Bueno

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/12/2017 a las 10:45

Documento 16 de los Archivos póstumos de Isaac Alexander.
Lhasa, enero de 1956.


No quieras, mi pseudo-Lucilo parecer bueno. Mírame a mí, calavera en tierra extraña, que no abogo más que por la sal de la vida.
Nunca pretendas ser lo que el destino no te concede porque en más de una ocasión te dolerán las tripas y tendrás tales dolores en eso que unos llaman alma que llegará el día en el que habrás de pagar, de golpe, tanta impostura.
Quiero contarte mi historia con Manjari como ejemplo de lo que vengo a decirte. De cómo mi explícita no-bondad o si quieres llamarlo canallismo o si quieres llamarlo desvergüenza, me llevó al florido jardín de la más bella de las mujeres del Tíbet.
No hay que ser bueno para amar. Ni la bondad procura más, como virtud, que la sinceridad o la honestidad. La bondad -diría- es atributo natural. Es -por decirlo de manera que tú lo entiendas- más instinto que razón. Los hombres buenos lo son -afirmaría- desde la cuna y ni las más adversas circunstancias podrán doblegar tan elevada condición. Por eso -te afirmaría a ti que todavía estás en la edad de los absolutos- son tan pocos los hombres buenos porque cuando el destino se ceba con un ser humano suele ocurrirle a éste que se desvía o hacia el rencor -que es ira envejecida y por lo tanto huele mal y exacerba los humores vítreos- o hacia el disimulo del odio que suele llevar a terribles traiciones y atroces remordimientos. La bondad, querido pseudo-Lucilo, es territorio de los animales (en el mejor sentido de la palabra animal) y así podría decirte que contemplé por primera vez a Manjari: gacela joven que salta por las calles de Lhasa sin suponer que su cuerpo grácil, su juventud pura, su mirada limpia, su bondad innata enciende las pasiones de un hombre voluptuoso como yo, Casanova de vía estrecha pero no por ello intransitable y que desde el primer momento en que nos topamos en el mercado de la leche mi pasión se encendió hasta tal punto que no cejé en mi empeño hasta que la tuve entre mis brazos, desnuda como una mañana de primavera, entregada a mi afán de hacerla gozar, cerrados los ojos, abiertos los labios, limpios sus muslos blancos, atentos sus pies pequeños y -sorprendentemente- diestras sus dos manos. Yo amé en Manjari la corporeidad de la bondad como en Helga -de la que algún día te contaré- amé todos los pecados mortales (o morales). Ha habido mujeres en mi vida que eran símbolo de lo más elevado o de lo más bajo y a ambos territorios me he entregado siempre, hasta el fondo, guiado por sus cuerpos, por sus mentes, por sus prodigios. Y ha sido gracias a ellas como he aprendido que la salud consiste en no luchar contra lo que se es. Y así -mi querido y joven pseudo-Lucilo- te confieso que hice daño a Manjari porque yo no soy un hombre bueno pero sí sincero y cuando fui consciente del mal que había provocado me fui de Lhasa, arrasado por las lágrimas y con un solo deseo: que en la hora de mi muerte me acompañara un lama y al susurrar en mi oído el bardo que facilita el tránsito a la muerte, éste incluyera el nombre de mi amada tibetana.
La bondad ni se hereda ni se aprende pero si se tiene un poco de sensibilidad se reconoce y se disfruta. No quiero con esto afirmar que tú no seas bueno sino que si no lo eres no te afanes en serlo porque -paradojas de la existencia- ese afán te hará mal.

Siempre tuyo un hombre que no es bueno
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