Las noches y sus sueños me avisan de que tengo el alma llena de mierda. Se me llenó el alma de asco. No hay sueño que tenga que no me revele al fin la sociedad del asco que mi concepción del mundo ha generado. Me debato. Me lucho. Me miro. Me zambullo en zonas pestilentes que supuran diarreas que alteran el día para siempre. Hasta los sueños ignorados deben de haber marcado las vigilias que he construido a base de conciencia, a base de miradas, a base sobre todo de ausencias. Sé que hay existencias (¿existencias?) sanas y felices; creo firmemente en que puede que existan parejas que se amen; acepto la visión bella del lugar que habitamos y aún así mis sueños me muestran noche a noche lo contrario. ¡Oh, si pudiera lanzarme a los vicios solitarios sin sentimiento alguno de culpa! ¡Si pudiera acusar sin la menor duda a otros de mi desamparo! ¡Si fuera capaz de drogarme hasta la extenuación, hasta el delirio, hasta el delito! Sí, volverme un delincuente. Acechar en la noche fría de este febrero maldito a un anciano borracho y bajo la luz de una farola asestarle cuatro puñaladas para arrancarle el puto peluco de su muñeca y robarle los sesenta euros que lleva en la cartera tan sólo para correr a La Celsa y pillarle a un camello más drogado que yo algo que contenga unos restos de heroína. La miseria, me digo, mientras a mis espaldas un viento ciego y una lluvia inclemente lo humedecen todo y producen el nacimiento del moho y adquieren las paredes la consistencia del musgo y llora a lo lejos un recién nacido echado al contenedor de los plásticos por su asquerosa madre que lo tiró ahí para que muriera de hambre, de frío y de olor a mierda. Esto es el día dos. Tengo heladas las puntas de los dedos. Aprieto los puños que no son de acero. Me miro en un espejo y me culpo de no haber llevado a tiempo a mi perro a un veterinario tras ser embestido por una vaca la cual, pobre mía, individuo de un rebaño, había sido azuzada previamente por un pastor al que si reconociera le arrancaría los huevos a mordiscos y lo apalearía hasta que me rogara que por dios y por la santísima virgen lo matara, lo matara allí como él reventó a mi perro... mi perro, imagen misma de un dios bueno, al que llamé Cristo un día del cual no tengo ya el recuerdo.
El abrazo y la muerte. Fotografía de Taslima Akhter 2013