Confesiones

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/10/2017 a las 19:32

No fue la aridez. Ella -dijo- se quemaba vestida. Al mirarle -dijo- quería desnudarse y mostrarle lo triste que puede ser un cuerpo en octubre. No palideció porque padeciera una bajada de azúcar. Tampoco el arrebol que vino después fue debido a cuestiones de la mecánica de la química sino que -como ella afirmó- fue un milagro que nacía de algunas composiciones del Bach melancólico. Fuera en un granero por donde los roedores buscan el alimento; fuera en la era en donde el heno, recién segado, promovía en el aire la vida; fuera en la sacristía cuando -siendo jóvenes- ella cometió el sacrilegio de acariciarse el coño con un cáliz; fuera en una vía interurbana la madrugada de un cinco de enero entre risas y vaho... fuera aquí... fuera allá... la ropa -decía- le quemaba.
No fueron las primeras lluvias, tan esperadas. Ni casí -me atrevería a afirmar- fue el rocío aumentado con una lupa sino que como si el aluvión de las palabras condujeran al éxtasis o el silencio alucinado del amanecer promoviera en ella un orgasmo, jadear se convirtió durante un tiempo en una forma de expresión absoluta. Pero si realmente fueron las lluvias o la contemplación del rocío o la constatación de que hay un silencio que no suena, tampoco restaría un ápice la absoluta comunicación por medio de jadeos.
Ella entonces, vestida y ardiendo.
O ella entonces, desnuda y triste.
Sólo -dijo- supe que nada me salvaría. Supe -dijo- que su ausencia era el testimonio de un hombre que ha saltado desde el puente al vacío y esa certeza -continuó- me condujo hasta aquí. Mañana me voy -dijo- pero sé que siempre arderé mientras esté vestida.
Narrativa | Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/10/2017 a las 19:32 | {0}