Esa lluvia constante significaba algo más que mojarse

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 26/02/2016 a las 19:43

Recuerdo desde el manicomio de Acra enviado por Olmo Z.


Podría haber adivinado la dirección justo al pasar el puente. Entonces la lluvia azotó con tal fuerza que la capa pluvial fue inútil. Entonces pensé, También habré de tener unos pantalones pluviales. No cedí. Era tan intenso el olor (un olor lejano a camaradería) que apenas pude respirar y me vino a la mente (como en los viejos tiempos de las meditaciones) la piedra de toque que es aquella que se utiliza para conocer la calidad de un oro o de una plata. Decidí seguir bajo la lluvia. Lo decidí sin importarme si más adelante me ahogaría o más acá de ciertas fantasías más propias de un escritor que de un analfabeto como yo, si quizá la idiotez me llevaría a la neumonía. Cierto que los pájaros. Cierto que los árboles y un tronco húmedo que había adquirido un peso desorbitado. Yo seguía caminando. Tampoco la oscuridad. Pensaba, Podría grabar todos mis pensamientos a medida que van saliendo, no ejercer sobre ellos ninguna clase de censura, una forma de pensamiento automático (aquí entonces surgió otro pensamiento que no tuve tiempo a atrapar) que fuera parecido al tema Crosseyed and Painless de los Talking Heads que parece que no te deja descansar, que no te quiere dejar descansar como a mí me obliga al movimiento este frío, esta lluvia que me ha azotado al cruzar el puente y que ahora, amparado en las copas de los árboles, se ha vuelto más amable como aquella mujer que tuve que cuando me veía a descubierto me azotaba y cuando me veía a cubierto se acercaba como una gata. Así ahora me amparo, camino entre charcos que reflejan figuras que no me atrevo a mirar y voy hacia un lugar de donde habré de volver si quiero, si quiero descansar, descansar. Eso pensaba, casi literalmente así, por esos caminos de una sierra cuyo nombre no viene al caso y mientras me mojaba y mientras sentía cómo el agua se estaba filtrando por el abrigo y empezaba a intuir la lana húmeda del jersey en el antebrazo derecho, volvía a pensar Lo único importante es la salud. ¿Qué quiere decir desparpajo? La luz de la vela vuela. Nunca más. Nunca, nunca más. Qué largas son la palabras. Mejor, aeiou o cantar en un coro negro aunque se sea blanco como hacían de putos blancos los putos negros que llegaron a Liberia repatriados de la América en donde habían sido esclavos y víctimas de su escaso conocimiento del mundo y de la posibilidad  de la libertad sometieron a los negros de Liberia a la esclavitud a la que ellos habían sido sometidos y de la que habían sido liberados. Dime que no tiene. Dejemos que la mente divague. Cuidado con ese charco porque no sabes su profundidad. No, no pienses en esa boca. Esa boca ya no está. Esa boca ya no estará nunca más y además nunca será la boca que tú conociste. Ahora debes mirar hacia delante para no pegarte una hostia que dé con tus huesos en el hospital. Porque la gente enferma y tiene miedo. Tienen más miedo los que enferman estando solos que los que enferman en familia. Una pierna rota. Una diverticulitis. Una angina de pecho. Solo has de cuidarte y has de temer la recaída. Alguien conocido está dando sus primeros pasos ayudado por un andador. El pezón era hermoso. Hubo una tarde. Hubo un principio del descubrimiento. ¿Por que nunca traigo el banjo? Me ha dicho que los restos de nicotina, esas manchas naranjas de los dedos corazón e índice, se quitan aplicando limón, zumo de limón, zumo de limón, de limón, de limón, zumo, zumo, zumo, de limón, zumo de limón para quitar las manchas de nicotina, nicotina, sumo zumo de limón, en el bosque, en el segundo bosque, donde dormitan las palomas torcaces, donde cría la sierpe, donde habita el olvido y ese dolor carnal que provoca  la ausencia de las caderas y de los pies y de las meninges, las atléticas, las que saltan la altura de los siglos, las meninges femeninas en unión sexual con las gónadas masculinas por este mundo mullido de tierra mojada, charcos y animales y escondidos. Si tuviera huevos me desnudaría, gritaría, gritaría a la cara de Máximo Gorki unas cuantas máximas... Gorki y me quedaría tan tranquilo mientras camino, un paso, ahora otro, la caída de la lluvia, mi pelo, mi pelo, mi pelo, qué lindo es mi pelo y aquellas manos, las de aquella mujer, la que me dijo un día te quiero, a la que le dije un día te quiero para luego volver a un sillón Voltaire y no escribir jamás Candide, no, jamás; como sé que nunca estaré en el Panteón de los Hombres Ilustres aunque consiguiera demostrar que estas huellas son de jabalí y aquella mierda la cagó la yegua no hace más de tres horas. Llego al tope que me marco cada día. Es una barrera natural. Meo mirando al horizonte y siento que el verde y el gris son la sal del color de la tierra. Lloro sólo un momento. Es un arranque de llanto y nostalgia. Me dejo llorar hasta que pienso, Hostia tengo empapada la pernera derecha. ¿Por qué la pernera derecha y no la izquierda?  ¿por qué intuyo la humedad en el antebrazo derecho y no en el izquierdo? ¿por qué me duele el ojo derecho y no el izquierdo? Y así camino de vuelta. Atravesaré las grandes praderas, los bosques inmensos; me arriesgaré por las honduras de una tierra baldía, ascenderé luego hasta el pico del espino dejando que mi pensamiento medite y vague si lo permite la rodilla derecha que siente la pernera como barra de hielo, Barra de hielo en mi corazón. Apriétate. Un paso. Otro paso. Al final está la muerte y la duda. Camina. Camina. No hace falta que te ajustes los cordones de las botas. Te quiere la senda. No hace falta más. Vamos. Piensa. Luego tendrás la oportunidad de un café caliente. Vamos, vamos, no llores, no, no llores más, camina, no llores, no llores más (...)
Narrativa | Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 26/02/2016 a las 19:43 | {0}