09 Me acuerdo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/03/2021 a las 18:17

El título, la forma y en cierto sentido el espíritu de estos textos se inspiran en el libro Je me souviens de Georges Perec que a su vez se basa en los textos de Joe Brainard recogidos en su libro I remember.


Cartel de Propaganda de la URSS

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Me acuerdo de los pupitres de colores en la clase de párvulos. Al pasar a preparatorio desaparecía el color de los pupitres.

165
Párvulos, Preparatorio, Elemental, Ingreso, 1º de Bachillerato, 2º de Bachillerato, 3º de Bachillerato, 4º de Bachillerato, 5º de Bachillerato, 6º de Bachillerato, C.O.U. (Curso de Orientación Universitaria), Ingreso en la Universidad.

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Me acuerdo de un domingo feliz por la mañana. Los cuatro hermanos jugamos con mi padre en la cama de matrimonio mientras mi madre prepara unas tostadas con mantequilla y tortillas francesas. A ella se la ve radiante.

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Me acuerdo de Janis Ian y su canción At seventeen.

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Me acuerdo de Chicago y su canción If you leave me now.

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Me acuerdo de Serge Gainsbourg y Jane Birkin cantando Je t'aime, moi non plus.

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Me acuerdo de mi madre cantando las canciones de María Dolores Pradera.

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Me acuerdo de estar la pandilla en la sala de la casa de Andrés escuchando en su viejo tocadiscos a Silvio Rodríguez.

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Me acuerdo del dulzor de la bebida morada Parfait d'amour.

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Me quedan unos cientos de kilómetros para llegar a Paris. Llevo tres días haciendo dedo. Vengo desde Madrid. Mi única distracción en las largas horas de espera es tocar una armónica. Se detiene un coche. Es un hombre alemán que me dice en un francés fuerte que va a hacia Paris. ¡Por fin! pienso. Sólo hay un pero: me cuenta el hombre que él a las siete en punto de la tarde, esté donde esté deja de conducir. Como mucho busca un sitio donde apartarse de la carretera. Me dice que si antes de esa hora hemos llegado estupendo y que si no me puedo quedar a dormir en el coche o seguir mi camino. Me invita a comer. Se alegra de que yo esté aprendiendo alemán. Hablamos un poco en su idioma. Aquella tarde, antes de las siete, llegamos a Paris. Me deja en la Porte d'Italie.

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Me acuerdo de la buhardilla que alquilé en una pensión de la Rue Gay Lussac.

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Me acuerdo que en aquel primer viaje a Paris anduve por la ciudad con una zapatilla deportiva en el pie derecho y un mocasín en el pie izquierdo.

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Me acuerdo de Naya, al principio de ser amantes. Ella era actriz. Yo era escritor (seguimos siéndolo). Interpretábamos papeles. Por ejemplo ella hacía de alumna que venía a mi casa para recibir lecciones. Yo era el profesor que la deseaba con pasión. Vivimos juntos dos años en su casa de la calle Canillas en el barrio de la Prospe, en Madrid.

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Me acuerdo de un día que fuimos a comer con los padres de Naya. Naya se llama así porque ha nacido en Moscú. Sus padres fueron exiliados de la Guerra Civil española. Tomás, su padre, fue estajanovista; un hombre que se vestía por los pies. Comunista aguerrido que luchó con los soviets contra la Whermacht de Hitler. Nadiesda quiere decir en castellano Esperanza -Naya es el diminutivo cariñoso-. Imagino que le pusieron ese nombre porque deseaban que su hija viese el triunfo de la Revolución. Pues bien, en aquella cena, -creo que ellos tenían su casa en la calle Conde Peñalver- Tomás me dice una de las frases que más me han hecho recapacitar a lo largo de toda mi vida. Tomás me dice, Fernando, un hombre empieza a ser hombre cuando aprende a decir no.

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Tomás era un hombre bueno. Siento no recordar cómo se llamaba su mujer pero también la recuerdo como una mujer buena.

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Me acuerdo de un caballo de cartón que me regaló mi tía Isabel -la hermana de mi padre, no la amante de mi tío Carlos-. Era tan grande como un poney y Julia me llevaba montado en él tirando de las bridas por el pasillo de casa.

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Me acuerdo del olor de un dormitorio tras haber amado mucho.

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Me acuerdo de la historia que contaban de mi tío Carlos. Una historia de antes de la Guerra. Contaban que entró a caballo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en busca de uno que le había birlado una novia.

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Me acuerdo del campamento indio de Lola en Trebaluger. Allí conocí a Arnau y también a un artesano de máscaras venecianas de cuyo nombre no logro acordarme.

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Me acuerdo de una tarde en el gimnasio de recuperación del doctor Quintana. Tengo siete años. Estoy con las dos piernas dentro de la pileta. No sé cómo me escurro y caigo dentro de ella. Empapo los calzoncillos. Paquita, la enfermera, me saca. Me quita los calzoncillos delante de todos los niños y niñas y me pone unas bragas rojas. Me dice, Así aprenderás. Los niños y las niñas se ríen de verme en bragas. A mí me llama la atención. No me atrevo a escribir con rotundidad que me excita pero es un sentimiento muy cercano a la excitación.

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Me acuerdo del dolor cuando había que dar los primeros pasos en la pasarela tras una operación.

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Me acuerdo de tía Mari -no era mi tía, era la tía de una íntima amiga de mi madre- que dejó de coger trenes cuando una vidente le dijo que moriría en uno. La tía Mari murió en el sofá de su casa mientras veía pasar un tren por la televisión. Eso me contó mi madre.

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