Capítulo 17º Vino veritas

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 17/08/2014 a las 22:05

Decimoséptimo día


Vino. Foto de Olmo Z. (2014)
Recuerdo el día que venías por la alameda; tus cabellos, movidos por la brisa, eran rayos negros de luz; recuerdo la sorpresa y la ilusión de verte caminando hacia mí, mirándome a mí con el gesto preocupado; en ese momento, ante tus ojos negros y tus cabellos al viento, el dolor de la herida en la rodilla se me olvidó, sólo te miraba, absorto, pensando que eras un espejismo. Había necesitado siete puntos en la rodilla para que vinieras a buscarme al colegio.
Recuerdo una mañana de primavera que me hiciste cosquillas en las plantas de los pies para despertarme y yo, aunque despierto, no quería abrir los ojos.
Recuerdo una tarde de octubre en que me puse a chillar por teléfono con una desesperación tal que viniste corriendo y ansiosa me preguntaste qué ocurría y cuando te dije que Olga me había dejado, te echaste a reír y me dijiste, ¡Joder, qué susto me has dado!
Recuerdo cuando me fui de casa. No me acompañaste ni a la puerta y cuando iba a cerrar dijiste desde la salita mientras mirabas la televisión, Si algún día tienes que volver, ya sabes que esta es tu casa.
Recuerdo una noche que estabas borracha y viniste a mi habitación y con una mirada ebria y burlona me dijiste, mientras me golpeabas en las piernas y en los brazos, Tú serás igual que todos. Un pobre miserable ansioso de un coño. No, nadie tendrá mi coño en propiedad, ¿te enteras? Nadie. No siento en absoluto no haberte dado un padre. Te jodes y aprendes. Ojalá hubieras sido mujer porque así habríamos podido tirarnos de los pelos y habríamos sabido la una de la otra y no andaría, siempre por debajo, esa atracción bastarda, ese complejo de mierda que os hace ser seres mediocres, incapaces de crear. Nosotras somos las dueñas. ¿Lo entiendes? ¿lo entiendes hijo de mierda, nacido de una noche loca de tu madre, de una noche borracha de tu madre? Porque si no hubiera estado borracha, ¿de qué ibas a estar tu aquí? Sí, anda, hazte el dormido. Cabrón como todos. Cabrón.
Recuerdo cómo me tomabas la temperatura.
Recuerdo el miedo que te tenía y era tanto que ahora, cuando he hecho la ronda, he visto en los ojos de una mujer retratada por un pintor mediocre, algo de tu mirada cuando estaba turbia.
¿Por qué sufriste tanto, asquerosa? ¿Por qué llorabas tanto, hija de puta? ¿por qué te has muerto estando yo tan lejos si dicen que los muertos no se mueren hasta que aparece la persona de la que realmente se quieren despedir? ¿Por qué te he querido tanto? ¿Por qué te esperaba a la salida del colegio si sabía que aunque hubieras podido no habrías venido a por mí? ¿Por qué me dejaste ir y no me pediste que me quedara contigo que ya estabas vieja y seguro que ninguna polla diplomática quería acabar ya entre tus labios? ¿Por qué te has muerto justo ahora que estoy preso en este palacio? Te odio. Te desprecio. No quiero verte nunca más. No voy a recordarte nunca más. Diré que yo no tuve madre. Diré que nací en un orfanato. Nunca pronunciaré tu nombre, Wislawa. Nunca lo pronunciaré, mamá. Jamás volveré a escribirlo, Wislawa. Mamá, ¿por qué te has muerto y me has dejado aquí sin poder escupirte en la cara para abrazarte luego y dormir en tu regazo como nunca hice? No es verdad. No, no es verdad. Tú no estás muerta. Es una broma, ¿verdad, mamá? ¿verdad que es una broma?
Recuerdo una tarde en el circo. Habíamos hecho mucha cola porque era un circo muy bueno, un circo ruso, creo recordar. Yo tiritaba y aunque nunca te sobró el dinero te levantaste, me dijiste que no me moviera y volviste con un chocolate muy caliente y a mí aquello me hizo llorar y tú, secándome las lágrimas con el puño de tu abrigo de paño, me decías, No se puede ver a los leones muerto de frío. Muerto de miedo, sí pero muerto de frío no. Y a mí aquello me hacía reír mientras seguía llorando y no era capaz de demostrarte lo mucho que te agradecía ese chocolate caliente, lo mucho que te agradecía que me quisieras a veces.
Quizá por eso has muerto sin esperarme porque tú tampoco supiste lo mucho que siempre te he querido, lo mucho que me va a costar no volver a escribir tu nombre, Wislawa. Tu nombre, Wislawa. Tu nombre.

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