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 <title>Inventario</title>
 <subtitle><![CDATA[Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri]]></subtitle>
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 <updated>2026-03-07T01:02:28+01:00</updated>
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   <title>15ª estancia. Última</title>
   <updated>2024-08-31T19:11:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/15ª-estancia-Ultima_a2436.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-31T18:35:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Nadaba mientras la tormenta eléctrica se desenvolvía encima de mí. Mientras nadaba pensaba, Si hubiera estado al lado de un gran hombre quizás entonces, por extensión... me venía el nombre de Peru Lacroix y sus diarios junto al Libertador... daba una brazada y luego otra en una piscina privada que había asaltado sin importarme un ardite que la autoridad me detuviese. Era la tarde. El verano llegaba a su fin. Sabía que tarde o temprano sería detenido y como ya le ocurrió al joven Ójbar, sería trasladado a una comisaría en donde mi pobreza, mi ser un don nadie, propiciaría que me dieran una paliza, pasara varias noches en un calabozo, mal alimentado, mal aseado y luego fuera puesto en las lindes del territorio con el mandato de no volver a poner los pies por ahí. <br />  La perra no puede venir conmigo. No podría someterla a los días que me quedan por vivir. Será mejor su ausencia de manada que lo seamos ella y yo. Yo sé, sí, yo sé que a ella no le importaría, que se quedaría en los huesos por seguir juntos, que podría llegar a morir de inanición. Para mí no sería justo, pienso mientras doy una brazada y luego otra y escucho el sonido del agua cuya cadencia me transporta a algún lugar en el que estuve acompañado por alguien afín. <br />  Sí, claro, también me pregunto para qué esta vida, cómo llegué hasta aquí, por qué no narro encuentros sino soledades y cuánto es posible una existencia de hielo bajo el sol y las tormentas de un verano ya tardío. Y una brazada y otra brazada y decirme al corazón que cada uno labra con su camino su destino (y no al revés) sabiendo, como intuyo, que ese pensamiento es moderno, constituye la piedra angular del siglo XX, tiene algo de positivismo blanco y un mucho de la arrogancia del ego y aún así yo sigo nadando, braceo en una piscina privada que parece la joya de un jardín japonés. He de irme. Si no soy detenido; si la suerte me depara que me nade los mil quinientos metros que me he propuesto y pueda luego darme una ducha, vestirme, salir como entré (por encima del seto de fotinia) y caminar por las avenidas de la urbanización también privada sin que nadie me de el alto, entonces saldré esta misma noche al amparo de los nubarrones que cubren el cielo. Dejaré a la perra dormida en la casa y alguna señal que avise de algo anormal a quien la vea para que no pasen días sin que nadie vaya y se encuentren a la perra muerta o loca y rodeada de sus heces. Ojalá sea una buena persona quien vaya y la acoja y encuentre la manada que ella necesite. Nado. Respiro. No entiendo el mundo en el que vivo. Espero que alguien tire de mí con fuerza en cualquier momento en este día de un verano que ya termina como solían hacerlo antaño: con tormentas terribles que avivan el mejor olor de la tierra. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>14ª estancia. Ácido</title>
   <updated>2024-08-29T18:33:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/14ª-estancia-Acido_a2435.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-29T17:56:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  <em>Dormitorio pequeño en la casa de Olmo. La Mujer está delante de un espejo de pie. Vestida. Tras ella, Olmo huele su pelo, le sube un poco las faldas, justo hasta la parte superior de los muslos. Ella entreabre la boca. Sus labios tienen botox. Su cabello está teñido con mechas rubias. Sostiene el sostén un pecho que ya ha sucumbido al oficio de la gravedad. La Mujer es un poco menos vieja que Olmo.</em> <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  Deberías haberme conocido más joven. <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  Nada me dice la edad. <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  Mientes. <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  Ya verás que no. <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  Deberías haberme conocido más joven. <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  Está bien, cariño, ¿quieres que te pregunte por qué? <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  Sí, pregúntamelo. <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  ¿Por qué? <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  Tenía los labios gruesos. Mis ojos, grandes y oscuros, parecían irradiar una intensidad que prometía la ventura del amor carnal... <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  ¡Ole! <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  ...mis manos eran suaves y conservaba el gusto por lo desconocido... <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  ¿Ya no sientes curiosidad por mi conejito? <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  Tu madriguera, dirás... <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  Madriguera o conejo ¡qué más da! Sólo tienes que meterme la mano entre las bragas y empezar a mojarte con mi flujo. Ya verás lo rico que sabe. Sentirás en tu paladar sabores de allende los mares y cuando me muerdas los pezones, recordarás el principio de la vida. <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  ¿Tanto ofreces? <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  Tanto y más. Porque ya estás viejo has olvidado la esencia de este espacio, sí, mira, sólo por encima, acércate, aspira, mantén el aire en tus pulmones, recuéstate en mi regazo, escucha el palpitar de mi sexo, escucha la sangre entre mis muslos, atiende la tersura de mi piel, disfruta con mi voz que te lleva lejos, lejos, donde la paz. <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  En nada empujaré con mi polla la puta paz. No quiero paz. No quiero más esa palabra. Hoy he visto a un hombre que rige los destinos de una parte del mundo alentando