Desvelo el viento que nace de las entrañas y regurgita alientos que mueven materiales como un hule o un matorral; devano la madeja de este devenir que terminará inconcluso como suele darse en los asuntos planetarios; arrecia en mí la cartografía de los desastres, ya sea en mi rostro cuyas arrugas muestran la desolación del estío y los fríos del invierno en las alturas, ya sea en mis manos que empiezan a dolerse de haber sido; me desvelo en mis audacias y en mis iras; me devano por mantener mis rutinas; arrecia en mi derredor una sensación de derrota tan grande, una derrota que alcanza la expansión del universo, una derrota que corre por los aguas subterráneas y llega hasta los hogares por las tuberías y se bebe a sorbos cada mañana, una derrota cosmológica, una derrota teleológica, una derrota total; desvelo, a quien lo quiere ver, la habitación en la que se encuentra la cuna. No hay nadie en la habitación. Si nos fijáramos nos daríamos cuenta de que en los encuentros de los paños, justo en sus esquinas, flotan, leves, telarañas. Yo no os las señalaré. Mi corazón, bomba agostada, no soportaría el aluvión de sangre que esa explicación requeriría; si nos siguiéramos fijando veríamos asomos de cristal opaco en la ventana y por supuesto, al atardecer, cuando los últimos rayos del sol entran en la estancia, admiraríamos -prodigios de la nadería- partículas en suspensión. Visto lo general de la habitación de los niños, os llevaría ante la cuna cuyo interior se oculta a nuestra vista con un alcala beige. No os animaré a que lo descorráis. Mirar el interior puede provocar náuseas. Devano, por último, el extraño recorrido. Es cierto que a veces me detengo en un pasaje; también lo es que vuelvo a un lugar del recorrido y me ocurre que al llegar a él todo me parece distinto. ¿Emprendo la marcha? ¿Estoy detenido? Arrecian las sogas, amainan los cuellos. Eso es todo.
Desvelo
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/07/2026 a las 13:43Desvelo el viento que nace de las entrañas y regurgita alientos que mueven materiales como un hule o un matorral; devano la madeja de este devenir que terminará inconcluso como suele darse en los asuntos planetarios; arrecia en mí la cartografía de los desastres, ya sea en mi rostro cuyas arrugas muestran la desolación del estío y los fríos del invierno en las alturas, ya sea en mis manos que empiezan a dolerse de haber sido; me desvelo en mis audacias y en mis iras; me devano por mantener mis rutinas; arrecia en mi derredor una sensación de derrota tan grande, una derrota que alcanza la expansión del universo, una derrota que corre por los aguas subterráneas y llega hasta los hogares por las tuberías y se bebe a sorbos cada mañana, una derrota cosmológica, una derrota teleológica, una derrota total; desvelo, a quien lo quiere ver, la habitación en la que se encuentra la cuna. No hay nadie en la habitación. Si nos fijáramos nos daríamos cuenta de que en los encuentros de los paños, justo en sus esquinas, flotan, leves, telarañas. Yo no os las señalaré. Mi corazón, bomba agostada, no soportaría el aluvión de sangre que esa explicación requeriría; si nos siguiéramos fijando veríamos asomos de cristal opaco en la ventana y por supuesto, al atardecer, cuando los últimos rayos del sol entran en la estancia, admiraríamos -prodigios de la nadería- partículas en suspensión. Visto lo general de la habitación de los niños, os llevaría ante la cuna cuyo interior se oculta a nuestra vista con un alcala beige. No os animaré a que lo descorráis. Mirar el interior puede provocar náuseas. Devano, por último, el extraño recorrido. Es cierto que a veces me detengo en un pasaje; también lo es que vuelvo a un lugar del recorrido y me ocurre que al llegar a él todo me parece distinto. ¿Emprendo la marcha? ¿Estoy detenido? Arrecian las sogas, amainan los cuellos. Eso es todo.