Su mente intentaba saber cómo combatía, qué estrategias le gustaban, si era fiero, si era leal, si tuvo compañeros.
Tuvo que echar la rodilla en tierra. Lo hizo sin humillación. Lo hizo sin ser consciente de lo que ese gesto suponía. El filo de la espada se hundió bajo su peso en una tierra que parecía encharcada cuando, apoyado en su empuñadura, dejó caer su peso sobre ella. Debía de ser un hombre grande. ¿Por qué no cantan los pájaros? pensó de nuevo. ¿Ha merecido la pena llegar hasta tan lejos? ¿Por qué si pienso en pájaros mi siguiente pensamiento es la distancia? Con un esfuerzo ímprobo (como cuando el compositor ha de contener en un silencio una nota) levantó la cara y dirigió la vista al lugar en donde descansaban su broquel y sus lanzas. Aún estaban. Tosió. Nada le perturbaba la niebla densa ni el irse quedando sin aliento.