la posibilidad de que otros seres humanos sean deportados y mueran de donde vinieron y se les hurte el derecho a una vida con alimento. Esos discursos los escucho todos los días. Me sorprende que la tierra esté tan dividida y haya personas que se dediquen a esquilmar a otras. No me hables de paz. Háblame sí, de tu coño porque es la hora... <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  ...mientras lo pagues mi tiempo es tuyo... <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  ...eso sí me excita. Recuérdame cómo nos conocimos. <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong>  <div>¿Otra vez? <br />   <br />  <em>Pausa</em> <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  Estaba en la feria. Buscaba un cliente. Tú estabas en la caseta del tiro al blanco. Tenías a tu lado un vaso de plástico. Me acerqué. Miré al interior del vaso. Te pregunté ¿Sangría? Tú me miraste. Me dijiste que sí con la cabeza. Apuntaste con la carabina de mira trucada. Te pregunté, ¿Me das un sorbo? Me respondiste, sin dejar de mirar por la mira, ¿Eres muy cara? Te respondí, Lo bueno siempre es caro. Disparaste. Fallaste. Me dijiste, Bebe si quieres. Bebí mirándote a los ojos. Te dije, Llévame contigo, diablo cojuelo. Me llevaste. <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  Lo cuentas bien. No te enredas en detalles estúpidos. <br />   <br />  <strong>La Mujer:</strong> <br />  ¿Te follo y sigo mi camino? <br />   <br />  <strong>Olmo:</strong> <br />  Sí. <br />   <br />  <em>La Mujer se folla a Olmo. Olmo paga mientras la mujer se viste. Se va La Mujer. Olmo vuelve a la feria, a la misma caseta y con un nuevo vaso de sangría.</em> <br />  &nbsp;</div>  
     </div>
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   <title>13ª estancia. Un</title>
   <updated>2024-08-27T19:12:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/13ª-estancia-Un_a2434.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-27T19:09:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Nada sé del orden <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>12ª estancia. Preferiría no hacerlo</title>
   <updated>2024-08-26T19:09:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/12ª-estancia-Preferiria-no-hacerlo_a2433.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-26T18:35:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Estoy sordo a esos embates. No puedo explicarlo de otro modo Vmd. Usted comprenderá: mi vida, para qué decirlo, ha sido una derrota tras otra. No he sabido comportarme. Siempre he preferido no hacerlo -como Bartleby-, usted sabe, Vmd., que los años cabalgan a lomos del desengaño, que a unos más y a otros menos ese ir desengañándose nos va, ¿cómo le explicaría yo? oxidando en la boca la sonrisa y yo que de natural he sido siempre poco gracioso (también podría argüir que la naturaleza se me echó encima desde la cuna; podría recordar a los energúmenos que asolaban mi casa por las noches o recitar, casi de memoria, las veces que la sangre corrió por las mejillas de mi madre; podría detestar el mundo, podría ponerlo a él como el gran acusado de mis días... no lo voy a hacer porque ya no creo en la culpa ni en el mundo. Todo se construye. Tan sólo opondría una construcción que me esforzaría en que fuera a mi favor; intentaría como todos intentamos, que aquel que me escuchara acabara entendiendo mis razones, mis desvelos, el rostro esquivo que la vida ha cincelado al pasar por él) tengo en los rasgos de viejo la huella de aquella sangre que corrió por las mejillas de mi madre tras las palizas que los hombres le pagaban por dejarse dar. ¿Cómo saber en la cuna que aquello no era más que una transacción comercial? ¿cómo iba yo a conocer la técnica del sado masoquismo? Me quedé sordo a las explicaciones. Me quedé sordo. He navegado el mundo sordo. Probablemente Vmd. haya deducido que no he aprendido a perdonar, ni tan siquiera aprendí, cuando debía, a relacionarme. Y así me ha ido. De un lugar a otro del mundo a lomos de las cuatro monturas. He tocado trompetas. Me he derramado entero. He suplicado el perdón. He subido y me he escondido de todos. He creído amar. He sufrido una especie de desamor. Creí incluso que al fin había aprendido algo cuando el derrumbe fue aún más sonoro y entonces, Vmd. me perdone, descubrí que tan sólo la inacción me salvaría no del mundo, no, me salvaría de mi mismo. Porque me confieso culpable de mis días. Me confieso culpable de mis constructos. Me confieso culpable del horror que me producen las ciudades de occidente y también me reconozco humilde y absolutamente culpable de no querer servirle a Vmd. No lo haré, ya puede usted condenarme a trabajos forzados o lanzarme a la desolación de la tundra o someterme a la tortura de un desierto veraniego que yo no moveré un dedo, no pediré agua, por Dios un poco de agua, no, no lo haré, Vmd. lo sabe bien, ni intentaré quitarme los grilletes, ni dejaré de sentir la grupa de los caballos furiosos golpeando con cadencia de tambores de guerra en mi entrepierna. He decidido someterme al imperio existencial. Existencialista soy y de ahí no paso. Esa es la raya que he pintado con tiza en el suelo... el suelo que es metáfora de mis días... el suelo que es metáfora de mis anhelos... porque yo, se lo confieso a Vmd., sé sonreír y dentro de mí bulle, en ocasiones, el ardid de la risa... el suelo que es metáfora de los lugares que reconozco de mí... Déjeme en paz, se lo pido a Vmd. Acepte que preferiría no hacerlo. Sométame o déjeme marchar. Dejé de luchar. Mi nombre es Olmo.&nbsp; <br />  &nbsp;
     </div>
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   <title>11ª estancia. Extranjera</title>
