A vuelo de pájaro el XVIII

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 15/08/2016 a las 12:06

No creas, querida, que me dejo llevar por las ausencias. La lluvia no llega y lo seco ciega mi vista como ocurre al mediodía al contemplar los campos de Castilla cuando Julio muere. He visto la dulce mirada de una muchacha que pasea por un pueblo alemán y tras ella, sometido a la furia del infierno, he visto a un Diablo vigilarla. La inocencia es frágil, bien lo sabes. La imagen sería -más bien: una imagen sería- una joven humilde de una extraordinaria belleza. Al otro lado del espejo -porque nuestro razonar es así de escaso. Alimentamos dualidades como alimentamos lamentos y quimeras. O creemos recordar cuando en realidad reconstruimos. O creemos añorar cuando el sentimiento no es otro que el deseo- la perversión, una de cuyas imágenes sería un joven de labios finos con un rictus de sarcasmo en sus comisuras. La perversión ha de buscar la inocencia para subyugarla y la inocencia ha de enfrentarse a la perversión para ser aún más humilde. En esas paradojas nos movemos y en sus encuentros más sublimes la muerte es la única salida. Entonces no pueden los parques franceses, los frescos manantiales, los peces multicolores ni los cisnes, ni las avefrías, ni el solitario zorro, ni el castor siquiera, ninguno de ellos puede ser el auxiliar mágico de la inocencia ni tampoco los colmillos del jabalí ni el sisear de la serpiente, ni la manzana envenenada -tampoco la de oro- ni el sapo de piel ponzoñosa ser la ayuda necesaria del mal para conseguir sus fines y atraer hacia el abismo a la joven humilde que intuye un mal tras los árboles, un engaño en las palabras elegantes y comedidas del joven de labios finos. La caída o la victoria serán siempre derrota: si caída por abismo, si victoria por el fin de la inocencia -es decir, el fin de sí misma-.
Querida amiga, hoy he visto a un zorrillo muerto en la carretera y ayer asistí al principio del miedo. Largos y extraños paseos me di alrededor de un círculo cuya cuerda yo mismo había creado. Sé que la luna estaba creciendo. Sé que el verdor oscuro de la hierba en la noche era el mismo espejismo que su brillante color bajo los rayos del sol. Sé que tu mano reposaba en tu pecho y que soñabas la altura desde la que no querías caer. Sé que estaba solo y que amaba. No ocurrió nada. No rugió una alarma en mi vientre. No aparecieron seres alados gritando a la falta de viento ni surgieron del fondo del mundo una nubes preñadas de rayos que rugirían truenos en el momento menos esperado. Todo estaba despejado. El cielo, iluminado por las farolas de las carreteras, era ensuciado con sus luces malvas y la cadencia del grillo apenas perturbaba al laurel. El arco del porche soportaba el peso de los muros y la escultura de la sirena, en la frontera de un límite, seguía siendo bronce. Nada se animaba. Nada se figuraba. Eso -pensé- es el nacimiento del miedo.
Ahora ha vuelto la luz y estoy de espaldas al mundo. La imagen de la inocencia tiene los días contados y la imagen de la perversión cuenta sus días. El zorrillo ha muerto seguramente deslumbrado por los faros de un coche. Ha sido en una curva, subiendo un puerto. Quizás otra imagen de la inocencia sea una zorrillo atravesando una carretera en la madrugada y otra imagen de la perversión sean los faros de un coche que lanzan luz desde la nada.
Descansa, querida.
Descansa, bien mío.
La mañana avanza.
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