   <updated>2024-08-24T13:11:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/11ª-estancia-Extranjera_a2432.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-24T12:30:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  La vida de los sueños ¿nos pertenece? o ¿somos nosotros quienes le pertenecemos? Muchas mañanas descubro que el día de la vigilia estará marcado por el mundo de los sueños. ¿Me sueña Vishnu? ¿Me sigue soñando dormido entre lotos o tumbado en la más ancha cima del mundo? ¿Está dormido Vishnu y no sabe que me sueña y no sabe que en su soñar provoca que mi vigilia se pueble de una nostalgia que no reconozco como mía? No, no es mía esta nostalgia. No recuerdo haber criado criatura en toda mi vida. No recuerdo en mi vigilia haber convivido con mujer. Sí tengo la clara imagen de estar fornicando. Mi falo guarda la memoria de la humedad del sexo femenino y cierto olor que podría llamar del acto sexual se despierta en mi cerebro si lo provoco. En el sueño (¿mío o de Vishnu?) alguien me trata de padre y yo me veo respondiendo que no me llame así, que nadie que haya sido buen padre puede ser tratado como la que que me llama así me trata. Así es que, le ruego, llámame, si es que me tienes que llamar, Olmo o Z. pero papá nunca, padre nunca. No podría llevar ese nombre si mi función de tal fue tan desastrosa como para no merecer siquiera un mínimo de atención. Eso sueño. Eso me sueña Vishnu. ¿Por qué Vishnu me sueñas padre? y ¿Por qué mal padre? ¿Dónde me han colocado los dioses del Panteón de los dioses? ¿Por qué me arrastro esta mañana con una sensación de nostalgia y dolor por algo que no he vivido? Soy impotente. Soy estéril. Probablemente sea viudo. Quizá sea viudo desde antes de cumplir los veinte años. Quizá me casé con una mujer que se parecía a mi madre, una mujer llamada Wislawa (mi madre), albanesa de origen, según recuerdo confusamente. Quizás esa mujer con la que me casé también se llamaba Wislawa, también era albanesa, también me pegaba por las noches llena de una desesperación semejante a la erupción de los volcanes. Viudo joven. Errante por los caminos de un dios que me sueña, caminos por los que aún joven, si bien viudo, voy cantando cancioncillas de mi tierra con la vana esperanza de encontrar un grupo que me alabe el buen cantar y me invite a sentarme a su mesa para compartir la comida. Ocurrió con toda seguridad. Todos nos encontramos más tarde o más temprano con la horma de nuestros zapatos. Encargaros vosotros de mis enemigos que de mis amigos ya me encargo yo, clamaba Voltaire, el de <em>Zaida</em>. Pudo ser que en noche de jarana, yaciera con una dona fértil y fuera tanto el ímpetu de la juventud que uno de mis espermatozoides entrara por la pared acogedora de su óvulo y concibiera la criatura a la que no crié -porque nunca supe que la había tenido. Escribo una posibilidad. No una certeza. La escribo ante el sueño que me sueña Vishnu.- y esa criatura, ya hecha carne y huesos jóvenes se me viene a los sueños a exigirme responsabilidades. ¡Oh, corazón mío -le respondería si pudiera- quisiera estrecharte entre mis brazos y enseñarte la tabla de multiplicar por tres! ¡Oh, qué bella eres! ¡Cómo pudo pasar tanto tiempo sin verte! ¡Oh, chiquilla, perdóname. Vishnu me sueña como un desastre y ante su soñar no puedo sino plegarme y dejarle soñar! Pero ven, cuéntame, ¿cómo es tu vida? ¿sonríes y eres querida? ¿tienes grandes esperanzas? ¿anhelas los imposibles que todos anhelamos? No, no te vayas aún. No me llames papá. No te vayas. ¡Vishnu, suéñanos un poco más juntos! Permite que no se me olviden sus ojos nunca. Vete, vete, pequeña, a quien nunca conocí y que tanto amo. <br />  Esa nostalgia tan real como la que siento por los bosques de un lugar del mundo llamado Normandie en los que juro que nunca he estado y que sin embargo siento tan míos como los aromas que de la higuera me llegan en este mes de septiembre, en una casa que no recuerdo haber tenido nunca, con una perra que me muerde con una dulzura infinita el dedo meñique y a quien agradezco ese detalle. ¡Vishnu! ¡Vishnu! ¡Vishnu! <br />  &nbsp;
     </div>
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   <title>10ª estancia. Transición</title>
   <updated>2024-08-19T18:55:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/10ª-estancia-Transicion_a2431.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-19T18:29:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  ¡Oh, Símaco! ¡Oh, Probo! Vosotros que vivíais en los palacios más opulentos de la opulenta Roma, decidme, nobles, si de algo sirve andar mendigando la luna llena. <br />  Hay en la continuidad de los días una constante. Fue ayer cuando la descubrí. Subía por un camino hacia ninguna parte. Lo más llamativo era el silencio que me abrazaba como si me hubiera salvado de un naufragio y con su abrazo me diera calor, calor para vivir, para vivir un día más. No había viento. Sí un sol dorado, el sol del verano cuando camina hacia septiembre, debilitado. Yo respiraba mientras la perra husmeaba el camino nuevo y buscaba rastros de liebre o de gato montés. La perra se alejaba mucho. El sol iba cayendo. Creo que en mi interior latía la monotonía de un rezo o cuando menos gotas que cayeran sobre mi alma como notas aisladas y agudas de piano. Había cambios de plano en la sonoridad de la tarde. De repente sentía más lejos el silencio o, giro de un viento sobre sí mismo, se acercaba tanto que me rozaba el estómago y me hacía estremecer. Yo seguía ascendiendo por una pendiente no demasiado empinada pero sí constante. ¿Hasta dónde llegaba ese camino? me preguntaba. ¿Sería capaz de llegar hasta el final? me preguntaba. ¿Debería haber traído algo de agua y alimento incluso una linterna por si la noche nos atrapaba en mitad de aquella pendiente interminable? Era feliz. Respiraba bien. No me fatigaba el desnivel. No sé por qué me vino a la mente la idea de un daimon que me hubiera guiado hasta allí para hacerme comprender algo. Ese pensamiento se disipó cuando vi aparecer a la perra delante de mí. Movía el rabo. Corrió hacia mí. Se me abalanzó y sentí algo semejante al abrazo del silencio. Luego se volvió a marchar. ¿Cuánto -me preguntaba- pesará la montaña? (frente a mí había una imponente cuya cima, absolutamente pelada, parecía fundirse con el color casi malva del cielo) ¿Por qué no recuerdo ahora -me preguntaba- cuáles son los movimientos que provocan que siempre la luna nos oculte la misma cara? Porque había aparecido, llena y majestuosa, la quintaesencia del fantasma, el ejemplo más hermoso de lo ajeno, la luna llena blanca sin ser blanca, con luz sin tener luz, flotando en un espacio que me hablaba de infinitudes y ligerezas que jamás podría comprender en su pura simplicidad. ¿Cuánto pesa la tierra? me preguntaba ¿Por qué no tendré vida para educar al máximo cada uno de mis sentidos? ¿Cómo es que la vida nos da tan poco tiempo? Respiraba. La perra corría por campos cada vez más oscuros. No quería morir. Por fin no quería morir. Grité, ¡Mi nombre es Olmo! Caí de hinojos sobre la tierra y la besé. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>9ª estancia. Locura</title>
   <updated>2024-08-16T19:45:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/9ª-estancia-Locura_a2430.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-16T19:20:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Hoy he recordado que yo nací en las grandes ciudades de Occidente <br />  Hoy he sabido que a los hombres nos gustan las maldades <br />  Hoy he resuelto sentirme cuerdo y perfecto como las armonías antiguas (las que aún no se escribían) <br />  Hoy sé que no voy a olvidar <br />  Hoy podría argüir que el hombre es un lobo para el hombre (por más que me estén terminando de convencer que el nombre común&nbsp;<em>hombre</em>&nbsp;ya no sirve para englobar a todas las personas) <br />  Hoy me entristece que las ideologías más modernas sigan siendo tan totalitarias como las más antiguas <br />  Hoy y siempre fui su enemigo <br />  Hoy arrastro la nostalgia y la pena y el desencanto y la melancolía y la tristeza y el enfado y la asunción y el escarnio <br />  Hoy sé que la teleología es un asunto de manipuladores <br />  Hoy sé que la suerte es mucho más que un azar <br />  Hoy me niego a sentirme de esta especie <br />  Hoy escucho&nbsp;<em>woke</em>&nbsp;y me lleva a una sartén asiática <br />  Hoy tampoco puedo ir descalzo <br />  Hoy la perra me ha mirado con confianza <br />  Hoy el calor no ha podido conmigo <br />  Hoy sigo aturdido como si cada minuto alguien golpeara con saña en mis sienes&nbsp; <br />  Hoy sé que cuando menos yo no me puedo apellidar sapiens <br />  Hoy he vuelto a conducir a una velocidad alta <br />  Hoy he contemplado un escaparate en la calle Hortaleza de la ciudad de Madrid <br />  Hoy los campos están amarillos <br />  Hoy no he visto a la anciana <br />  Hoy repican cada media hora las campanas <br />  Hoy se ha secado el riachuelo <br />  Hoy no he escuchado ninguna canción <br />  Hoy sé que sólo una enfermedad de desmemoria me permitirá olvidar <br />  Hoy me viene a la cabeza una sentencia <br />  Hoy el cielo es ardiente y azul <br />  Hoy echo de menos el mar <br />  Hoy echo de menos nadar junto al acantilado de la isla de Samaná <br />  Hoy sé que estuve junto a Simón Carranza <br />  Hoy sé que pude ser zambo en un país de criollos <br />  Hoy sé que vi en la pared de una casa burguesa en la ciudad de Lieja un certificado de pureza de sangre <br />  Hoy me suicidaría si no tuviera tanto afán por vivir un día más <br />  Hoy volveré al camino <br />  Hoy me pincharé de nuevo <br />  Hoy tendré un sarpullido <br />  Hoy beberé agua fresca <br />  Hoy me inquietará el mugido de hambre <br />  Hoy me apenará el migrante que llega extenuado a las costas de un país de mierda <br />  Hoy entiendo a la perfección el término&nbsp;<em>mediocritas</em> <br />  Hoy pasará algo más <br />  Hoy he vuelto a disfrutar del don de llorar <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
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   <title>8ª estancia. Aventura</title>
   <updated>2024-08-14T19:41:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/8ª-estancia-Aventura_a2428.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-14T18:35:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Me parece que no fue hace mucho. Iba con los compañeros. Iba por un campo. Íbamos con los pantalones cortos. Habíamos llegado en un autobús. Nos acompañaban unos hombres vestidos con sotana negra y alzacuellos. Dejamos las cosas que traíamos para pasar el día en una caseta. Jugamos un partido de fútbol. El sol sobre el campo de tierra. El calor. El sudor de la infancia. Después del partido comíamos un bocadillo en lo alto de una loma. Era un bocadillo de tortilla de patata. Antes, sí, ahora lo recuerdo, habíamos ido a un merendero que estaba en lo profundo de un bosque. A ese bosque lo llamábamos&nbsp;<em>Los siete bosques</em>&nbsp;y en el último, en el séptimo, corría la leyenda de que los mayores nos cogían, nos ataban a un árbol y dejaban que nos comieran las hormigas. Teníamos miedo y eso nos animaba a ir un poco más lejos en cada excursión. Alguna vez, contaban, los intrépidos que se habían adentrado más de lo debido le hacían una broma a un compañero y lo dejaban solo, en la linde con el último bosque. Dicen que alguno no volvió. Se lo halló muerto, con las cuencas de los ojos vacías y un rictus de terror en la boca mordida por las terribles y carnívoras hormigas. Vamos por ese campo después de comer. Canta la chicharra. Los curas dormitan a la sombra de unas higueras. Avanzamos hacia la linde del primero de los bosques. Llegamos. Entramos. Caminamos. La chicharra ha callado. Por encima de nosotros el sol se filtra a través de las ramas de unos árboles que nos parecen milenarios. No hablamos. Desconfiamos unos de los otros porque conocemos las leyendas de los compañeros traidores. Alguien dice que ya debemos de estar por el cuarto bosque. Hemos pasado hace tiempo el merendero que para nosotros es la frontera entre lo seguro y el peligro. Decidimos avanzar. Alguien dice que nos despleguemos a lo ancho como hemos visto que hacen los soldados en muchas películas de la Segunda Guerra Mundial. Nos desplegamos. Vamos en silencio. En el silencio de la tarde se diría que se escucha el palpitar de nuestros corazones. Alguien dice, ¡Cuidado, serpiente! Algunos corren por el flanco de donde proviene el aviso. Luego se detienen y vuelven a caminar despacio. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>7ª estancia. La hidra</title>
   <updated>2024-08-09T19:45:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/7ª-estancia-La-hidra_a2427.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-09T19:01:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
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       <br />  Recuerdo la mañana en la que me cazaron. Allí, como en casi todas partes, los pobres somos odiados, rechazados y si no somos oriundos entonces al mal de la pobreza se agrega el mal de ser extranjero. Me cazaron cerca de Sivas. Yo no soy turco. Me cazaron por haber robado unas gallinas. Tenia hambre, lo reconozco. Asalté el gallinero como si fuera un zorro. Salí corriendo. Hui tan lejos como me fue posible. Antes, sí, también he de reconocerlo, robé pan y unos refrescos en una tienducha de mierda. También salí corriendo. Corrí como un desesperado. Corrí no para huir a toda mecha sino para hacer cuanto antes un fuego donde asar las gallinas. El hambre me estaba matando. Notaba cómo me estaba devorando a mí mismo. Paradojas del vivir: me delató el fuego. Me cazaron cuando con el estómago lleno me quedé, por fin, dormido. Se me echaron encima. Eran siete. Una era la mujer a quien le había robado. Fue ella la que me quebró la pierna derecha entre dos piernas y luego me cortó el tendón de Aquiles de un machetazo certero. Estaba claro que no era la primera vez que lo hacía. Debían de haberle robado más gallinas. Sangrando me ataron a unas parihuelas y colgado de ellas me llevaron hasta la gruta. Allí se encerraron conmigo seis hombres que me zurraron hasta que de puro dolor me quedé dormido de nuevo. Pensé que eso era morir.&nbsp; Cuando desperté me habían puesto una argolla alrededor del cuello de donde salía una cadena que habían clavado a una de las paredes de la gruta. La cadena debía de medir unos diez metros y se quedaba a unos sesenta centímetros de la puerta metálica. Supuse que lo hicieron así para que mi sufrimiento -tan cerca de la salida y sin embargo a una distancia insalvable- fuera mayor. Y vaya si lo fue. <br />  Muchas noches me despierto con el terror de la pesadilla. Vuelvo a estar encerrado. Nadie escucha mis alaridos. Ni tampoco más tarde, escuchará nadie mi silencio. Con el encierro perdí la capacidad de pedir. Nunca más me volverán a encerrar. ¡Lo juro por mi sangre! He de salir. He cepillado a la perra. Me sienta bien estar con ella. Me obliga a pasear aunque me duela la pierna. Cuando paseo recuerdo un tiempo en el que fui guardés en la casa de un hombre rico. En aquella casa había muchos cuadros de pintores importantes. Todas las noches tenía que hacer la ronda. De aquellos paseos nocturnos me han quedado las miradas de los personajes de aquellos cuadros. Todos me miraban. Yo sentía escalofríos. Siempre me aterraron los ojos.  <div style="text-align: right;"><em>Fin de la 7ª estancia</em></div>    <div>&nbsp;</div>  
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>6ª estancia. Bestiario</title>
   <updated>2024-08-08T14:04:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/6ª-estancia-Bestiario_a2426.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-07T17:44:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  En diálogo con la lagartija, me dice, El sol. <br />  En diálogo con la mariposa, me dice, Fui algo que no recuerdo. <br />  En diálogo con la araña que habita en el baño, me dice, Nunca me equivoco de pata. <br />  Porque tengo una casa. No sé cuándo fue que apareció en mi bolsillo una nada despreciable cantidad de dinero. Estaba por unas sierras. Vi a un hombre colocando una puerta de entrada a una casita baja, sin apenas pretensiones. Le pregunté en una lengua que entendió, si la alquilaba. Me respondió que sí. Por cuatrocientos, me dijo y yo conté hasta cuatro mil y le dije, ¡Ahí van diez meses! Él me respondió, Mañana te puedes venir. Así lo hice. No creo que esté tanto tiempo. Para mí el tiempo vuela como vuela el dinero. La casa tiene un patio y el patio está habitado por animales que hablan. <br />  En diálogo con la hormiga, me dice, No sé para qué trabajo tanto. <br />  En diálogo con la avispa, me dice, Te aviso. <br />  En diálogo con la perra, me dice, No te amo. <br />  La perra se me pegó al muslo hace un par de días. Estaba muerta de hambre y de sed. Me sentí divino y alivié sus necesidades. No es bonita y debe de ser vieja. Se ha quedado en la casa. Como si quisiera ganarse su sustento cuando llega la noche se tumba en la puerta de entrada y vigila que nadie nos invada. Yo le digo que me importa un carajo que entre alguien. Le digo que no gruña si escucha en la madrugada pasos. Pero a ella le da igual, sólo me responde, No te amo y gruñe. <br />  ¿Por qué será que se me cambió el carácter hace unos días? ¿Quién maneja ese timón? Recuerdo cuando estuve encerrado tantos años en la gruta que hubo momentos en los que creí entender la oscuridad del universo, quiero decir, su falta de respuestas; era como si me hubiera acomodado, como ya si ya no me importara quedarme ciego y aceptara, ni con resignación ni con angustia, que mi única agua sería la de unas gotas que lentas y constantes formaban las estalactitas. Años estuve en aquella gruta. Años recibiendo cada tanto la visita de alguien que me dejaba unas gachas a la entrada. Algunas veces me hablaba. No reproduzco sus palabras porque no las entendía. Luego supe, al conocer la ubicación de la gruta, que aquel idioma debía de ser turco o kurdo. ¿Fue entonces cuando aprendí a dialogar con lo seres que no dialogan? ¿Fue entonces cuando les otorgue esa destreza? ¿Es una destreza hablar y no entender apenas lo que el otro dice? Y no por una cuestión de idiomas distintos sino porque tengo comprobado que lo que uno dice no suele ser lo que el interlocutor escucha. ¡Filosofías baratas que habré aprendido de alguien que creía saber algo!&nbsp; <br />  El sol pega fuerte en el patio de mi casa. Me gustaría tener una buena manguera con la que darme unos buenos manguerazos. Esa idea me suele hacer sonreír porque, imagino, debía de ser algo que ocurría en mi infancia. A veces, muy pocas, me vienen destellos de mi niñez y en alguno he creído entrever la dureza de un sol a través del agua de una manguera. No quiero hablar de mi niñez. Un escritor que creo que se llamaba Loygorri, escribió algo así como que la ausencia es nombre de niñez. Me gustó esa frase. Me decía cosas al oído. Me sugería. Esas son las frases que me gustan. Aunque no entienda nada. Aunque nada sepa como sí sé que no estaré diez meses en esta casa. Quizá vuelva a la gruta. ¿Sabría encontrarla? ¿Me encerraría motu proprio? y si así fuera ¿vendría la de las gachas a alimentarme de nuevo? Escribo la porque intuyo que era una mujer y esta mujer era la sirvienta de un ogro que vivía a unas cuantas leguas de mi gruta; un ogro, por supuesto, en sentido figurado, es decir, era la sirviente de un hombre grande, torpe y cruel. Quizá desafié a ese hombre. Quizá le robé su ganado o me comí un conejo de sus campos. Quizá ese hombre tenía una hija casadera con la que tuve mis intimidades y fruto de ellas se desgració el casamiento. Quizás ese hombre era sencillamente un bruto que tenía la sartén por el mango y decidió castigarme con ejemplaridad. Era mujer, intuyo también, porque cuando hablaba tenía el tono justo entre joven y mujer.&nbsp; <br />  En diálogo con el petirrojo, me dice, laborare stanca. <br />  En diálogo con el grillo, me dice, ¡bate! ¡bate! ¡bate! <br />  En diálogo con la salamandra, me dice, me gustan las paredes lisas.  <div style="text-align: right;"><em>Fin de la 6ª estancia</em></div>    <div>&nbsp;</div>  
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     <br style="clear:both;"/>
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   <title>5ª estancia. Surcados</title>
   <updated>2024-08-06T13:05:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/5ª-estancia-Surcados_a2425.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-06T12:42:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Anoche descubrí la bilis negra. Anoche descubrí cuánto necesito mantenerme sereno. Anoche descubrí que el cielo apenas se interesa por nosotros. Anoche descubrí que contar tiene trampa. Anoche descubrí que la cicatriz no cierra. Anoche lloré bajo el sauce llorón por pura mímesis. Anoche sentí el deseo de volver a leer el diccionario de Sebastián Covarrubias Orozco. Anoche recordé que alguna vez fui querido por una mujer y que juntos nos enredamos en una noche húmeda, casi, casi, manantial. Anoche la eché de menos. Anoche supe que también ella tuvo su noche. Anoche llegó a tal grado de verdad mi contemplación del &nbsp;universo que todo él se giró sobre sí mismo, se ovilló tanto, tanto, que a puntito estuvo de convertirnos en un agujero negro más. Anoche no hubo sensatez. Anoche mantuve la mirada al búho. Anoche dejé que la escolopendra subiera por mi pierna derecha, la que apenas tiene movimiento, la tan delgada. Anoche decidí robar un paraguas. Anoche me aguanté el pis por pura cabezonería. Anoche anduve por parajes de mi juventud y supe que fue entonces cuando se marcó este camino y esta noche de ayer. Anoche deseé que amaneciera pronto porque el sentimiento empezaba a ser demasiado intenso y no quería dejarme llevar por el aroma de la bilis negra que tiene, por si no lo saben, el aire danzón de las abejas. Anoche no hubo nada que pudiera evitar la luna nueva. Anoche nadie se acercó a los náufragos, nadie los calentó entre sus brazos como sí hicieron las <em>ama san</em> en Onjuku con los náufragos del&nbsp;<em>San Francisco</em>&nbsp;allá por el año de 1609 d.e.c. Anoche quise terminar con el cisma. Anoche temblé ante la posibilidad del frío. Anoche reduje la posibilidad del colapso. Anoche amé la oscuridad como se ama el manto de musgo que convierte la roca en una almohada mullida. Anoche pude dormir y soñar. Anoche se desperdigó por el aire que me rodeaba la melancolía acumulada a lo largo de los últimos seis mil años del planeta. Anoche, anoche, anoche...  <div style="text-align: right;"><em>Fin de la 5ª estancia</em></div>    <div>&nbsp;</div>  
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>4ª estancia. Vacas</title>
   <updated>2024-08-05T19:44:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/4ª-estancia-Vacas_a2424.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-05T13:04:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  ¿Me muges a mí? ¡Oh, altiva! Porque está encerrado tu choto en ese corral que veo a lo lejos donde se confunden los rastrojos con el cielo, ¿muges desconsolada? ¡Oh, vaca hermosa limousin! ¡Qué ojos tienes que parece te los hubieras pintado con khöl! No hay praderas. No está el mar al fondo. Está la antigüedad de tu cuerpo y los primeros templos que fueron al mismo tiempo vaquerías. ¡Oh, leche santísima tuya! ¡Esa mirada entre tímida, hastiada! ¡Qué harta pareces de las largas varas con las que tanto os ofendemos! y cómo trotas cuando al llegar la tarde, sin saber por qué, siento la llamada de tu olor, de tu gran cabeza triángulo, de tu testuz lisa como la piel del vientre de una joven humana que no hubiera caído en las garras de la dejadez; así me llamas y yo me acerco cauto al rebaño y os miro mientras paso y sonrío con la timidez de las terneras que se pegan a vosotras, las madres, las animales ubres, la quintaesencia de lo blanco, el color hecho para la vida, el color hecho para la luz, el color que no es ningún color, como tú, Vaca, no tienes pensamientos discursivos, ni entenderías un chiste basado en la lengua de los hombres que te explotan. Digo que las terneras se acercan a vosotras buscando vuestra protección y vosotras ¡Venerables! se las dais sin grandes alharacas; parece como si les dijerais, Venid, acercaos pero sólo hoy. Mañana tenéis que empezar a ser libres. Mañana tenéis que empezar a olvidaros de nuestras ubres. Mañana tenéis que aprender a mirada con cierto desafío a los Señores de las Varas. <br />  ¿Cuánto hacía que no pasaba? Estos pensamientos que se han vuelto invisibles de repente. Será que el desafío no debe ser desvelado. Será que no me puedo acercar a ti y pedir tu amparo, Vaca Sabia, Tú que estas a la entrada del camino que parece hundirse en un bosque todo llenito de encinas. Te preguntaba. Te pedía consejos de Vaca Sabia mientras volvía de forma quizá poco sutil a la razón de mi estado que es la destrucción del Estado y escribía sobre el poder y decía que el poder es la esencia del mal porque el poder domestica. Ah, sí, querida Vaca que me miras con esa vaciedad cuando te pregunto si realmente merece la pena intentarlo. Antes me había refrescado en un abrevadero, me había mojado la cabeza y el torso. Algo más te dije que ya no recuerdo. Sé que al final pensé: ¡Arriba Vacas de la tierra! ¡En pie cuadrúpeda legión!  <div style="text-align: right;"><em>Fin de la 4ª estancia</em></div>    <div>&nbsp;</div>  
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   <title>3ª estancia. Renegado</title>
   <updated>2024-08-04T19:18:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/3ª-estancia-Renegado_a2423.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-04T18:32:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  No voy a exigir mi reingreso. Lo super ayer. En algún lugar de Europa -casi con toda seguridad entre Países Bajos y Bélgica-. Me acordé de Delft, de Johannes Vermeer y de su coetáneo Antoni van Leeuwenhoek. Dos formas de mirar. Dos entradas. Fue entonces. Caminaba ya en la noche ayudado por la luna creciente. Sentía un deseo vehemente de reprimir mi deseo de acabar con el Estado. Me decía, en largo monólogo interior, <em>¿Cómo has llegado hasta este pensamiento? ¿Cuándo la torpeza de unos hombres te llevó a esta conclusión? No te ha sentado nada bien la cueva. Demasiada oscuridad genera rabia y ceguera. Admítelo, no puedes afirmar que tu encierro tuviera como origen la decisión de un Funcionario. No puedes tampoco asegurar sin género ninguno de duda que fue la Burocracia quien te llevó de desgracia en desgracia hasta llegar a esta claridad mental, que tan buenos frutos te da en estas inmensas soledades. Si hubiera sido el Funcionario, si hubiera sido la Maquinaria del Estado quienes hubieran conspirado contra tu pequeño mundo, serías uno más. Sólo uno más. Mira cómo te ves: estás solo en un país extraño cuya lengua apenas entiendes; hueles a perro abandonado y las cuencas de tus ojos encierran una mirada que te llevará más pronto que tarde a un centro psiquiátrico donde te aplicarán fármacos hasta dejarte, por fin, lerdo. Sí, sí, lo entiendo Olmo, mi querido yo, mi luciérnaga, mi pedacito de ser vivo; lo entiendo te digo porque eres fuerte y no tienes ambición, porque tu moral no respeta la vida de quien lleva un arma al cinto, porque te cansaste de estar encerrado en aquella cueva en las montañas de Anatolia y de sentir que nunca jamás te abandonaba el olor de tu propia mierda; porque recordaste a los desheredados, sobre todo aquel muchacho al que le quebraron las piernas una jauría de perros comandados por una mujer blanca con cara de caballo a la que nunca olvidarás. ¿Quieres ser un justiciero? Si apenas tienes fuerzas para tenerte en pie. ¿Por dónde vas a empezar? ¿Cuál va a ser el primer símbolo del Estado que vas a volar por los aires? ¿Qué país elegirás? ¿O será un símbolo supranacional? Olmo, Olmo, calma, escucha el rumor del viento entre los árboles. Acuérdate del sueño que tuviste hace no mucho, aquel en el que te convertías en mirlo y cantabas como los ángeles. No quieras más violencia. No vayas por esa vía...&nbsp;</em>esos eran mis pensamientos por un camino de tierra entre Países Bajos y Bélgica (también podría ser entre Alemania y Austria o entre ésta y Suiza) cuando al terminar una curva muy cerrada, encontré que la noche iluminaba el interior de la habitación de una casa (la iluminaba porque era tanta la oscuridad fuera -la luna creciente se había cubierto con un denso manto de nubes- que las lámparas encendidas del interior parecían soles. Lo que vi fue a un joven vestido de oficial, de pie, que gritaba a una mujer sentada en un sofá. No escuchaba lo que gritaba. Estaba lejos. Mi vista tras la oscuridad de la gruta tiene tal gana de vivir que veo cual águila y así veía nítido. La mujer debía de tener unos setenta años y parecía rogarle algo al joven. Leí en sus labios la palabra&nbsp;<em>kleinzoon&nbsp;</em>o quizá fuera&nbsp;<em>enkel</em>,&nbsp;en todo caso aquel apelativo no le calmaba sino que el joven parecía enfurecerse más y más hasta que de improviso, como si fuera una garrapata, se lanzó a por la anciana, la cogió por los pelos, la abofeteó con fuerza en la cara, la estampó contra el sofá, le dio la vuelta, le arrancó el vestido, le rompió las bragas y la violó mientras la golpeaba y gritaba, gritaba y la golpeaba. Terminó aquello. El joven se recompuso el uniforme. La anciana se bajó el vestido, apenas podía moverse. Sangraba su cara. Le dijo algunas palabras al joven. El joven asintió. La anciana con un esfuerzo terrible salió de la sala. Al poco se encendió la luz de lo que debía ser el cuarto de baño, lo imagino porque tenía el cristal de la ventana esmerilado. Mientras, el joven se había servido un vaso de alcohol. Se lo bebió de un trago. Respiró. Miró por la ventana, hacia la noche; quiso sonreír. Tomó una decisión. Salió de la casa. Escuché el ruido del motor de un coche que poco a poco se fue alejando hasta quedar de nuevo nocturno el mundo. Me acerqué a la casa. Llamé a la puerta. Al poco acudió la anciana. Preguntó quién era. Le respondí que era un viajero que se había extraviado. Me abrió la puerta.  <div style="text-align: right;"><em>Fin de la 3ª estancia</em></div>    <div>&nbsp;</div>  
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>2ª estancia. De la llanura aluvial</title>
   <updated>2024-08-04T18:32:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/2ª-estancia-De-la-llanura-aluvial_a2422.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-03T18:24:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  De la llanura aluvial, en Mesopotamia, entre los dos ríos sagrados, junto a los pueblos sin historia. ¿Cuál era la importancia de los nombres? Ahora, bajo la luz eléctrica, todo se ilumina de una forma artificial. También mi nombre: Olmo. A propósito oscurezco mi apellido en su inicial que además no es su inicial porque no recuerdo mi apellido, ni sé si alguna vez lo tuve o si me inscribieron en los orfanatos con una X en su casilla correspondiente. Ahí tuve que lidiar con el Estado. Fue entonces, fue allí donde empecé esta batalla. Ya sea que me encuentre en la ciudad de Salona y que me encuadre en el gremio de los grabadores, de los cristaleros, de los fabricantes de candeleros, de los comerciantes, de los abogados o de los aguadores, siempre, en mi fuero interno lucho contra el Estado y contra su deseo de domesticación de su ganado humano. Así lo hice en Ur. Así lo hice en Tirana cuando mi madre, en plena enajenación mental, con más de noventa años, me miraba con sus ojos ígneos y lanzaba sus invectivas contra mí como si siempre hubiera vivido con ella. ¿Viví con ella un solo día? ¿Me dejó en un cesto, recién nacido, a las puertas de un convento de monjas en Centroeuropa? ¿Soy europeo? Así pensaba los días anteriores, en la caminata hacia el oeste desde las montañas de Anatolia. Buscaba un refugio por las noches. Encontraba establos en ruinas (¡cuánto vale un muro a medio levantar para evitar la muerte por congelación! ¡Aunque sea de madera! de madera podrida como todas y cada una de las células de este cuerpo al que le da por vivir. He bebido de los abrevaderos de Croacia. He pisado con unas zapatillas de marca los caminos de Hungría donde manda Viktor Orbán que parece un nombre malvado que criara humanos para su propio interés. Las zapatillas se las robé a un honrado húngaro que las había dejado en el alfeizar de una ventana a ras de calle. Tan sólo me separaba de ellas -las zapatillas- una cerca baja que pude sortear de un salto. Miré la suela. Eran justo de mi número. Hasta ese momento había venido caminando con unas botas militares que le había quitado a un cabo chusquero, probablemente turco, al que le abrí la cabeza con una piedra de sílex bien afilada cuando me exigió la documentación para poder andar sin molestar a nadie por los caminos de su puta patria. ¡Qué alivio sentí al calzarme las deportivas de marca! ¡qué suave la piel! ¡como guantes de cabritilla eran! Anduve los primeros kilómetros como si fuera Hermes, el de los pies ligeros. Lloré algo. Sé que llorar es un don (como leí hace mucho en una mística española llamada Teresa de Ávila) y como todos los dones he de mantenerlos a salvo de las miradas de los otros porque todo genera codicia y la codicia es el gran pecado de los primates. Así es que lloro cuando llueve y sin que mi gesto informe en absoluto de mi llanto. Lloro sin expresión. No fue en Hungría cuando me empecé a dar cuenta de que me estaba desviando de la dirección oeste en dirección norte. Ni creo que fuera consciente de ello en ningún momento. Sencillamente un día lo supe e hice lo que tenía que hacer: rectificar.  <div style="text-align: right;"><em>Fin de la 2ª estancia</em></div>    <div>&nbsp;</div>  
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     <br style="clear:both;"/>
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   <title>1ª estancia. Renacido.</title>
   <updated>2024-08-04T18:31:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/1ª-estancia-Renacido_a2421.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2024-08-01T18:06:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
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       <br />  Porque yo nací en las grandes ciudades de Occidente, he despertado mitad rabo mitad coño. <br />  ¿Podría llamarme Olme Z.? ¿Soy otre? ¿Cómo hablaré de mí? ¿Hacia dónde me dirigiré? ¿Por qué tan sólo suelo vivir en agosto y luego muero ahogado en la piscina de un rico? ¿Quién se empeñó en encerrarme en esa gruta? ¿Cómo llegué a entender que me encontraba en la Anatolia? ¿Por qué eché a andar hacia el Oeste y no hice como Alejandro Magno que llegó hasta la India y se elevó para siempre a los cielos del Estado? <br />  Anduve por lugares inhóspitos. Pasé el hambre que Prudencio decía de los pobres romanos que además de pobres tenían vacías las cuencas de los ojos y cojeaban de ambas piernas y de sus heridas supuraba pus, la cual, por cierto, era limpiada por Lorenzo cuya caridad llegaba hasta el lavatorio a los miserables. He sido torturado por la policía de varias naciones; he sufrido la injusticia del paria tanto en Albania -de donde mi madre fue oriunda creo recordar aunque el recuerdo puede que sea una ensoñación, tras tantos años o meses encerrado en esa gruta, alimentado por no sé quién, que me dejaba cada dos o tres días un plato de gachas y un cubo de agua a la entrada, la cual se cerraba con un gran portón de metal que impedía la entrada ni de un resquicio de luz y que cerraba con varios candados y varias llaves y que nunca me hablaba, a quien nunca vi el rostro, de quien nunca supe si era macho o hembra o ambos géneros o ninguno- como en Moldavia como también en Alemania y luego en Dinamarca. Sí, sí, llegué hasta Dinamarca porque me desvié hacia el Norte. ¿Cómo no me iba a desviar tras tanto golpe en la cabeza por parte de la violencia legal del Estado? Estoy en contra del Estado. Si en mis manos estuviera. Si yo fuera Spartacus, El Moderno, sin huestes, sólo a base de bombas iría socavando los frágiles cimientos de los Estados pero no soy Spartacus, el Moderno, ni tengo malditas ganas de cargar con bombas a mis espaldas. Creo que ya me he hecho mayor. Lo intuyo porque a veces me cago encima. No soy capaz de retener con mis esfínteres la mierda que antes estaba contenida, sometida a la cerrazón de mi ano. Ahora basta un pedo intempestivo para que un fino hilo de mierda me manche el muslo, genere olor, las gentes se aparten de mí. ¡Ah, cuántas noches he pasado al raso, recostado sobre la fría madera de un banco en un parque de una ciudad de provincias! ¡Cuánto he sufrido los rigores de los vientos! ¡cuánto los azotes de los&nbsp;<i>mediocritas&nbsp;</i>que se me venían encima y me propinaban una buena paliza ante la indiferencia de unos niños que jugaban con una pelota color de fresa a pocos metros de mi dolor! ¡cuánto he bajado la mirada y he besado las manos de una mujer madura -pura&nbsp;<em>milf</em>- que me daba una limosna a la salida de un mercado de abastos para que me pudiera tomar un café! - Y para una cazalla, le gritaba yo y Ella, la&nbsp;<em>milf</em>, me respondía, Para vicios no, viejo bribón, para vicios no. Yo, le respondía, yo, señora mía, tengo derecho a cazalla porque nací en las grandes ciudades de Occidente, porque he vuelto, porque tengo mitad coño mitad rabo y no sé exactamente por qué me tienen encerrada, ni por qué salgo al mundo y sé que el paisaje en el que me encuentro corresponde a un lugar llamado Anatolia, en un Estado llamado Turquía y cuando cruza por mi mente la palabra Estado -siempre con mayúscula para diferenciarlo de los estados que son estares- me entran de golpe unas inmensas ganas de ser follada mientras mi rabo se empalma y genera una melancólica imagen de un junquillo en la ribera de un simple arroyuelo en las tierras altas de un país al que llamaré Portugal.  <div style="text-align: right;"><em>Fin de la primera estancia.</em></div>    <div>&nbsp;</div>  
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